Francisco Huertas Hernández: una biografía indómita. Del lirismo hermético a la claridad disidente.
El autor de "Diario de un Profesor de Filosofía" se confiesa
Francisco Huertas Hernández.
Le Blanc-Mesnil (Île-de-France, Métropole du Grand Paris). 1965
Una biografía es una escritura vital que depende de nuestra caligrafía, nuestra vista y nuestra memoria. Escribir lo que hemos visto y recordado, pero con el horizonte de lo que hemos querido ser. Porque una biografía no es tanto lo que se hizo como lo que se quiso hacer, el proyecto de vida que nos forjamos.
Nací en Le Blanc-Mesnil, la banlieue de París, el 12 de noviembre de 1963. Era un bebé gordo y mofletudo. Sé por mis padres que me gustaban la música y los camiones de basura. Probablemente también las ciudades, las mujeres y los libros.
Así que me trajeron a España y olvidé conscientemente las pocas palabras francesas que había aprendido viendo la televisión y cantando las canciones de Antoine. ¡Ah, pero la melodía de la lengua de la patria de nacimiento nunca se olvida! Quise ser compositor y escritor, y, despejadas las dudas de mi mal oído, sustituí las corcheas y las fusas por la sintaxis y el oxímoron. Mis primeros garabatos ya eran literatura, porque la caligrafía siempre es una confesión psicográfica. ¡Qué olvidada está la caligrafía! Sin el dominio técnico, la belleza y la claridad de nuestros trazos difícilmente podremos reflejar las estancias entreabiertas del alma.
Dibujaba mal, tarareaba desafinado (¡Tom Jobim y Newton Mendonça nos consolaron!), jugaba solo y presentía un destino inmenso, aunque no sabía dónde.
Y tú, lector, "mon semblable, - mon frère", quizás esperas conocer la ocasión en que tú y yo coincidimos en el párrafo que de mi mano salió con temblor y en tu ojo entró sin pudor...
Fueron mis maestras de escuela, sin duda, las primeras que leyeron mis escritos. Allí en Palencia y en Valladolid. Las redacciones del colegio eran semilla de la escritura autobiográfica que más tarde fluiría por las libretas de viaje.
En 1979 se inició oficialmente mi trayectoria truncada de poeta adolescente, imbuido de surrealismo (algo difuso entre García Lorca e I am the Walrus). En periodos intermitentes quise expresar sentires e ideas en verso libre. Pero no era mi camino. En enero de 1985, en hojas sueltas de papel, empecé mis diarios, "Entre la filatelia y la halterofilia. Memorias de un hombre de acción", homenaje y parodia de mi amado Don Pío Baroja. Cientos de confesiones medio veladas y sin tino literario se sucedieron en madrugadas de whisky, poker, pubs y compañeros de apartamento en los años universitarios.
Un verano de 1995 decidí publicar mi cuaderno con el Diario de Oviedo, de tapas grises y caligrafía tan perfecta que desentonaba del aire sombrío y taciturno de su contenido. Ese libro era puro "lirismo hermético y solipsismo elíptico", y mi amiga radiofónica, Luisa Castro, hizo un prólogo muy atinado. Allá en la calle Fuencarral de Madrid firmando el contrato uno se las prometía muy felices, y no me di cuenta de que no habría promoción, aunque sí distribución. Durante años siempre pasaba a la Casa del Libro de la Gran Vía, y desplazaba varios estantes móviles para sacar una copia de mi libro "Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo" y mirarla arrobado.
En enero de 2014 un alumno del instituto de Alicante en el que trabajaba creó el blog Acorazado Cinéfilo, con el objetivo de cooperar con otro centro educativo de Francia, en un proyecto europeo. Al principio se trataba sólo de publicar los comentarios de los estudiantes de la asignatura de Sociología. El proyecto era loable: "Cine clásico, sociología y tercera edad". ¡No me digan que usar filmes de Ozu, Renoir, Griffith, Eisenstein, Bergman o Welles para explicar sociología y vincularlos con la tercera edad no era una idea original! El blog continuó cuando la asignatura desapareció, y seguí subiendo otros comentarios de estudiantes de psicología, filosofía y ética. Pero uno necesita expresarse, y unir el trabajo y la vida: así el blog empezó a incluir mis publicaciones de cine, y los colaboradores, que por docenas fueron pasando... hasta de cuatro continentes. Acorazado Cinéfilo se transformó en un contenedor de apuntes de clase y artículos de cine clásico y literatura.
En enero de 2021, en momentos amargos de mi existencia -¡y cuándo no!- empecé a escribir "Diario de un Profesor de Filosofía (1989-2023)" en el blog, con la intención de convertirlo en libro. Mi psicoanalista me dio la idea de que fuera una trayectoria de toda mi vida laboral. Y como conservaba el cuaderno de mi debut como docente en 1989, pude hilar una suerte de itinerario poético-filosófico que se editó en Barcelona unos meses después de mi jubilación. Si durante años la soledad me hizo escribir elípticamente, tras todas las travesías por el amor y la enseñanza, arribé a la isla de la clarté et la distinction que pedía René Descartes para alcanzar la verdad. Nunca había apreciado el racionalismo estricto cartesiano, y, sin embargo, el lector quiere comprender, como el espectador de cine e, incluso, el oyente de música. La "voluntad de verdad", esa motivación obstinada del filósofo, según Friedrich Nietzsche, coincide plenamente con la necesidad del lector de entender. El ser humano es cruel con los que no entienden: el maestro se burla del alumno que no asimila, el jefe mortifica al empleado que no ejecuta bien la tarea o no la comprende, y el lector es despiadado con los libros con los que no se identifica...
Y ahora estoy aquí, con las manos tendidas hacia ti, lector, como ante Dios, esperando el juicio. En esta biografía apenas hay hechos, personas o logros; hay una vida del espíritu. Esa que fue la primera —cuando nuestras manos trazaban letras temblorosas en los cuadernos Rubio— y que es también la última: la que ante el ocaso, en la tarde fría del invierno, entrega sus verdades claras y desobedientes a esos lectores lejanos que acaso aún no han nacido.
Francisco Huertas Hernández
7 de mayo de 2026

1 comentario:
Que delicadeza
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