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jueves, 16 de julio de 2026

"Los isleros" (1951). Lucas Demare. Cine clásico argentino: vidas fluviales. Tita Merello, actriz dramática. Francisco Huertas Hernández

"Los isleros" (1951). Lucas Demare. Cine clásico argentino: vidas fluviales. Tita Merello, actriz dramática. Ensayo. Francisco Huertas Hernández


"Los isleros" (1951). Lucas Demare
Rosalía "Carancha" (Tita Merello). La mirada rapaz en claroscuro resume la historia: una mujer salvaje que posee en sí la furia de la naturaleza



Prólogo: habla el río. No es bueno que el hombre esté solo. Una mujer brava

 "Los isleros", rodada entre 1950 y 1951 por Lucas Demare, es un clásico del cine argentino que supuso la consagración dramática de la icónica Tita Merello (1904-2002). Basada en una novela de Ernesto López Castro (1902-1962) publicada en 1943 y adaptada al cine por él mismo, la historia se sitúa entre la lucha heroica de los habitantes pobres de las islas del delta del Paraná y una subtrama de transterrados europeos. La fuerza del filme deriva de su protagonista absoluta, por encima incluso de la imponente Tita Merello: el agua, cuya voz en off abre y cierra la historia.

 La cinta se estrenó el 20 de marzo de 1951 en el cine Ópera de Buenos Aires. Obtuvo ocho premios Cóndor de Plata en 1952 (mejor película) y Tita Merello la rompió.

 El agua es un elemento de vida y de muerte. Ella proclama en la primera secuencia: "Soy una fuerza eterna. Una fuerza, a veces ciega, que cumple la fatalidad de un destino. Con mi trabajo silencioso he procreado estas islas". Construye, destruye y reconstruye la vida. "Soy el río, un río" y los hombres le hacen frente con su lucha heroica, aunque en su convivencia y pugna también ellos se hacen un poco río, un poco árboles, un poco pájaros. "Son isleros; ¿serán ellos, acaso, las islas?" Y esos isleros aguantarán todas las calamidades mientras tengan una canoa, un espinel y un rancho... "Isleros, la soledad les hace más fuertes. Isleros, cuántas veces me detengo a espiarlos".
 
 Y así cuando termina su prólogo literario el río -filmado en panorámica y travelling de avance con la cámara en la embarcación- entra el hombre a caballo, el islero. La película se rodó en San Pedro, en la margen derecha del Paraná, junto a la desembocadura del río Arrecifes. Una decisión importante de Demare fue filmar en escenarios naturales todos los exteriores, reservando los Estudios San Miguel sólo para el interior de la cabaña. De hecho fue una de las últimas películas realizadas en los platós de Bella Vista, que dejó de funcionar en 1952.
 
 Agua frente a hombre recrean el mito. Leandro (Arturo García Buhr), el protagonista sufre las burlas por estar sin mujer ("consígase una tropa vaquillona" le dice otro islero). En el inicio Leandro buscará una compañera por los pueblos aledaños. Y encontrará a Rosalía (Tita Merello), llamada "La Carancha" (ave rapaz diurna, semejante a un halcón) que desafía la sumisión rural de las mujeres. Leandro le lleva la pesca recién capturada, le regala un caro perfume (el "agua florida... que huele más fuerte que las flores") y la invita al baile, aún confesando al llegar que él no sabe bailar. La mirada (¡sus impactantes ojos de china criolla!) y las palabras de la Carancha anticipan el fin de un entrerriano borracho (Luis Otero), un predador de pulpería que hostigaba a Rosalía, que muere apuñalado fulminantemente ("échenla, Carancha, perra, me has rojeao").

 En esta primera parte de la historia, Tita Merello tiene la fuerza sexual de la ira milenaria de la humillación y la pobreza. El espectador no argentino descubre por qué Tita de Buenos Aires es una leyenda: la mujer del pueblo que había sobrevivido en las condiciones más deplorables emana sensualidad y poder, incluso en sus gestos exagerados, y, sin embargo, naturales. Esta secuencia de la milonga y la muerte del entrerriano filmada en alternancia de planos generales, medios y primeros, con marcado claroscuro, en la herencia de John Ford, es sobria, eficaz narrativamente, y expresa el pathos sobrenatural ("tiene ojos de bruja") de la Carancha. El paisaje del litoral -como el de Monument Valley- aplasta al humano, pero éste se rebela en lucha feroz contra la Naturaleza. La irrupción de la tragedia en la fiesta comunitaria, el orgullo de los desheredados, todo ello mostrado con encuadre perfecto, profundidad de campo y luz contrastante, son otras marcas comunes a Ford y Demare.


Una pareja de isleros. Quehaceres y amanse de voluntades. La odisea del parto

 La pareja se instala en el rancho del islero. La hembra brava desafiando la sumisión rural de las mujeres encarna un raro arquetipo, lejos de la femineidad convencional criolla y del refinamiento intelectual urbano. Rosalía no habita el rancho, lo disputa. Esa fuerza bravía de la mujer ave rapaz es semejante al río. Su amenaza de pegar la vuelta cuando quiera resonará en Leandro de por vida ("así como voy porque se me da la gana, me vuelvo cuando se me dé la gana. Digo, a lo que nunca tuve patrón", dice Rosalía en la barca yendo a su nueva vida).

 "Desde ese momento, Leandro Lucena trabajó sin descanso. Acostumbrado a mis periódicas avalanchas parecía desafiarme al aceptarlas serenamente. Así carpió la tierra y fecundó la isla. Es que ahora había una mujer en su rancho", interviene el río nuevamente, en un interludio lírico con música de Gilardo Gilardi (1889-1963), de gran riqueza tímbrica y atmósferas debussyanas. Mientras el agua declama, vemos el río crecido anegando la tierra, y a Leandro a caballo, y con su perro Moro, cazando patos. 

 Antes del nacimiento del hijo, el duelo de voluntades se resuelve al imponer el hombre su ley (escena del rebenque, bellísima transfiguración de Rosalía y Leandro desencantado arrojando una piedrita al agua que refleja su imagen). La convivencia inicial de los dos extraños conjuga los quehaceres de la casa y la lucha por el poder. 

 "Si antes hablaban poco, ahora apenas cambiaban palabras" interviene el narrador omnisciente, el río, sobre esos encuadres divididos e iluminados por el operador Mario Pagés (1914-1996) con sombra de pajonal y luz de agua, cercanos a Gregg Toland. 

 La noticia de la dulce espera de Rosalía, revelada por alusiones, lleva a la cámara al primer plano más hermoso de Tita Merello: mirada dulce y confiada, media sonrisa. Demare ha eludido la pasión y la ternura, y, fuera de plano, muestra el quiebre de Rosalía. Tita nos enamora inesperadamente, el ave de presa, la vaquilla se transmutó en Madonna. García Buhr también está espléndido en su rol. Un hombre simple y sin malicia ("la pucha, ni lo soñaba que juera tan fácil") que habla con el lenguaje rural y pausado del criollo, evocando al Martín Fierro, pero sin el sino del cuchillo.

 Diré que toda esta primera parte es cosmogónica: el elemento fecundador, la búsqueda de la pareja y la anunciación de nueva vida. Como en el filme "Araya" (1959) de Margot Benacerraf, un poema visual de la sal, asistimos en "Los isleros" al nacimiento del mundo. Merello, Buhr y el agua son la trinidad del Génesis del Paraná.

 La época de la crecida presagia un parto difícil. Rosalía mirando la cesta, que "más que cuna parece nido", espera con semblante sereno. Pero "la criatura viene demorada", según doña Manuela. Y pide al islero que la lleve urgentemente a San Pedro. En mitad de una espantosa tormenta, y con Rosalía desfallecida, Leandro la transporta al hospital. Es la secuencia más dramática: la muchacha se muere de fiebre, deshidratada y sin fuerza, implora agua, y el islero le da de beber agua del río. El montaje alterno del oscuro cielo, el bramido del trueno, el hombre remando con fe y la mujer resistiendo el dolor del parto, constituye una odisea fluvial donde los elementos de la naturaleza y la fragilidad humana se funden en un solo grito de supervivencia.

 El niño nace en el hospital de San Pedro. La madre sobrevive, pero la religiosa conmina a Leandro a contraer matrimonio para bautizar a la criatura. Un nuevo quiebre en Rosalía, cuya mirada recupera la rabia y el odio en un salvaje instinto de posesión del hijo, cierra el ciclo cosmogónico del filme, con el gurí en sus brazos. La madre musita: "Toño, Toño" y en bello plano fundido vemos al chico ya crecido saludando al Golondrina (Roberto Fugazot) que navega en su lancha proveedora.


La juventud de Toño. El drama familiar: Toño encuentra mujer. Los celos de la suegra. Un episodio secundario: el fugitivo europeo. La gran inundación

 La vida fluye como el río, y serena, juega con la ribera, como el niño en su inocencia del tiempo. Demare ha filmado al chico dorsalmente y en contrapicado en un estilo John Ford, porque el niño no tiene presencia. En nuevo plano fundido, Toño ya es un joven mozo criollo (Mario Passano).

 Toda la segunda parte de la película tiene otro tono. La cosmogonía deviene drama familiar. Los personajes se multiplican; si en el origen era el agua, y luego la pareja, ahora es la comunidad, surgida de la pareja ampliada y envejecida. Tita Merello, encanecida, sujeta la brida del pibe que, aunque es feliz en la isla, es tentado para ir a laburar a San Pedro, con sus romerías y bailongos. El espectador siente la sexualidad amenazante de la Carancha joven, pero ahora su figura emana la aspereza de los años. El director ha dado el relevo de la sexualidad animal de la inigualable Tita Merello a una mina que competirá con ella en el amor de Tonio. Una contrafigura angelical de la demoniaca Carancha paseará su belleza inmaculada por el rancho islero.

 Una trama secundaria presenta a German Koehler, el Gringo (Enrique Fava), que supone un extraño giro quasi policial, y cuya historia se resolverá con la venida de su novia europea (Alita Román). Germán, personaje extraño, frecuentará el rancho de los Lucena, a través del común amigo, el Golondrina, que defiende las islas como un espacio extraterritorial de refugio y aceptación del desheredado ("vea amigo, aquí en las islas nadie averigua nada, ni a nadie le interesa lo que un hombre haiga hecho o deje de hacer. Cada uno se guarda las cosas bien adentro porque son suyas y de nadie más").
 
 Usando la lengua criolla del Delta diríamos que, allá, la vida va entre las chalanas madereras (chatas isleñas) cargadas de troncos de sauces y álamos -donde los hombres montan el maderamen- y las gariolas de paja brava, juncos y totoras, y la vida son los trabajos y los días, citando a Hesíodo. El fugitivo es recibido sin preguntas ni sospechas y, con "canoa, trabajo y amigo" se convierte en un islero más. 

 Pero a nosotros nos conmueve más el destino de la familia de Leandro, Rosalía y Toño. El agua persiste, pero el hijo ocupa la posición de síntesis de las generaciones, cual corrientes que transcurren sin cesar. Si el río crece, también crecen los hijos, con la potencia vital de su juventud se abren paso entre sus progenitores en busca de nuevas riberas, y otros brazos fluviales con los que convergen para, unidos en un solo cauce, seguir su viaje hacia el mar.

 Berta (Graciela Lecube), en plano medio corto frontal, avanza por el río en la lancha, contemplando el nuevo mundo, inquieta y confiada en Toño, que en la proa, ve alborozado que "agrandaron el rancho". Allá a San Pedro mandó el viejo al hijo a buscar mujer, y ahora el muchacho regresa al hogar islero. Y en el abrazo de hijo y madre, la mirada atravesada de Tita a su rival, joven y hermosa, subraya el conflicto central de este drama familiar. Es una rivalidad edípica, o, si se quiere, un curso nuevo de agua que desplaza al viejo, siendo la humana condición resistirse a pasar: la madre no renunciará al hijo por más que éste navegue ya sin guía. La Carancha rechaza el abrazo de su nuera, mas Leandro abraza a la muchacha ("ésta es su casa m'hija"), que "es hija de chacarero" de padres piamonteses (gringos del campo). ¿La delicada joven será lo suficientemente fuerte para adaptarse a la ruda vida islera?

 En la primera comida de los cuatro, filmada con profundidad de campo muy fordiana, los anfitriones preguntan a la mina por las islas, y ella responde con ingenua franqueza forastera que las encuentra tristes. Y algo peor que la tristeza irrumpe: las víboras que sobresaltan con su silbido a Berta, en primerísimo plano: la amenaza simbólica de la Madre Naturaleza. "De chica me asustaron con una víbora y me quedó el miedo". El candor de Berta potenciado con una luz deslumbrante -filmada con reflectores frontales- configura un espacio nuevo. O ese rostro brillante se apaga en el pajonal o los habitantes del pajonal reciben esa luz. Cuando el escarmentado siente pudor de identificar la belleza y el bien en la luz pura de la inocencia sólo queda el sórdido mundo discepoliano del arrabal. Pero, oh espectador atento, abre el corazón a la luz de Berta que evoca la platónica fusión de belleza, bien y verdad, en el amor. Berta es pura, no por su rubia faz, su juventud o su origen chacarero, es pura porque ama profundamente a Toño. Y ahora nosotros sentimos ese amor en su luz y su dulce voz, a pesar del comentario venenoso de la suegra: "es floja, no vale pa nada".

 La Carancha descubre una posibilidad perversa, arreando a Berta a monte ajeno: despertar la pasión mutua entre el extranjero fugitivo y la nuera, que la mira embelesado como reconociendo en ella a alguien de su pasado. Un plano picado inclinado de Germán sirve a Demare para evocar lo perdido en Europa, la nostalgia del exiliado, mientras Berta se sienta a coser. ¡Qué hermosa Graciela Lecube, que ya olvidamos a la joven y sexual Tita de la primera parte!
 
 Toño sacó a pasear por la isla a su esposa que vio asustada un carancho en lo alto de un árbol ("¿por qué mira tan fijo?"). Y de seguido, una vaca agonizando picada por una yarará. Berta, cercada por un mundo hostil: una suegra que le agarró la bombacha del hijo que iba a lavar Berta; unos animales que acechan escondidos en el pajaveral; una tristeza de una vida sin variaciones. 

 Berta es la imagen viva de la novia que quedó en Europa. Ella misma se lo escucha decir al gringo al que sonsaca la malévola suegra, incitando al joven a que busque una mujer "gringa, o hija de gringos, más o menos como Berta". Demare acumula tensión y la muchacha va sintiendo el cerco cada vez más estrecho. 

 Una escena erótica jovial del baño en el río muestra a una recatada Berta en ropa interior blanca entre los juncos, avergonzada mientras Toño nada pletórico tras despojarla de su corpiño. Pero el río es traicionero, incluso en el remanso, y Berta está a punto de morir ahogada, y eso podría ser peligroso para la criatura que lleva en su vientre. Demare ha ensamblado erotismo, drama y esperanza en una sola secuencia. "La pucha, se nos va a llenar la isla de gente", dice Leandro feliz rascándose la cabeza, pero Rosalía tuerce el gesto entre los cacharros.

 Y una caravana de canoas festivas atraviesa un brazo del río mientras la pareja de futuros padres pasean abrazados en bello plano general descentrado. El futuro multiplica a los hombres. Recordemos cómo en el inicio sólo era el agua, el hombre solitario y la mujer brava. 

 Un baile en casa de los Mallorquín por la boda de sus hijas desata los celos de Toño que descubre la mirada cruzada de su mujer y el extranjero ("¿si me estás codiciando a la mujer") y el forastero responde angélico ("miro a tu mujer con ojos limpios, sin suciedades. Berta me recuerda a la mujer que quise mucho y que quizás ya no vive, ¿comprendes?"). ¡Y cómo esquiva (gambetea) lo melodramático y la tragedia pura la película, la novela! Berta y el extranjero que estarían predestinados a ser amantes en una historia convencional, aquí son luz que disuelve la bruma del río. 
  Toño confiesa, remando de regreso, a su mujer asustada que hubiera matado al gringo "si no me dice lo que me dijo". La vida fluvial es incontinencia y furia irracional bajo la tranquila superficie del agua. Toño es tan violento como su madre. La ley de los hombres no reina en este espacio extraterritorial, donde los elementos dan vida y la quitan.

 Berta ya no soporta la isla, tiene miedo por su hijo, quiere volver a San Pedro. Mas la Carancha manipula a Toño haciéndole sentir débil para que domeñe a Berta ("me tenés cansado con tus pavadas, que me dejés de cargosear"). Si la Carancha fue amansada por Leandro, ahora ella pretende hacerlo con Berta a través de su hijo, y si la Carancha es un ave rapaz, carroñera, de plumaje pardo, mimetizado con el barro, grito áspero y monocorde, Berta, por contra, es una jacana, ave pequeña, de plumaje amarillo, deslizándose suave sobre los camalotes. Que Toño confunda el yugo materno con la hombría es un accidente pasajero, pues "dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne" dice el Génesis. Toño tiene la ternura paterna en el alma, del que recibe protección y consejo.

 Leandro tranquiliza a su nuera: los isleros se hacen duros y su nieto resistirá todos los peligros ("a todo se va a hacer baquiano. ¿Cómo se crió Toño? ¡Y vea si salió juerte! Se crió en esta pelea con las islas y el río"). Arturo García Buhr en plano frontal contempla a su hijo, enmarcado por la ventana. ¡Qué interpretación más austera y conmovedora!

 Una "creciente brava" se viene. "La sudestada no afloja", comenta Leandro a Toño. El cielo cabalga encrespado sobre el río que puede traer a las víboras hasta la casa (rancho), alzada sobre troncos. También es necesario salvar el ganado, pasándolo a la otra orilla. La familia Lucena está sitiada por la naturaleza bravía, y la temerosa jacana Berta saca valor ("Si todos se quedan, yo también puedo quedarme"). Se ha hecho "dura y fuerte como mi vieja" afirma Toño liberado. Los planos medios en escorzo de alto contraste son espléndidos. La luz del rostro de Graciela Lecube y la gallardía de Mario Passano son el ancla de la vida embestida por la furia de la corriente. Leandro y Toño se marchan con el ganado (la hacienda), y Berta aterrada descubre que, quizás, tengan que pasar el río nadando a falta de balsa ("¿van a arriesgar la vida por unos animales que ni siquiera les pertenecen? ¿Van a desafiar esa correntada que arranca árboles, arrastra camalotes y voltea ranchos?"). El fatalismo de Rosalía ("es la vida del islero") frente al grito de rebeldía moral de Berta ("¡Nooo, nooo!").

 Los dos hombres, en una secuencia clímax, con montaje rítmico, acelerado, planos cortados rápidamente, que alternan la tropa, el arreo de las vacas, con los agitados movimientos a caballo y en canoa de los héroes isleros, luchan por salvar una hacienda que ni siquiera es suya: la servidumbre ante los patrones (ausentes en la película) sólo es posible por el apego a la tierra, a las tradiciones y el fatalismo irreflexivo. La música de Gilardo Gilardi queda ahogada por los mugidos y gritos del rodeo. ¡Lo consiguen!

 En la espera las dos mujeres estallan. Berta no se calla, ella también se hara dura como cualquier islera, como la Carancha, que la desprecia por floja. "En la isla vivimos como animales, pero a Toño le gusta esto. Claro, él nació y se crió aquí. No sirve pa vivir en el pueblo. Por eso le digo que a usted le hubiera venido mejor casarse con un chacarero", destila su veneno la vieja, que quiere apartar a su hijo de la muchacha. "En las islas no hay más que pobreza y víboras", continúa la tortura de la Carancha, en su acoso y derribo. 
 Los hombres regresan al rancho, sanos y salvos. 

 El agua, narradora admirada, retoma la reflexión sobre la eterna lucha: "Pero ni aún acorralados se entregan. Apenas les doy una tregua, se levantan de nuevo para enfrentarme otra vez, para luchar con más fuerza". Los isleros, incluyendo a Berta, reconstruyen lo destruido. "Da miedo ver la tierra bajo el agua. Las islas parecen muertas", exclama con la mirada perdida la joven. "Ajá, parecen muertas, pero no lo están. Ya ve, apenas se jue el agua y el sol calentó la tierra, la vida vuelve con más fuerza. Es como la gente que después de peliar mucho le toma más gusto a vivir", sentencia Leandro. ¿Cómo no escuchar aquí el tono, la lengua y la sabiduría popular del "Martín Fierro"?

 La Carancha no se da por vencida y mete una víbora en la casa, pero Leandro la mata a tiempo. En su locura de posesión maternal quiere destruir a la rival en el cariño de Toño, y Leandro, resignado, pide a su hijo que se vayan después del parto: "las mujeres no andan en buenas relaciones". Y la bondad de Berta la ha perjudicado.

 El parto viene difícil. Berta tiene una gran fiebre y boquea la muerte. La historia se repite, y la suegra, que tanto mal le desea, es la que la ayuda a dar a luz y salva su vida. Un nuevo quiebre en La Carancha que vuelve a ser Rosalía, entre lágrimas de piedad. Leandro se ha mantenido siempre como el remanso de paz y el cabo a tierra. 

  Y, finalmente, la joven pareja partirá a San Pedro, para que la criatura salga jacana y no carancha. 

 El episodio del gringo fugitivo Germán se resuelve con la llegada de su novia (Alita Román) al rancho de Leandro, aclarando el malentendido de su fuga: la subprefectura le buscaba a pedido de... su propia novia, porque él no había matado a nadie allá en Europa. Hay algo en esta historia que recuerda las novelas intercaladas en la Primera Parte del Quijote: desvían la atención de la trama única de los Lucena. Pero es el amor leal que sirve de contrajemplo a Rosalía, que escucha en silencio, y sale en la canoa y trae de vuelta al fugitivo, cuando ya Leandro recordaba las antiguas palabras de ella: irse cuando quisiera. Rosalía fue remando sola aguas arriba, durante horas. 

 En un final de esperanza, Rosalía, dice "tendrá que hacer rancho nuevo pa cuando vuelvan los hijos". La pareja retorna al rancho y la cámara se aleja, fundiéndose el elemento humano con el acuático en el plano en el que el río concluye: "Y así, una y mil veces van a rehacer lo que destruya el agua. La tierra, o los mismos hombres, son un poco árboles, tienen algo de río, de masiega. Son isleros".
 Fin


Dimensión política de "Los isleros" y el cine de Lucas Demare
 
  El cine de Lucas Demare (1910-1981) creó -según Adrián Muoyo una épica local de argentinidad criolla y urbana, con películas de tema histórico gaucho -"El cura gaucho" (1941); "La guerra gaucha" (1942) a partir de L. Lugones; "Pampa bárbara" (1945)- o porteño -"El hijo del barrio" (1940); "La calle grita" (1948); "Mercado de Abasto" (1955); "Detrás de un largo muro" (1958)-. La coproducción hispanoargentina "Hijo de hombre" (1961) basada en la novela de A. Roa Bastos obtuvo un premio en el Festival de San Sebastián. 

 Demare, que provenía del tango como el otro realizador insigne de la época Hugo del Carril, recibió la herencia de los clásicos: de John Ford, como he señalado, y del neorrealismo italiano, y, ante todo era un gran narrador de historias -eso que el cine actual ha perdido-, apoyado en excelentes guionistas -Homero Manzi-, operadores de fotografía, compositores y actores. Su forma de encuadrar revelaba el gusto por la simetría, la plasticidad, la profundidad de campo. En largometrajes cimeros como "Guacho" (1954), la película que Tita Merello dijo ser su mejor interpretación, o "Su mejor alumno" (1944), ganadora de cinco premios Cóndor de Plata en 1955, sus cualidades brillaban. Es triste constatar que hoy todo este cine está bastante olvidado para el gran público argentino, aunque, bien mirado, esto afecta a todas las artes. El espectador ha perdido el conocimiento, el gusto y la costumbre de ver, leer y escuchar a los grandes clásicos, y Lucas Demare lo era. 

 El cine latinoamericano, por las vicisitudes históricas de sus respectivas naciones, siempre ha tenido una dimensión política. En su ensayo "Cine argentino, peronismo y argentinidad. El caso de Lucas Demare" Luis García Fanlo, cree que "las películas de Demare se caracterizaban por una 
composición realista de la argentinidad que además se asociaba a una estética-política y un discurso ideológico-cultural claramente definido y diferenciado tanto de los discursos patrióticos positivistas como de los nacionalistas conservadores. Y al mismo tiempo tenía la capacidad de inscribir historias típicamente argentinas en estilos 
norteamericanos o europeos, como es el caso de "Pampa bárbara" que está concebida y filmada según las reglas y procedimientos del western".
 Demare fue uno de los fundadores en 1941 de Artistas Argentinos Asociados, con Enrique Muiño, Homero Manzi o Francisco Petrone. García Fanlo afirma algo discutible por perogrullesco: que el cine de Demare es para la clase media, la gran olvidada en la Argentina. No creo que "Los isleros" responda a ese perfil de público. En la biografía escrita por Ricardo García Oliveri sobre Demare se considera "Los isleros" la última gran obra del "director, nacido en Abasto, criado en España y ferviente defensor de la argentinidad, tanto porteña como del interior del país". Poco aporta García Fanlo al conocimiento de la esencia del cine de Demare, pues su planteamiento se centra en peronismo y antiperonismo, una deformación argentina que tanto daño ha hecho al país y a sus artistas: la misma Tita Merello hubo de abandonar la patria perseguida por los militares tras el golpe de 1955.


Conclusión

 Tres próceres del tango -Tita Merello, Lucas Demare (no confundir con su hermano Lucio Demare) y Roberto Fugazot- confluyeron en esta obra maestra del cine.

 Puede parecer ajeno el tango porteño a una historia rural del delta del Paraná, pero, de alguna forma, el ritmo de 4/4, propio de la Guardia Nueva del Sexteto de Julio de Caro, es la respiración de esta película. Alternan en el filme golpes de tensión dramática violentos junto a pasajes líricos. La Naturaleza y sus habitantes luchan y reposan rítmicamente.

 El bandoneón, que tocaba en España de joven Lucas Demare, respira en el abrir y cerrar de su fuelle, como respira el río que discurre junto al rancho de Leandro. Incluso los personajes tienen su equivalencia: Tita Merello aporta ese ritmo sincopado, más primitivo de la Guardia Vieja, en 2/4, repleto de stacattos. Arturo García Buhr es el bajo continuo de la orquesta típica, de ritmo pausado y discreto, sosteniendo a todo el grupo, pero apenas interpreta solos. Para ello, están los jóvenes intérpretes: Graciela Lecube, que podría ser un violín de Enrique Mario Francini; Mario Passano, un primer bandoneón, aunque no demasiado creativo. Roberto Fugazot, secundario, como El Golondrina, fue un cantor de cierta fama.
 Críticos cinematográficos observaron en el cine de Demare un sentido rítmico innato, en las transiciones de planos, las elipsis temporales (recuerden el Toño niño, en plano general dorsal, al que no vemos el rostro, fundiéndose en apenas un minuto con el joven que navega por el río) y, en general, en la fuerza que la cámara transmite. 

 Proseguir la analogía (metáfora) tanguera de "Los isleros" no es algo forzado, sino natural. Pero ustedes podrán comprobar contemplando esta película lo que era el cine que sabía contar historias; sostener un ritmo, ora tenso, ora lírico; encuadrar plásticamente el conflicto de almas y el de los hombres y el río; y, en definitiva, crear belleza.

Francisco Huertas Hernández
1-16 de julio de 2026
 














"Los isleros" (1951). Lucas Demare.
Planos. Fotogramas destacados

"Los isleros" (1951). Lucas Demare.
Affiche original argentino


Los isleros
1951
Argentina
112 minutos
Drama
Dirección: Lucas Demare
Ayudante de dirección: Rubén W. Cavallotti
Guion: Ernesto L. Castro sobre novela homónima propia
Música: Gilardo Gilardi
Fotografía: Mario Pagés
Montaje: José Cañizares
Escenografía: Gori Muñoz, Manuel Vilar
Productora: Estudios San Miguel
Productor Asociado: Horacio Guevara
Ayudante de dirección: Ángel Acciaresi
Sonido: Víctor Bobadilla
Cámara: Carmelo Lobótrico
Maquillaje: Esteban Baloc, Marta Espinach, Álvarez Lamas, Blanca Olavego

Protagonistas: 
Tita Merello: Rosalía "Carancha"
Arturo García Buhr: Leandro Lucena
Mario Passano: Toño
Graciela Lecube: Berta
Enrique Fava: Germán "El Gringo" Koehler
Roberto Fugazot: "El Golondrina"
Alita Román: Grete, novia de Germán
Luis Otero: "El Entrerriano"
Salvador Fortuna: lanchero
Matilde Rivera
Aurelia Ferrer
Orestes Soriani
Cayetano Biondo: ebrio en baile
Mecha López: Doña Manuela
Max Citelli
Lucas Demare
José Cañizares


domingo, 5 de abril de 2026

Forbidden pictures. Imágenes no autorizadas. Reflexión sobre los límites de la representación visual. Francisco Huertas Hernández

Forbidden pictures - Imágenes no autorizadas.
Reflexión sobre los límites de la representación visual.
Francisco Huertas Hernández. Alicante





 ¿Qué imágenes no dan cuenta del mundo externo o interno y no deberían ser filmadas o mostradas al público? O, ¿acaso, por dar cuenta de manera insoportable de ese mundo deben ser silenciadas, borradas, censuradas?
 En la tradición filosófica el mal, la fealdad y la ignorancia no tienen status ontológico. Son sombras, ausencia o privación de bien, belleza y conocimiento, o sea, de ser. Pero en la tradición religiosa adquieren una entidad óntica más peligrosa: el pecado, el poder de un mal que pone en cuestión la omnipotencia y bondad divinas.

"The Exorcist" (1973). William Friedkin

 Y, sin embargo, la representación de esa alteridad más amenazadora que la nada, de ese mal primigenio, está en el arte desde sus inicios. Freud imaginó, a modo de hipótesis, una pulsión de muerte en el ser humano, en la misma naturaleza, que tendía hacia la destrucción y la nada. Muchos psicoanalistas nunca aceptaron tal planteamiento, pues situaba parte de lo patológico más allá de las posibilidades terapéuticas. Nosotros, seres humanos de los bordes del siglo XX, tenemos ante nuestros ojos una cantidad de horror elevado a un exponente inimaginable gracias a la tecnología como nunca antes pudimos prever.

"The Lawnmower Man" (1992). Brett Leonard
"El cortador de cesped"

 Y el cine, o la representación visual de modo general (televisión, internet), vuelven sobre la cuestión de lo que podemos y debemos mostrar. Es una rémora de la tradición metafísico-religiosa decir que hay que abstenerse de lo inmoral, porque desde Nietzsche y su crítica a la moral esto ya no se sostiene.

 Hay actos humanos en sus distintos niveles que han sido cuidadosamente evitados en la representación visual, aunque, según las épocas, los límites de su visibilidad han sido variables:

- el parto
- la muerte
- la copulación
- la masturbación
- la excreción
- el sueño

"Salò o le 120 giornate di Sodoma" (1976). Pier Paolo Pasolini

"Pink Flamingos" (1972). John Waters

 A estos actos naturales se añaden comportamientos interpersonales de carácter agresivo, cuyo registro visual ha sido escasamente mostrado:

- autolesiones
- suicidio
- asesinato
- antropofagia
- sadismo-masoquismo


 De modo general han sido los aspectos relacionados con el cuerpo los más prohibidos, y los dos instintos básicos los más proscritos:

 - instinto sexual
 - instinto agresivo

"黑太陽731" ("Men Behind the Sun") (1988). 牟敦芾 (T. F. Mou)

 Pero, curiosamente, hay una constelación de representaciones prohibidas relacionadas con lo espiritual y lo social:

- blasfemias contra la religión y la iglesia
- burla del poder político (monarquía, gobierno)

"The Last Temptation of Christ" (1988). Martin Scorsese

"Je vous salue, Marie" (1985). Jean-Luc Godard

"The Holy Mountain" (1973). Alejandro Jodorowsky

 De entre las representaciones más marcadas por lo tabú está lo relacionado con la infancia -a pesar de los descubrimientos freudianos- y la enfermedad (en especial las enfermedades psíquicas, estigmatizadas como locura)

"A Clockwork Orange" (1971). Stanley Kubrick

 El conjunto de imágenes de lo que no debe mostrarse no ha parado de crecer conforme se han desarrollado las tecnologías, y lo que ayer era costumbre hoy es delito. Decía Platón en "La República" que los estados más corrompidos son los que más leyes tienen, y muy corrompidos debemos estar porque las leyes sancionadoras -porque nunca hubo leyes que premiaran- aumentan de forma geométrica en un mundo en el que la libertad ya sólo es una cuestión de poder para saltarse las leyes.

 Empecé con la pregunta de qué no debemos o no nos dejan mostrar en el cine y en lo audiovisual, y la respuesta, es que no nos dejan mostrar el cuerpo, la vida y la resistencia al poder

 Si alguien ha ido a este artículo buscando lo prohibido se habrá encontrado sólo palabras de los bordes del siglo XX. Tras Hiroshima e internet el mundo es sólo un borde de lo que fue.

Francisco Huertas Hernández
29 de marzo de 2016


Posdata. ¿Ha aumentado lo que no puede decirse y mostrarse diez años después? Marzo de 2026


 Y diez años han pasado, y el mundo no es el mismo en absoluto. La geopolítica ha reconfigurado el planeta. Estados Unidos y sus vasallos (Unión Europea, Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Japón, Corea del Sur, Marruecos, Arabia Saudí...) más el estado colonial fundado en 1948, son el Occidente Colectivo, al que se añaden como esclavos diferentes países de Iberoamérica según quién gobierne, de África y de Asia. Aunque todos estos estados tienden a ser agrupados en la ambigua categoría del Sur Global. El Sur Global es el antagonista del Occidente Colectivo (autoproclamado "mundo basado en reglas"), y tiene a Rusia y a China como líderes. Desde el conflicto de la OTAN contra Rusia en Ucrania hasta la agresión norteamericano-israelí contra Irán de 2026 el planeta vive una convulsión total, acompañada del triunfo vertiginoso de la Inteligencia Artificial, que pone en peligro la propia supervivencia humana, como explica uno de sus creadores, Geoffrey Hinton, con su anuncio apocalíptico: existe entre un 10% y un 20% de probabilidades de que la IA provoque la extinción humana en las próximas tres décadas. Ya internet en las pantallas (phone screen) ha destruido la capacidad de concentración, la atención, la memoria y la facultad de razonar y juzgar. La censura ha crecido de manera tan gigantesca en las redes sociales (social networks) en nombre de la protección de derechos de minorías y la lucha contra la desinformación (fake news), que encubren un intento de uniformización absoluto, al servicio de las grandes multinacionales (Big Tech, Big Five), donde nosotros, los usuarios nos convertimos en mercancía, con nuestros datos, gustos, confidencias e ideas.

 Entonces, ¿ha aumentado lo que no puede decirse y mostrarse diez años después? Evidentemente. Hoy en Meta, censuran los cuadros de Boticelli, las referencias al estado colonial de 1948, o el Imperio del Tío Sam, por no decir las palabras prohibidas que no paran de multiplicarse: una de ellas, de las más prohibidas, la referida a la pandemia de 2020. Todo esto se enmarca en la cultura de la cancelación, lo políticamente correcto y la cultura woke. Somos menos libres, y menos felices, y tenemos menos bienestar. La cultura ha sido una de las grandes sacrificadas. A pesar de que en YouTube, en teoría, uno puede hacerse sabio, aprender idiomas, ciencias, escuchar audiolibros de los clásicos de la literatura, en la práctica, los dominadores de la plataforma son adolescentes (adultescentes) descerebrados (influencers) cuyo lenguaje limitado e ideas inanes arrastran a millones de seguidores. La cultura quiso ser divertida -se dolía de la acusación de aburrimiento- y fue devorada por el entretenimiento.

 Así pues hablar de los países que el Imperio Estadounidense ha señalado como sus enemigos (Rusia, China, Irán, Corea del Norte) es de lo más prohibido, sin duda, que podemos encontrar. Hablar de las mujeres o las minorías de géneros fluidos, criticar el lenguaje inclusivo, sostener que ciertas epidemias sean creación intencionada humana, criticar el encierro obligatorio para proteger la salud, el uso de tapabocas, hablar de las estadísticas del suicidio y su explicación y justificación (en cambio se admite legislar sobre eutanasia), atentar contra la sensibilidad de personas con sobrepeso, hablar de razas, cuestionar el cambio climático, la multiculturalidad, criticar el veganismo o el animalismo, defender que una obra cultural tiene derechos y no es gratis, oponerse a las cuotas de género o diversidad en empresas e instituciones, criticar otras religiones dependiendo de coyunturas, y casos pintorescos como la Constitución Española, artículo 56.3, que dice: "la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad".

 El Código Penal del Reino de España (sic) introduce en 2015 el delito de odio en su artículo 510, que, por su vaguedad, introduce la persecución política de ideas:
 "1. Serán castigados con una pena de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a doce meses:
a) Quienes públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada por razón de su pertenencia a aquel, por motivos racistas, antisemitas, antigitanos u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, aporofobia, enfermedad o discapacidad". 
 No citaré aquí todos los casos en que se ha aplicado este artículo para perseguir las voces disidentes en muchos de los temas arriba enumerados.

 La llegada de los algoritmos (instrucciones matemáticas que deciden que se puede ver y que se oculta en internet, en las redes sociales), y cuya función ha ido modificándose inequívocamente, hacia la censura, ha transformado todo. Desde el año 2000 empezaron "organizando" la información (que es lo contrario del conocimiento, como el conocimiento es lo contrario de la sabiduría, como expresó magistralmente T. S. Eliot), para luego "moderar" y "jerarquizar", es decir, censurar pasivamente. Los algoritmos que eran reactivos, se hicieron masivos y predictivos. Desde 2012 con el Deep Learning ya saben lo que nos gusta sólo viendo donde detenemos el dedo al hacer scroll. A partir de 2016 ya son algoritmos censores (no es casual que en 2014 se produjera el Maidan y el retorno de Crimea, y en 2016 las elecciones en Estados Unidos y el Brexit, ya usan ampliamente la paranoia rusófoba, como la gran amenaza invisible que interviene en todos los asuntos del Occidente Colectivo). Pero, es en 2020, el punto de no retorno, con la pandemia. Las Big Tech usan los algoritmos censores para etiquetar (descalificar) y censurar información que contradijese las fuentes oficiales (OMS), con temas prohibidos, ya mencionados. ¿Recuerdan que la primera v@cun4 y una de las más usadas en el mundo jamás fue autorizada en la Unión Europea (EMA, organismo ¡privado!) ni recibió el beneplácito de la OMS, sólo porque provenía del país de Dostoyevsky?

 ¿Y cómo el cine se habrá constreñido por todo ello? Pues, primero, con la autocensura. Y luego, con la retirada de subvenciones, distribución y exhibición en plataformas, controladas por capital de Estados Unidos y miembros de la comunidad del estado colonial de 1948. 

 La reescritura orwelliana de la historia ("1984") ha llegado: películas clásicas están recibiendo etiquetas de "contenido obsoleto" o incluso escenas modificadas para ajustarse a las sensibilidades actuales, y todo empezó quitando los cigarrillos a Lucky Luke, el "paciente cero" y el ejemplo más icónico de la censura retroactiva en el cómic y el cine de animación. Morris (dibujante creador) cedió a la presión y aceptó sustituir el cigarrillo por una paja o brizna de hierba. Esto, claramente, no fue un cambio artístico, sino una concesión comercial para mantener al personaje "limpio" y exportable. Y Spielberg, ¿saben lo que hizo? Sustituyó digitalmente las armas de los agentes del FBI por walkie-talkies en la edición del 20 aniversario de "E.T.". Su arrepentimiento posterior era inútil, y, quizás, insincero. Recordemos la polémica con "Gone With the Wind". En fin...

 Así, lectores casuales o concienciados, tenemos una lista mucho más distópica y devastadora de temas y palabras, imágenes y símbolos prohibidos, justo en el mundo donde la Lista de Epstein circula por todas partes, mientras sus usuarios siguen ejerciendo el poder con total impunidad...

Perdonen la redacción precipitada de este informe, mas los riesgos son obvios... @4?

Francisco Huertas Hernández
5 de abril de 2026

lunes, 30 de marzo de 2026

"Martín Fierro" de José Hernández (2). Canto I: Entre la denuncia de Guarany y la épica de Lugones. Francisco Huertas Hernández

"Martín Fierro" de José Hernández (2). Análisis del Canto I: Entre la denuncia de Guarany y la épica de Lugones. Francisco Huertas Hernández

Horacio Guarany: "Canta Martín Fierro"
LP. Philips. 1964


Análisis profundo del Canto I del "Martín Fierro". Una mirada cruzada entre la denuncia social de Horacio Guarany y la épica nacional de Leopoldo Lugones. Exploración de la lengua gauchesca y el arte como consuelo




 Un cantor canta mejor a otro cantor. Horacio Guarany (nombre real: Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo) (1925-2017) registró un disco de larga duración en 1964 con estrofas del "Martín Fierro" (1872-1879) de José Hernández en ritmo de milonga y canto surero. Guarany compuso la canción "Si se calla el cantor" en 1972, grabada por Mercedes Sosa en 1973 con Gloria Martín. El tono fierresco de la famosa pieza es evidente: "Si se calla el cantor calla la vida, / porque la vida, la vida misma es todo un canto, / si se calla el cantor, muere de espanto / la esperanza, la luz y la alegría", y sube de tono en su denuncia: "Que no calle el cantor porque el silencio / cobarde apaña la maldad que oprime, / no saben los cantores de agachadas, / no callarán jamás de frente al crimen". Canto de vida y canto de justicia.

 El gaucho literario Martín Fierro abre un siglo y medio de enconadas y opuestas interpretaciones como denuncia social o como epopeya literaria nacional. La primera lectura social es del mismo José Hernández, quien en la carta a D. José Zoilo Miguens, presenta así su obra ("El gaucho Martín Fierro", 1872): "no le niegue su protección, usted que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país". David Viñas ("Literatura argentina y realidad política", 1964), en una lectura materialista, ve en el gaucho Martín Fierro una víctima social de la marginalidad, producida por la violencia del Estado.
 La segunda visión -que la vida misma sea todo un canto- es la interpretación de un Leopoldo Lugones (1874-1938) en sus conferencias de 1913: Martín Fierro es un símbolo de la identidad nacional argentina, creada por un "poeta verdadero", "como todo poema épico, el nuestro expresa la vida heroica de la raza: su lucha por la libertad, contra las adversidades y la injusticia". Y aún comparándolo con la Iliada y la Odisea, la Eneida y la Divina Comedia, admite esa rebeldía del cantor que, con su guitarra y su verso de "parla indócil y pintoresca", se levanta contra la opresión y la pobreza.

 Horacio Guarany se sitúa en la primera de las interpretaciones, "que no saben los cantores de agachadas, no callarán jamás de frente al crimen". Para nosotros ambos análisis son ciertos: en el fondo, social, y en la forma, épica. ¿Y qué gran obra de la literatura no sintetiza contenido y estilo?

 Éste es el Canto I de "El gaucho Martín Fierro" (1872):

 Aquí me pongo a cantar 
al compás de la vigüela, 
que el hombre que lo desvela 
una pena estrordinaria 
como la ave solitaria 
con el cantar se consuela. 

Pido a los santos del cielo 
que ayuden mi pensamiento: 
les pido en este momento 
que voy a cantar mi historia 
me refresquen la memoria 
y aclaren mi entendimiento. 

Vengan santos milagrosos, 
vengan todos en mi ayuda, 
que la lengua se me añuda 
y se me turba la vista; 
pido a mi Dios que me asista 
en una ocasión tan ruda. 

Yo he visto muchos cantores, 
con famas bien otenidas, 
y que después de alquiridas 
no las quieren sustentar. 
Parece que sin largar 
se cansaron en partidas. 

Mas ande otro criollo pasa 
Martín Fierro ha de pasar; 
nada lo hace recular 
ni las fantasmas lo espantan, 
y dende que todos cantan 
yo también quiero cantar. 

Cantando me he de morir, 
cantando me han de enterrar, 
y cantando he de llegar 
al pie del Eterno Padre; 
dende el vientre de mi madre 
vine a este mundo a cantar. 

Que no se trabe mi lengua 
ni me falte la palabra; 
el cantar mi gloria labra 
y, poniéndome a cantar, 
cantando me han de encontrar 
aunque la tierra se abra. 

Me siento en el plan de un bajo 
a cantar un argumento; 
como si soplara el viento 
hago tiritar los pastos. 
Con oros, copas y bastos 
juega allí mi pensamiento. 

Yo no soy cantor letrao, 
mas si me pongo a cantar 
no tengo cuándo acabar 
y me envejezco cantando: 
las coplas me van brotando 
como agua de manantial. 

Con la guitarra en la mano 
ni las moscas se me arriman; 
naides me pone el pie encima, 
y, cuando el pecho se entona, 
hago gemir a la prima 
y llorar a la bordona. 

Yo soy toro en mi rodeo 
y torazo en rodeo ajeno; 
siempre me tuve por güeno 
y si me quieren probar, 
salgan otros a cantar 
y veremos quién es menos. 

No me hago al lao de la güeya 
aunque vengan degollando; 
con los blandos yo soy blando 
y soy duro con los duros, 
y ninguno en un apuro 
me ha visto andar tutubiando. 

En el peligro, ¡qué Cristo! 
el corazón se me enancha, 
pues toda la tierra es cancha, 
y de eso naides se asombre: 
el que se tiene por hombre 
donde quiera hace pata ancha. 

Soy gaucho, y entiéndanló 
como mi lengua lo esplica: 
para mí la tierra es chica 
y pudiera ser mayor; 
ni la víbora me pica 
ni quema mi frente el sol. 

Nací como nace el peje 
en el fondo de la mar; 
naides me puede quitar 
aquello que Dios me dio: 
lo que al mundo truje yo 
del mundo lo he de llevar. 

Mi gloria es vivir tan libre 
como el pájaro del cielo; 
no hago nido en este suelo 
ande hay tanto que sufrir, 
y naides me ha de seguir 
cuando yo remuento el vuelo. 

Yo no tengo en el amor 
quien me venga con querellas, 
como esas aves tan bellas 
que saltan de rama en rama, 
yo hago en el trébol mi cama, 
y me cubren las estrellas. 

Y sepan cuantos escuchan 
de mis penas el relato, 
que nunca peleo ni mato 
sino por necesidá, 
y que a tanta alversidá 
sólo me arrojó el mal trato. 

Y atiendan la relación 
que hace un gaucho perseguido, 
que padre y marido ha sido 
empeñoso y diligente, 
y sin embargo la gente 
lo tiene por un bandido. 


 El canto consuela al hombre de la pena: quien canta su mal espanta. La necesidad de desahogo y la necesidad de expresión se unen en el arte. El cantor, como el ave, canta la vida, con una voz que no es comunicación sino celebración o lamento. El ritmo invita a la escucha. Las cuerdas de la guitarra (vigüela) que acompañan al cantor recuerdan los trinos de las aves. Los versos en sextillas de octosílabos reproducen esa "parla pintoresca" que reproduce el habla del pueblo pampero, del hombre del campo, que aún conserva arcaísmos del castellano peninsular y alteraciones fonéticas (metátesis, aféresis, síncopa, apócope, diptongación de hiatos, trueque de vócales átonas) que crean una verdad popular tan honda que éste fue el único libro que compraban los gauchos para que se lo leyeran en las pulperías. Un poema sobre el pueblo, que, por raro designio, fue amado por el pueblo, a pesar de ser su autor hombre culto y urbano. 

 La música (verso), espantando los males, tiene larga presencia en las tradiciones míticas y populares: Orfeo tañe su lira en el Hades, en busca de Eurídice; la Machi, en el pueblo mapuche argentino, es un ritual de sanación con el toque de kultrún (tambor) y de kaskawillas (cascabeles) que purifican de espíritus malignos. La musicoterapia permite desviar el foco de la atención del dolor durante el tiempo de escucha, y unido a la liberación de endorfinas, produce una sanación, al menos transitoria, como ya supo Arthur Schopenhauer. 

 Martín Fierro anuncia que va a cantar su historia, y pide memoria y entendimiento a los oyentes, porque estamos ante la oralidad, al menos recreada en la escritura, y que nadie le impedirá contar su vida con todas sus penas, pues las alegrías no se cantan, se viven y se olvidan. 

 La profesión de fe en el arte da lugar a esta famosa estrofa hernandiana: "Cantando me he de morir,  / cantando me han de enterrar,  / y cantando he de llegar  / al pie del Eterno Padre;  / dende el vientre de mi madre  / vine a este mundo a cantar". Vivir para contar cantando, que quien no canta no vivió ni revivió en oídos ajenos paralelas vidas de caminos y estragos. El héroe nace con el relato. Sin transmisión rítmica la vida es una nada que fluye sin eco. El oficio de cantar hace nacer la aventura, y en ésta se eleva el héroe. ¿Quién creyó vivir una aventura hasta que no fue contada y escuchada por otro? La diferencia entre el contar del hombre prosaico y el cantar del artista es el ritmo, y en el ritmo, el héroe y su aventura se dibujan con claro perfil, con melódica emoción y sabia sentencia. Los niños que cuentan bien sus historias inventadas tienen la semilla del arte. El cantor muere con la guitarra en la mano, no hay jubilación aquí. Si vivir es contar, y contar con arte es cantar, no hay muerte más que cuando el canto cesa. Martín Fierro lo sabe y lo canta, por eso "el cantar mi gloria labra, / y, porniéndome a cantar, / cantando me han de encontrar / aunque la tierra se abra". No es "cantor letrao", "mas si me pongo a cantar / no tengo cuando acabar / y me envejezco cantando: / las coplas me van brotando / como agua de manantial". 

 El desafío es esencial en el payador (cantor poeta improvisador del Río de la Plata y Chile): "Y si me quieren probar, / salgan otros a cantar / y veremos quién es menos". Una invocación al duelo estético -llamado "batalla de gallos" o freestyle en el rap-, en el que no sólo se consuelan penas, sino que en liza con competidores se juega el honor y se prueba la agudeza del ingenio. Los bertsolaris vascos, los troveros de Cartagena o Cuba y los repentistas forman parte de la misma tradición. 

 Y el gaucho se adentra con más hondura filosófica en su naturaleza en los famosos versos de sabor clásico: "Nací como nace el peje  / en el fondo de la mar;  / naides me puede quitar  / aquello que Dios me dio:  / lo que al mundo truje yo  / del mundo lo he de llevar". El arte de cantar es tan natural como el pez que nace en el fondo del mar tiene el arte de nadar, y por ello, no fruto de instrucción o técnica, perdurará hasta la muerte, siendo destino del gaucho seguir su naturaleza cantora. Viniendo de la naturaleza, es decir, de Dios, el canto es un don divino, y ejecutarlo es alabanza del Creador. 

 Las comparaciones con la naturaleza son constantes porque el gaucho es un habitante del campo, no de la ciudad. Si Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) escribió el crucial ensayo "Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Aspecto físico, costumbres y ámbitos de la República Argentina" (1845), oponiendo la civilización a la barbarie, siendo barbarie la vida del campo, de los gauchos, encarnados en Facundo, en José Hernández se invierte la valoración y se reivindica al gaucho, ya en vías de extinción con el progreso industrial y el desarrollo urbano en la Argentina. Para Sarmiento el progreso europeo debía ser el modelo en la educación y desmantelamiento de la forma de vida criolla guachesca, anclada en la tradición del caballo y el cuchillo. Esa europeización de Sarmiento, que fue presidente de la República Argentina entre 1868 y 1874, justo cuando salió "El gaucho Martín Fierro", ocultaba el sentimiento de inferioridad colonial frente a las metrópolis. José Hernández, afirmando al gaucho sentaba, al entender de Leopoldo Lugones y Leopoldo Marechal, una identidad nacional propia. El "Martín Fierro" fue elevado a símbolo sagrado de la patria, y si el sueño de Sarmiento fue una educación europea que destruyera al gaucho, desde Lugones y Marechal, la vida literaturizada del gaucho pasó a enseñarse en las escuelas. La valentía del héroe declinante de las pampas expresada con lenguaje llano y hondura lírica se convierte en texto escolar, quintaesencia de lo argentino y fundación mítica de una patria de aluvión de emigrantes de mil lugares.

 El final del Canto I nos advierte de las penas del cantor, visto por las gentes como bandido. El camino del sufrimiento es el camino de la redención, puede que no de la felicidad, mas sí de la sabiduría.

Francisco Huertas Hernández
30 de marzo de 2026

Bibliografía:

- José Hernández: "Martín Fierro". Clásicos Castalia. Madrid. 1994. Edición de Ángel J. Battistessa

- José Isaacson: "Martín Fierro. Cien años de crítica". Editorial Plus Ultra. Buenos Aires. 1986. Artículos de Subieta y Unamuno y otros


NOTA IMPORTANTE: Este ensayo está pensado y redactado por un ser humano, Francisco Huertas Hernández, con una larga trayectoria en crítica literaria y numerosas conferencias. Aquí no hay IA