domingo, 6 de febrero de 2022
"Ángela". Poema. 1980. Francisco Huertas Hernández. "Gli occhi, la bocca" (1982). Marco Bellocchio
lunes, 5 de abril de 2021
Piedras Lunares. "La Paura" (1954). Roberto Rossellini. Reflexión filosófica sobre el miedo. Francisco Huertas Hernández. 2001
Tengo miedo. Siempre he tenido
miedo desde que mi memoria alcanza. Los libros de héroes y santos hablan
del miedo. Ellos no sentían miedo
porque el miedo es cobardía y egoísmo,
es temor a perder la vida. El héroe
y el santo son valientes porque no
son ellos mismos sino un trozo de Dios o
de la Patria que actúan sin pensar en sí mismos sino en entregar su vida y su alma. Así que el miedo era
ateo y antipatriótico.
Esto debió calar en mi mente infantil leyendo
en la Enciclopedia Álvarez o Miñón las historias de aquellos grandes
hombres, como el que defendió Tarifa
contra los sitiadores sacrificando a su propio hijo.
Cuando vino la democracia y la psicología de masas leí que el valiente no es quien no tiene miedo sino quien sabe vencerlo. Ahora ya se reconocía implícitamente el valor de la vida individual, pero se interpretaba que en casos de fuerza mayor podía afrontarse el peligro sacando fuerzas de flaqueza, o, dicho en lenguaje de los tiempos: el autocontrol racional de los impulsos emocionales biológicos. La razón sujetando a la voluntad. Pero el miedo es innato.
Yo
tengo todos los miedos: a la enfermedad, a la soledad, a la muerte, al futuro,
a la gente, a Dios, a la humillación, a la locura, a la nada, a la noche, a la
pobreza, a las mujeres, a los perros, al destino, a la estupidez, al silencio,
a la sabiduría, a la vida, a los espíritus, a las estrellas, a los maleficios,
al castigo, a la policía, a la oscuridad, al mal, a la naturaleza, al tiempo,
al olvido, a mí mismo, al miedo.
Catalogar mis miedos es clasificar el ser y
agotarlo. Mis miedos son genéticos y adquiridos. Son inmemoriales y episódicos.
Son todos los miedos que he temblado y
que he reído, porque, aunque nos cagamos de miedo, también nos reímos de
miedo.
El miedo es la debilidad del ser humano ante el destino y el tiempo. Es individualizador y reflexivo. Lo que admira no es lo desconocido sino lo que nos sobrecoge: Dios, la nada, el tiempo.
Yo
escribo porque tengo miedo. Y hablo porque tengo miedo. Y amo porque tengo
miedo. No, no me digáis que el miedo paraliza los afectos y el entendimiento.
No es verdad. Lo que paraliza es la alegría,
la apacibilidad.
Para huir del miedo creamos, imaginamos, luchamos, construimos, buscamos, amamos. Yo no quiero tener miedo, pero sé que con él viviré y haré de mí lo que pueda hacer para olvidar que está dentro de mí como la sangre y el aire. Es aliento. Es latido. Al miedo se le oye, se le siente. Es tan real como invisible.
No hay ni un solo libro que haya despertado mi adhesión y mi entusiasmo que no me haya hecho temblar. El miedo nos trae mensajes de otros mundos, excita nuestro entendimiento, nos exige pensar a fuerza de sentir. Sintiendo esa congoja tan honda que se convierte en grito y pregunta y razón y aullido y verso y sofoco y dolor. ¡Qué diablos puedo yo escribir con este miedo en mis manos!
Hay
versos por ahí tirados, en páginas acostados, esperando un miedo que les haga
vivir, versos, Dios mío, que han visto demasiado, en las fronteras donde
nace y se alimenta el miedo eterno de la
humanidad, versos como cuchillos que sajan. Versos de Eliot como: “Os mostraré lo
que es el miedo en un puñado de polvo”, versos de ecos bíblicos y
proféticos. Versos de Quevedo como: “Ven ya, miedo de fuertes y de sabios”.
Versos no leídos ni imaginados que alguien derramó herido por la espada del
miedo.
¡Oh,
versos que ni inventáis los miedos de la humanidad, ni les traéis con
apacibilidad sino con terror, con violencia lírica y apocalíptica!
¡Miedo, miedo, miedo, digo tu nombre, y tiemblo ante ti como todos los que temieron y murieron y fueron olvidados!
Tengo en mí, hermanos, todos los miedos y en ellos mi hogar, y busco en vosotros la medicina y el consuelo, pero no, vosotros, sois altivos y tercos, creéis que la poesía es un pasatiempo apacible del atardecer cansino, una cosa inútil y vagamente placentera sobre los pájaros y las fuentes. Miedos que son contrariedades ocasionales en el orden de la vida pasan por vuestras existencias como gripes y jaquecas. Con una aspirina se disipan. Pero, y, entonces, ¿qué sentires, qué pensares, qué delirios y fantasmas pueblan vuestras noches y vuestros silencios? ¿Qué posibilidad tenéis de abrasaros con la contingencia o el destino? ¿Qué esgrimas del alma os ponen en guardia contra la injusticia y el dolor universal? ¿Qué mierda habéis comprendido vosotros entonces si es que no mentís con embeleco para hacernos sentir inferiores?
¡Oh, miedo, que como piedras lunares es absurdo y fatal! Yo sé o yo no sé o qué sé yo, o quizás, o acaso. Pero el miedo siempre, aún, más, eternamente.
viernes, 2 de abril de 2021
Somos aire que un Dios desconocido respira dormido. "Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli. Francisco Huertas Hernández. Reflexión sobre el νόστος (nostos) -el regreso al hogar- en "La Odisea"
domingo, 21 de marzo de 2021
"Anonimo Veneziano" (1970). Enrico Maria Salerno. Más allá de una época. Francisco Huertas Hernández
miércoles, 22 de abril de 2020
"Il deserto rosso" (1964). Michelangelo Antonioni. Alma enajenada, tierra mancillada. Francisco Huertas Hernández
"La madre ha de contarle una historia al hijo, pero él ya conoce todas las que ella sabe. Por lo tanto, ha de inventar una. Considerando la psicología de Giuliana, me parece natural que para ella esa historia se convierta -inconscientemente- en una evasión de la realidad que la rodea, una fuga hacia un mundo en el que los colores son los de la naturaleza. El mar es azul, la arena rosa. Incluso las rocas asumen una forma humana, la abrazan y cantan dulcemente"

































































