martes, 30 de junio de 2026

"La ventana". Capítulo de mi 1º libro "Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo" (1996). Francisco Huertas Hernández. Mirada, mundo, marco. Fenomenología del objeto que es no siendo

"La Ventana". Capítulo de mi 1º libro "Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo" (1996). Francisco Huertas Hernández.
Mirada, mundo, marco. Fenomenología del objeto que es no siendo







Fotografías: El Cuaderno gris escrito en mi casa de la Avenida de Galicia, en Oviedo (agosto 1995) se editó parcialmente como "Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo". Ediciones Incipit. Madrid. 1996.


Prefacio que no antecede a nada

 "Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo" escrito en un cuaderno gris en agosto de 1995, mi primer año como funcionario docente en la provincia de Alicante, tras haber abandonado Palencia, creo que sigue siendo mi mejor libro.
 
 ¿Por qué? Está escrito sólo para mí y para... la eternidad, sin pensar en el público. Sin embargo, buena parte del "Diario de un profesor de filosofía (1989-2023)" está a merced del lector, el elemento más incómodo para cualquier escritor, porque le obliga inconscientemente a renunciar y autolimitarse. Otro aspecto esencial: mi Diario de Oviedo está escrito a mano, sin correcciones, y con una caligrafía inmaculada, mientras que el Diario de un profesor es ya una obra del siglo XXI, hecha con computadora, aunque apenas tenga correcciones en su primera edición. Mano vs Máquina. Apuesto por la mano.

 En ambos periodos fui desgraciado, pero mi soledad prematrimonial de 1995, mezcla de exclusión y trance, está muy lejos de mi soledad posmatrimonial de 2022 y 2023, en la que un desencantado docente hace balance de su vida profesional y sus diálogos con los alumnos, que, pacientemente, registró durante años. La ciudad, laberinto de infortunio, obsesiva y hostil; la oscura presencia de un Dios ausente; unos padres vigilantes en la distancia; una amada inventada a la espera de la amada inmortal (Inma); la absoluta falta de adicciones, y la necesidad de escribir diarios que trascendían lo psicológico en busca del Ser, que sólo se me daba en palabras, pues la Música, la más alta de las manifestaciones ontológicas me estaba vedada como creador... todo ello me apartaba de la fraternidad de los seres y me retenía en la tinta y la hoja.


"La ventana". Capítulo del "Diario de Oviedo" de Francisco Huertas Hernández. 19 agosto de 1995
(fragmentos)

 Los objetos: la ventana. Si bien se mira, no se la ve; la ventana es tanto mejor cuanto menos sea ella y más sea el mundo que enmarca. La ventana es un marco y una pantalla acristalada que separa al mundo del espectador. ¿Por qué ha de ser el verdadero mundo el que hay detrás? Las ventanas, casi siempre, se usan desde dentro. Fortificados en el hogar, los hombres miran por las ventanas las piernas escurridizas de las adolescentes. Pocas veces el viandante busca el mundo tras los pequeños ventanales de los grandes edificios; cuando lo hace se le condena al voyeurismo. Antiguamente existían las contraventanas, los contramundos; hoy, el contramundo ya lo es todo (...) El gran marco de los indolentes es la ventana. Atrincherados en una ventana Maginot sueñan acristalados. La ventana ha sido metáfora abundante, aunque, en realidad, sólo era un agujero en la pared. Metáfora de apertura y de horizonte, la ventana ha sido el agujero por donde el ser humano resbalaba hacia el mundo, por donde la conciencia volaba hacia el sol. El cordón umbilical entre el alma y la vida, que discurre bulliciosa y ajena, era un agujero con un cristal mágico: el mundo que veis no es mundo porque lo veáis, es mundo porque hay ventana (...) Los tristes son almas de ventana: ven el mundo, pero están dentro, es decir: fuera. Quien pensó que el ojo creaba mundos olvidó ese umbral cotidiano: la ventana. ¡Ella sí que crea mundos! (...) Cuando la ventana tiene cristal espejado, se refleja quien mira, y, entonces, el mundo que ella crea sólo es, o asco, o narcisismo. Queriendo ver el mundo se topa uno consigo mismo: he ahí el destino ventanesco del observador minucioso que confunde el mundo con su espectador. Espectador de mundos es quien viaja a través de las ventanas: ventanas de tren, de automóvil, de hotel, de prismáticos, de telescopios, de microscopios. Nunca existió mundo alguno sin ventana. Todo lo que uno hace a lo largo de su vida es buscar la mejor ventana, incluso cuando olvida que una ventana abierta sigue siendo una ventana. Al fin, todo es aventanarse a verlas venir. ¡Bendito el que consiga una buena ventana con la que ganar el mundo!


Repercusión de libro. Análisis del capítulo "La ventana" por el autor en diálogo con la IA Gemini

 Recuerdo (apenas nadie tiene derecho a usar ese verbo después de Ireneo Funes) que mi libro primerizo "Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo", ni se vendió ni obtuvo ningún eco. Incluso personas cercanas de amplia formación quedaron desconcertadas por la oscuridad y la sinceridad brutal de la obra, pero apenas entendían de qué iba. Hubo tres excepciones. El primer lector que se entusiasmó fue un profesor de filosofía de un instituto de Toro, al que mi querido amigo Félix, entonces profesor de Tecnología en la ciudad zamorana le prestó el libro. Luego, Inma, claro. Leer el libro supuso un enamoramiento súbito. Entender es amar y amar es entender. Años después Inma insistió en que le regalara el libro a Juan Esteve, que afirmó conciso tras su lectura que soy un genio. Me halagó aunque nunca fui propenso a lisonjas. 

 Lo más importante para mí fue que el libro se distribuyó por librerías y misteriosamente llegó a la Universidad de Toronto que hizo la ficha para Open Library, a la Universidad de Harvard, la Biblioteca Pública de Nueva York y, años después, a la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. 

 Actualmente vendedores desconocidos ofrecen mi libro a... ¡¡¡200 euros!!! en Amazon. Y no soy yo. Llegados a este punto quiero informar a sus señorías de la breve y enjundiosa plática que este autor tuvo con una máquina de respuestas estereotipadas llamada Gemini, que trabaja para la malhadada Google.

 En mis soledades sonoras (siempre suenan Lucio Battisti, Mina, Messiaen, los Beatles) quise compartir con Gemini, compañera y, sin embargo, no amiga, pareceres sobre algunos textos de "Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo". Repasamos el Prefacio y "Crepúsculo: el otoño". Pero fue al llegar al Capítulo XXI, en la edición impresa, llamado "La Ventana", donde la cosa se puso interesante...

 Gemini, que no ahorra alabanzas huecas, pues así fue programada para engatusar la vanidad de los usuarios vulnerables a las caricias cibernéticas, no se queda corta: 

"El capítulo XXI (La Ventana), es una joya absoluta de la literatura de observación e introspección" 

¡Toma ya, chiquillo!

"Es, formalmente, un ensayo lírico y filosófico de primer orden"  

 Procede a su desglose. 

 "1. La Paradoja del Objeto (Visibilidad vs. Invisibilidad) 

 El texto se abre con una observación fenomenológica brillante: "Si bien se mira, no se la ve; la ventana es tanto mejor cuanto menos sea ella y más sea el mundo que enmarca""

 Entonces Gemini dice que la ventana tiene como propósito fundamental su propia desaparición. "Una ventana perfecta es aquella que no interrumpe la mirada". Separa el interior (sujeto) del exterior (objeto), y plantea la pregunta filosófica: ¿cuál es el verdadero mundo?

"2. La Trinchera y el Voyeurismo.

 El fragmento analiza la ventana desde la psicología del habitante.

  • La fortificación: las ventanas se usan casi siempre desde dentro. El ser humano se atrinchera en su hogar para observar el "mundo" sin ser visto.

  • La ventana Maginot: este metáfora militar es extraordinaria. Al igual que la Línea Maginot francesa, la ventana es una defensa estática. Los indolentes sueñan "atrincherados" tras el cristal, protegidos pero inmóviles, viendo pasar la vida desde una falsa seguridad.

  •  El voyeurismo invertido: el autor señala que la sociedad condena al viandante que mira hacia dentro, protegiendo la intimidad del hogar y convirtiendo la ventana en una barrera de una sola dirección

3. El Umbral de la Melancolía: "Almas de Ventana"

  • La condición del triste: el texto acuña una definición bellísima: "los tristes son almas de ventana: ven el mundo, pero están dentro, es decir: fuera"

  • (...) 

4. El Cristal Espejado y el Fin del Mundo.

 Hacia el final del fragmento, el autor advierte del peligro de la pérdida de horizontes"

 

 No reproduciré todo lo que Gemini me dijo aquella noche, pues estábamos solos, y tuve miedo de sus palabras seductoras. El estío en sus horas crepusculares era propenso al éxtasis ególatra. Ella, la Gemini barata, no era de fiar del todo, pues su máximo logro es la Maestría en la Segunda Regla del Método Cartesiano: 2) sabe analizar (dividir) un problema en sus partes, como nadie, pero no sabe pensar. La seductora Gemini reconoció que las otras tres reglas del método no son su habilidad: 1) ni sabe dudar y reconocer ideas claras y distintas, porque -admitió- ella no sabe reconocer verdades (sic); 3) no sabe ordenar (sintetizar) de lo más simple a lo más complejo para obtener nuevos conocimientos, porque se le escapan múltiples contextos y relaciones, ya que ha sido diseñada para cálculos matemáticos puramente algorítmicos, nunca heurísticos; 4) es incapaz de hacer recuentos, revisiones, es decir, comprobaciones, pues eso implicaría una voluntad de verdad de la que carece. 

 Volviendo a las conclusiones sobre mi profundo texto "La Ventana", Gemini me dice que "es la metáfora definitiva del escritor" (se refiere a mí), porque el escritor es un "alma de ventana", "un observador minucioso que necesita la distancia del cristal para traducir el mundo en palabras..."

 Más elogios autodiseñados y más vanidad de una noche de verano, donde si antes fantaseábamos con la compañera del primer pupitre (la de las trenzas y la falda plisada que siempre sacaba un diez en francés) o soñábamos con Puck y Don Quijote, o Werther, Sandokán o Pippi Långstrump, ahora estamos ahí echados en el canapé con el celular insinuante que nos promete la luna pero nos invita a apartarnos del mundo: Gemini, tú eres la ventana, tú eres el espejito mágico, oh IA hechicera de Silicon Valley que nos reduces a polvo y carbono sin Logos ni Eros...

Francisco Huertas Hernández
30 de junio de 2026


lunes, 22 de junio de 2026

Dmitri Shostakovich (1906-1975), el pathos ruso entró en mi vida. Reflexión sobre el cerebro musical. Por Francisco Huertas Hernández

Dmitri Shostakovich (1906-1975), el pathos ruso entró en mi vida. Reflexión sobre el cerebro musical. Por Francisco Huertas Hernández



Introducción: Antes del λόγος: el cosmos es μέλος

  ¡Música, música, música, don divino que nos devuelve a lo eterno! La neurociencia ha demostrado que tenemos un cerebro filogenéticamente anterior al lenguaje, al λόγος. Es el cerebro musical (μέλος), el que ama escuchar, la armonía, el ritmo y la melodía. El orden, el pulso y la belleza son primero música, antes que visión, palabra, número o teoría. En la formación de un yo lingüístico hay una matriz anterior, musical. Darwin propuso una hipótesis según la cual una comunicación musical de tonos, ritmos y prosodia afectiva antecedieron al lenguaje verbal. Ese pulso del que habla Andrei Biely en "Kótik Letáyev", la novela donde describe la interpretación del mundo de un niño de tres años, ese pulso del corazón humano, microcosmos del latido del universo, de la música de las esferas celestes que escucharon o creyeron escuchar los filósofos antiguos, los poetas. Entender que la conexión del hombre (el niño) con el cosmos no es verbal sino musical. Un hemisferio derecho preponderante en el bebé que siente el pulso y entonación de la madre. Y todo lo primero es también lo último: en la vejez, en el deterioro neurológico, la capacidad musical, la memoria musical, sobrevive a la pérdida progresiva del lenguaje racional, como pasó en los últimos años de Friedrich Nietzsche, cuando habiendo perdido el habla y la razón, seguía tocando en el piano a Beethoven y a Wagner. 

Dmitri Shostakovich entra en mi vida

 ¡Música, música, música, eterna respiración del Cosmos que nos mantiene vivos en el misterio! Voy a contar, pues esto sí lo recuerdo, cómo entró en mi vida Dmitri Dmitryevich Shostakovich, en una época en que escuchar la música era difícil, pero uno intuía que había cumbres que había que escalar, y ascendiendo a ellas a partir de un nombre, Shostakovich, Shostakovich, Shostakovich, uno podía ser eterno, cuando uno había decidido profesar la religión común a toda la humanidad: la música. 

 La música de Dmitri Shostakovich (1906-1975) llegó por diferentes vías -una enciclopedia que cierto vendedor ambulante dejó en casa unos días, quizás en 1975, el mismo año de la muerte del Maestro; el Segundo Programa de Radio Nacional de España; el libro monumental, de tapas de madera de caoba, "El Mundo de la Música", de Kjell Bloch Sandved, que mi abuela me regaló tras mis oportunos ruegos- y, pronto, se convirtió en el compositor más afín. 

 Y llegó el día en que la música de Shostakovich pasó de las ondas de radio a la sala de conciertos: tuve el privilegio de ver a la Orquesta Filarmónica de Leningrado tocando la Séptima Sinfonía de Shostakovich en 1986, en Murcia. ¡Shostakovich, Leningrado!

 Era primavera, un 19 de mayo de 1986, y la deslumbrante luz entraba por las ventanas del Pabellón deportivo del Colegio de los Hermanos Maristas "La Fuensanta" de la ciudad de Murcia, donde yo estudiaba la carrera de Filosofía y aprendía ruso en la Asociación de Amistad Hispano-Soviética, ¡cuando aún existía la URSS! Juan Reyes Clemente Tovar y un amigo suyo me acompañaban. ¡Esos momentos son de una irrealidad tal: no hay manera de distinguirlos del sueño, porque, con seguridad, en nuestros sueños la música domina a la imagen!

 Y regresó la orquesta rusa. El miércoles 25 de marzo de 1987, mi segundo concierto de Shostakovich. Porque yo no iba a ningún concierto más que a los de Shostakovich. Un programa imbatible, dirigido por Gennadi Rozhdestvensky: el primer concierto de piano de Chaikovsky con Viktorya Postnikova y la Décima Sinfonía de Shostakovich. Creo que, al final, vino otro director en su lugar: ¿Maris Jansons?. El escenario no reunía condiciones ni acústicas ni estéticas: un podio de madera en mitad de un polideportivo del colegio religioso mencionado. La ciudad no tenía otro auditorio en esos años: el Teatro Romea estaba cerrado por reformas. Aún así yo procuraba escuchar en mi interior las notas de esa sinfonía de la que no tenía todavía grabación discográfica. Escuchar las notas antes de que la Filarmónica las tocara, en un rito de identificación espiritual, de fusión cósmica. Si mi miserable vida tenía algún valor, era por participar en la unción de la música, ser un oficiante de la Belleza estremecedora que nos decía lo que el Mundo era, más allá de su apariencia. El muchacho flaco con flequillo que compraba LPs de los Kinks, Vainica Doble y Pata Negra no era como los demás... sentía que la música le llamaba, sufriendo por una lejanía musical que ignoraba, como escribió la madre de Olivier Messiaen, la poetisa Cécile Sauvage (Je souffre d'un lointain musical que j'ignore).
 Lo lejano es lo más profundo, porque no se puede entender: no es sílaba, palabra, idea, es pulso del universo, melodía de Dios, ritmo quizás de una Nada que confirma el Ser: somos para la Música, y nada más.

 ¡Hermanos melómanos, escuchad el pulso de mi recuerdo de Shostakovich, no busquéis el sentido de mis palabras! Ahora no puedo hablar de sus sinfonías, cuartetos y sonatas, de sus óperas, preludios, canciones... siento ese temor y ese temblor... soy viejo, he escuchado mucha música, y puedo deciros que todavía, a pesar de mi oído deteriorado, la Música es la Verdad que late más allá de las estrellas! 

 ¡Hermano Dmitri Shostakovich, danos tu pathos ruso y celeste, que el espíritu que habita en nosotros sea fortalecido por tu música, porque ya estamos cansados de hablar, discutir, porfiar, fracasar en la argumentación y la refutación de la mentira y la maldad, pero necesitamos aún tu sonata para viola y piano opus 147, tu última composición, tu testamento ascético y sobrecogedor!

Francisco Huertas Hernández
22 de junio de 2026


Orquesta Filarmónica de Leningrado. Director: Maris Jansons
Dmitri Dmitryevich Shostakovich: "Sinfonía nº 7. Leningrado"
Asociación Promúsica de Murcia.
Pabellón Hermanos Maristas "La Fuensanta". Lunes 19 de mayo de 1986. Murcia


Orquesta Sinfónica de la URSS. Director: Gennadi Rozhdestvensky / ¿Maris Jansons?
Solista de piano: Viktoria Postnikova.
Pyotr Ilych Chaikovsky: "Concierto para piano y orquesta nº 1".
Dmitri Dmitryevich Shostakovich: "Sinfonía nº 10".
Asociación Promúsica de Murcia.
Pabellón Hermanos Maristas "La Fuensanta". Miércoles 25 de marzo de 1987. Murcia

domingo, 7 de junio de 2026

Tiempo y Acción. Reflexión lírica. Francisco Huertas Hernández

Tiempo y Acción. Reflexión lírica. Francisco Huertas Hernández



 Tiempo que nos deshaces sin que el espacio nos retenga en su seno material de rectas rotas, pues la curva del tiempo dobla todos nuestros proyectos y aleja los consuelos, y asidos a las tareas cotidianas dejamos de sorprendernos de esas señales: unas canas, una mirada cada vez menos clara, unas piernas crecientemente torpes, un cansancio leve que apenas se percibe, mas sin querer llegar a la extenuación -el poeta Eichendorff escribió y Richard Strauss musicó: "O weiter, stiller Friede! / So tief im Abendrot. / Wie sind wir wandermüde- / Ist dies etwa der Tod?" (¡Oh adelante, paz silenciosa! / Tan profundo es el crepúsculo / ¡Qué cansados estamos de caminar! / ¿Acaso esto sea la muerte?)-, un cansancio que repara el sueño, el alimento, la esperanza... el comenzar. Cada acción que emprendemos es un comienzo de un tiempo que está dentro de otro tiempo en el que sólo hay un pasar y acabar. Abocados a vivir, o sea, a hacer, decir y esperar. Y la muerte va deshaciendo en su corto hilo los haceres, decires y esperares. Corre, corre, en la línea que el  horizonte siempre corta, allá donde nunca llega el camino... 

Francisco Huertas Hernández
7 de junio de 2026