domingo, 30 de agosto de 2020

"The Ice Storm" (1997). Ang Lee. María Verchili Martí. La crisis de los 70 y la revolución conservadora en EEUU


 LA CRISIS EN LOS AÑOS 70 DE LOS VALORES SOCIO-CULTURALES Y FAMILIARES SURGIDOS EN LOS AÑOS 60 COMO ANTESALA DE LA REVOLUCIÓN CONSERVADORA EN ESTADOS UNIDOS
 Una interpretación en la película "The Ice Storm" (La tormenta de Hielo) (1997) de Ang Lee
 María Verchili Martí



"The Ice Storm" (1997). Ang Lee

I

 Los valores culturales de una época se pueden captar por el interesado en hacerlo de muy variadas maneras. En la década de 1980 en Estados Unidos se produjo una transformación en las maneras de ser y pensar que a algunas personas de mi generación, nacidos a finales de los setenta, nos ha sido transmitida casi como la propia y característica de la sociedad norteamericana. En el subconsciente colectivo de los europeos de mi edad han quedado grabados a fuego como algo natural conceptos como “la América profunda”, el conservadurismo y la hipocresía moral de la sociedad norteamericana, y la crisis de valores humanistas, siempre desde una perspectiva eurocéntrica, que duda cabe también -y al mismo tiempo, ¿dónde quedaban el rock and roll, los hippies, o la contracultura?-. Parece que los Estados Unidos pasaron a ser representados sin apenas matización como el Imperio de poder planetario que estaba llamado a terminar con los valores propios de progresismo social. Personajes como Ronald Reagan, George H.W. Bush padre o su hijo George Walker Bush parecían ser la misma encarnación de ese “American way of life”, tan explotado como denostado desde determinados sectores. Sin embargo, la observación desde una perspectiva histórica de las transformaciones en la sociedad norteamericana, nos acercan a una realidad mucho más compleja, matizada, siempre contradictoria, pero, ¿acaso no lo son todas?, y desde luego, mucho más rica e interesante en el análisis. En el interés en explicar y conocer cómo se ha ido produciendo esa regresión en los valores y los modos de vida de una sociedad con un dinamismo difícilmente ponderable desde una perspectiva europea autocomplaciente, está el objeto de este trabajo de investigación. Es absolutamente innegable que desde la década de los años ochenta y en adelante, hasta nuestros días, se ha producido un giro conservador en la política, la sociedad, la cultura y la moral norteamericanas. En esta tendencia, apenas aparece alguna puntual excepción bastante matizada.  Es un marcado viraje hacia una cultura de la abundancia, el consumismo, el corporativismo y el individualismo, sustentado en el libre mercado desregulado sin intervención del Estado Federal, que algunos autores como Thomas Frank sitúan en esos nuevos barrios residenciales del Sur y el Oeste de Estados Unidos. La derecha religiosa, caracterizada por importantes dosis de fanatismo, ha conseguido organizarse desde las elites hasta las bases. En este sentido, su triunfo se produce por dos hechos significativos que discurren de forma paralela, la conquista de las bases y la conquista del "deep South", elaborando una fórmula ideológica interclasista basada en el antiestatismo individualista. Pero una mirada con perspectiva a la política y la sociedad norteamericanas nos muestra que no siempre fue así.

 El vehículo de análisis elegido para observar esta progresiva transformación, concretamente condensada en los años setenta del siglo pasado, una película, un medio de ficción, se me antoja especialmente significativo en la nación donde el cine es uno de los grandes pilares de la cultura, y que ha sido exportado al mundo de manera masiva. El cine, como expresión artística por antonomasia del siglo XX, que nació casi con este, y constituye la representación de la conjunción de unos elementos que hasta entonces funcionaban por separado, texto, imagen y más tarde, sonido, es un medio muy adecuado para captar el pulso de la vida cultural en un tiempo determinado. Como expresión más plausible de la nueva cultura popular de consumo masivo, surgida como consecuencia del advenimiento de la sociedad de masas, el cine ha ido mostrando y modelando en muchos de nosotros una imagen determinada de los Estados Unidos. En algunos cinéfilos, entre los que me incluyo, ha supuesto mucho más, ha transformado nuestra manera de percibir el mundo en que vivimos. En la modesta aspiración de realizar una aproximación desde una perspectiva histórico-cultural, he elegido la película del título del trabajo para tratar de mostrar al menos una parte de la realidad sociocultural norteamericana de los años setenta, que en sus contradicciones y ambigüedades, nos puede ayudar a comprender el fuerte giro conservador que aconteció posteriormente.


II

 El estudio de la convulsa década de los años setenta requiere hacer al menos dos paradas previas en el camino. La primera, en la década prodigiosa de los años sesenta. En las reñidas elecciones presidenciales de 1960, en las que los temas candentes fueron la religión, en este caso católica de unos de los candidatos, que posteriormente se alzaría con la victoria, y la tensión racial, fue elegido por una ajustada diferencia John Fitzgerald Kennedy. Era el primer presidente católico de los Estados Unidos, miembro de una prominente familia política de raíces irlandesas, que se convertirá con los años en la gran estirpe representativa de los valores de progreso. En su discurso de investidura, Kennedy se centro casi con exclusividad en los asuntos de política exterior. Declaró como objetivos primordiales de su gobierno “asegurar la supervivencia y el logro de la libertad”. Sin duda, una declaración de intenciones marcada por el escenario todavía “caliente” de la Guerra Fría. Su política de rearme (misiles balísticos y el aumento de los submarinos Polaris), y en especial, su programa de la “Alianza para el progreso”, un ambicioso programa de cooperación internacional para evitar la extensión del comunismo en America Latina, mediante el desarrollo económico y la reforma política y social, marcaron su política exterior. Como es bien conocido, este plan sufrió duros reveses con el fracaso del desembarco de disidentes cubanos en Bahía de Cochinos, apoyado por el ejército americano, y la crisis de los misiles con la URSS en Cuba en el verano de 1962. Estos hechos sirvieron para configurar el escenario internacional de distensión que se impuso durante los años venideros. Además, hubo otros asuntos importantes de índole doméstica, aunque uno de ellos se escenificara físicamente en el sudeste asiático, como fueron el inicio de la Guerra de Vietnam y la incipiente lucha por los derechos civiles, cuyo proyecto de Ley de reconocimiento de derechos comienza a andar durante su mandato. Como veremos, estas dos cuestiones forman el problemático binomio que va a marcar la política norteamericana en los años sesenta y setenta, y que tendrán una resonancia fundamental en la opinión pública. Con todo, y justamente por su actitud de reforma, el presidente Kennedy encarnó como pocos ese sueño de progreso que recorrerá Estados Unidos en la década de los años 60. 

 Tras su trágico asesinato, su sucesor, el hasta entonces vicepresidente Lyndon Johnson, es desde una perspectiva de justicia histórica el gran valedor de las políticas de progreso hacia la construcción del estado de bienestar en Estados Unidos. Como gran defensor del “New Deal”, establecido por el venerado presidente Franklin Delano Roosvelt en su exitoso intento de rescatar a su país de la crisis económica de los años treinta, tras el “crack” del 29, Johnson consiguió en un primer mandato la aprobación de algunas de las propuestas de la Nueva Frontera programadas por su antecesor, así como otras propias como la Ley de reducción fiscal y la emblemática Ley de los derechos civiles. En este punto quisiera retroceder en el tiempo a los años treinta, en el contexto histórico de la Gran Depresión, ya que allí se encuentra el origen de ese proyecto de América cosmopolita y diversa que encontró su voz y marcó la agenda política de manera destacable. Con el gobierno Roosvelt y su fundamental "New Deal", se pone en práctica la política de intervención del Gobierno Federal en la economía en tiempos de paz. Se inaugura el diseño del estado del bienestar, el reconocimiento de la negociación colectiva y el auge importantísimo del sindicalismo norteamericano. Regresando al mandato de Jonhson, se debe señalar que, como consecuencia, en el ámbito cultural, nace una nueva concepción de la diversidad política y cultural, especialmente desde la perspectiva étnica de lucha por los derechos civiles. Es importante recordar que Johnson fue reelegido en las elecciones de 1964 de forma arrolladora frente al extremista Barry Goldwater, cuyo programa contenía la esencia del conservadurismo posterior. Pero sobre todo, si se puede considerar a Jonhson como el abanderado de la reforma social de progreso es por la puesta en marcha en su segunda legislatura de su proyecto de la “Gran Sociedad”, una amplia y ambiciosa batería de medidas reformistas de inspiración keynesiana, que incluyeron la aprobación de una normativa sobre educación garantista de una financiación federal suficiente para las escuelas normales y universidades, de la ley sobre el derecho al voto de 1965, que permitió frenar los esfuerzos de los estados del Sur por apartar a la población negra de las urnas, una nueva Ley de Inmigración que abolía el discriminatorio Sistema nacional de Orígenes, e importantes programas de provisión de fondos federales para erradicar los barrios más deprimidos, junto a la creación de los seguros de enfermedad y vejez, y los programas de asistencia sanitaria “Medicare” y “Medicaid”. Sin duda, el mandato de Jonhson supuso la expresión máxima del estado de bienestar y las políticas de intervensionismo estatal. 

 En este contexto de aperturismo político es importante destacar el activismo a favor de los derechos civiles y las libertades individuales del Tribunal Supremo, presidido por Earl Warren entre 1953 y 1969. Las sentencias contra la discriminación social en la votación, los parques públicos o la vivienda, junto a la defensa de la libertad política frente a las acusaciones de conspiración comunista contra el Estado, de la libertad religiosa en las escuelas, del derecho de los acusados en procedimientos criminales a permanecer en silencio y consultar a su abogado antes de ser interrogados, y su postura liberal frente a la censura, contribuyeron a conformar un escenario de progreso social sin precedentes.

La investidura presidencial de Lyndon B. Johnson se produjo el 22 de noviembre de 1963 a raíz del asesinato de Kennedy

 Sin embargo, uno de los grandes problemas americanos, que pervive hasta nuestros días, el de la discriminación racial contra los negros, no se finiquitó con las importantes conquistas políticas alcanzadas, ya que no se vio acompañado de mejoras en el ámbito económico. En este ambiente de creciente descontento surgieron los grupos nacionalistas negros, como los Musulmanes Negros, el Comité Coordinador No violento de Estudiantes, que pronto abandonó su postulado no violento, los Panteras Negras o la Organización por la Unidad Afroamericana, liderada por el malogrado Malcolm X, tras romper con los Musulmanes Negros. Estos grupos, defensores del llamado “Poder Negro”, abogaban por el separatismo y el propio esfuerzo, en lugar de la integración y la colaboración con la población blanca, y estaban dispuestos a considerar el uso de la violencia. El desproporcionado número de soldados negros que luchaban en la Guerra de Vietnam en pos de unas libertades que no disfrutaban en su país, no hizo más que aumentar la militancia y el resentimiento. Los disturbios en los guetos negros de 1966 y 1967, alcanzaron su cenit en abril de 1968 en una oleada de violencia en todo el país con motivo del asesinato del doctor Martin Luther King. El presidente Johnson realizó un esfuerzo masivo para crear empleo, mejorar las escuelas y erradicar los barrios pobres, pero la inflación en aumento y los gastos de la guerra de Vietnam disminuyeron los recursos públicos para los programas sociales.


Martin Luther King. Discurso de Washington. 1963
March on Washington on August 28, 1963

 Como último elemento desestabilizador en estos años convulsos, no se puede obviar, el conflicto de Vietnam. La escalada militar que propició, junto al convencimiento, conforme avanzaba la contienda, de la imposibilidad de la victoria, fue acrecentando una combativa oposición interior escenificada por las manifestaciones estudiantiles, la oposición del grupo de los “Palomas” en el Congreso y el descontento por el alto coste de la guerra en un escenario de incertidumbre económica, por la debilidad del dólar y el aumento de la inflación. Pero quizá el elemento más significativo y discordante fue la revulsión moral que se instaló en la opinión pública ante las masacres perpetradas por el ejército norteamericano, que aumentaba con cada nueva retransmisión televisiva. Como consecuencia, el presidente dio un giro a su política en este asunto y ordenó el cese de los bombardeos navales y aéreos en Vietnam del Norte, al mismo tiempo que lanzaba las conversaciones de paz en Hanoi el 3 de abril de 1968.

 Los años sesenta se representaron como una época prometedora de optimismo y esperanza. Tras los "fabulosos cincuenta”, la década siguiente se caracteriza por ser un periodo expansivo, en un contexto de paz exterior prolongada y prosperidad nacional. Se albergó la esperanza en un futuro capaz de reconciliar el lujo privado con el gasto público expansivo propio del modelo de Estado de bienestar. La prosperidad se interpretó como una irrepetible "oportunidad para construir nuevos proyectos, terminar con las injusticias y rehacer la cultura y la sociedad" . 

 Este periodo es calificado como prometedor en dos sentidos, de gran trascendencia para la comprensión de la crisis de valores que seguirá en los años setenta. Por un lado, esa paz y seguridad prolongadas, junto a la aparición de novedosas e innovadoras tecnologías y las importantes iniciativas gubernamentales, producirán un aumento sensible en la calidad de la vida. Junto a lo anterior, en el subconsciente colectivo de los norteamericanos surge el deseo de obtener más de lo que realmente era posible atendiendo a las posibilidades, una esperanza perpetua que tenía el riesgo de fracasar en el intento de alcanzar esas ambiciosas aspiraciones. Hubo en definitiva, un aura de irrealidad y de euforia, un desfase entre esperanza y realidad. La esperanza se adelanta a la experiencia hasta el punto de que el desfase entre ambas puede conllevar la destrucción de la primera. Fue en definitiva una época de cambios tan vertiginosos que imposibilitaron una integración real y sincera. Así, en lo que a mi objeto de estudio interesa, parte de las revueltas posteriores de los años setenta, manifiestan la frustración derivada de ese tipo de decepción. A lo largo de la Historia americana, los periodos de intensas esperanzas, la era progresista, el New Deal y también los prometedores años sesenta, han supuesto una intensa decepción. Los reformistas descubren que los cambios políticos, sociales y culturales que pretendían impulsar eran mucho más difíciles de alcanzar de lo que suponían. En este fenómeno existe además un trasfondo oculto, que se trató de mantener alejado de las representaciones más visibles. Tras las apariencias se encontraba un terror psicológico ampliamente difundido en la sociedad a la amenaza de la guerra nuclear, una gran inquietud con relación a las relaciones internacionales, la perplejidad ante la descomposición de la familia nuclear y el malestar por la alarmante experimentación cultural. Así ante tamaña acumulación de realidades en transformación, muchos preferían quedarse en la superficie. Andy Wharhol, por ejemplo, por medio de su archiconocido Pop-Art, basado en repeticiones de personajes famosos o en la mitificación de artículos de la vida cotidiana como la sopa de tomate enlatada, intentó ironizar por medio de la parodia para contraponer la superficie a ese trasfondo oculto de la cultura. La cultura, la política y la sociedad norteamericanas mostraban muchos rasgos cargados de una intensa ambigüedad, que indican que el periodo era una época de transición e iniciativa hacia los valores del futuro. De nuevo, como ya ocurría en los años cincuenta, se produce un conflicto latente entre las declaraciones públicas y las ideas privadas. Sin embargo, existen por descontado, importantes diferencias entre estos dos periodos. Durante la década de los años cincuenta, la contracultura, y sus hacedores, aquellos vehementes e ilusionados defensores del cambio, eran percibidos mayormente como agentes extraños y molestos al sistema imperante. En la década siguiente, eran mucho más populares y atractivos para el americano medio. Los primeros años sesenta constituyen una etapa de transición entre una era más conservadora, cauta y complaciente, y otra más desenfrenada, e incluso, violenta. Los dos grandes temores del momento, el temor a la Guerra Fría y la inquietud por los conflictos raciales se pueden interpretar como una errónea proyección psicológica de un tema más estructural: el temor a que todas las verdades antiguas terminaran por desmoronarse.

 Con el telón de fondo de la Guerra Fría, el temor nuclear estableció una suerte de “status quo” contradictorio. A la par que la confianza en un futuro prometedor, existía el temor expresado en privado, sentido en la intimidad personal, de la amenaza nuclear. Existía un perpetuo equilibrio bélico, que provocó el incesante aumento de la industria armamentística. Esta tensión modelaba todos los aspectos de la vida norteamericana, simbolizada en imágenes de potente poder de persuasión como la lucha entre el bien y el mal, la lucha entre los Estados Unidos y la URSS por la dominación del mundo, y la persecución del comunismo y sus seguidores en el interior del país. Y por supuesto marcaba la política exterior norteamericana. Como reacción, en esta época surgen con una fuerza inusitada los movimientos pacifistas, que se irán acrecentando de manera paralela al desarrollo de la Guerra de Vietnam, y tendrán un gran calado en la opinión pública. Ese ambiente de ocultación, esa tensión entre las manifestaciones públicas y privadas, es identificado por Tom Engelhart, al observar la repercusión en la sociedad norteamericana del asesinato de Kennedy como “la imposibilidad de ofrecer un relato plausible sobre el magnicidio en un mundo en el que todos los asuntos esenciales se desarrollaban fuera de la vista pública” .

 En el ámbito social también se producen importantes transformaciones Por el objeto de este estudio prestaremos una especial atención a la transformación de la familia tradicional norteamericana en una institución mucho más diversa y dinámica. La primera dama más célebre de todos los tiempos, Jackie Kennedy, a la vez que provocaba una adoración desconocida hasta ese momento, actuaba como vehículo catalizador de la insatisfacción vital de la clase media norteamericana. El modelo de familia norteamericana unida y complaciente de los años cincuenta sufrió un duro golpe. Como factores del cambio se pueden identificar el impacto de la revolución sexual, que introdujo una novedosa concepción hedonista y personalista del sexo, y se tradujo en una concepción liberal de las relaciones de pareja y con sus hijos, por parte de esa nueva generación influenciada por el ambiente contracultural y de rebelión contra los cánones establecidos que se estaba fraguando. Aunque paralelamente, y este es un elemento fundamental para entender las reacciones posteriores, la doble moral jugaba un papel clave en la ocultación de la tensión entre la liberalidad y la censura, o ente el matrimonio y el divorcio. 

 Las relaciones interétnicas comenzaron a desarrollarse tímidamente, y también van consiguiendo un mayor protagonismo social determinados grupos minoritarios, como los católicos y los judíos. 

Por último, en un país donde parece que la identidad nacional se construye en torno al concepto de libertad, aunque de una manera ciertamente compleja para un observador europeo, me parece muy interesante destacar la reconstrucción que se produce en el concepto de libertad. Pasó a basarse en la lucha por los derechos civiles, la defensa del Estado federal como garante de la libertad, el desarrollo de las políticas sociales, y el surgimiento del movimiento estudiantil y el movimiento feminista. El denostado concepto asociado a la CIA y a la Guerra Fría, como señala Eric Forner, fue recuperado y redescubierto en su potencial real, por los negros americanos y sus aliados blancos, por medio de sus “freedom rides, freedom songs, freedom marches and the insistent cry “freedom now” (carreras por la libertad, canciones por la libertad, marchas por la libertad, y su insistente grito “libertad ya”) . La ilusionante oratoria de M.L. King, gran líder de la lucha pacífica por los derechos civiles, supo reconciliar la idea de Libertad, como propia de la gran nación americana, "We will reach the goal of freedom because the goal of America is freedom" (conseguiremos el objetivo de la libertad, porque la libertad es el objetivo de América). Tampoco podemos obviar la contribución de los Presidentes Kennedy, y en especial Johnson, que mediante su proyecto de “Gran Sociedad” de lucha contra la pobreza, permitió a los norteamericanos acercarse y dar nuevos significados a los postulados de Roosvelt "freedom to learn, freedom to grow, freedom to hope, freedom to live as [people] want lo live (libertad para aprender, libertad para crecer y educarse, libertad para tener esperanza, libertad para vivir como se desee)". Pero sin duda, la amplitud y la reconfiguración de la concepción de la libertad iba más allá. Si bien es cierto que para la nueva izquierda americana blanca el movimiento inspirador era la lucha por los derechos civiles de la población negra, el centro neurálgico de la rebelión pasó a ser la oposición a la Guerra de Vietnam, conforme avanzaba la contienda. Obras como la de Herbert Marcuse, “El hombre unidimensional”, sirvieron de acicate al movimiento estudiantil, que como señalaba el filósofo alemán y sus continuadores en la escuela de Frankfurt, eran el nuevo agente de la revolución, una vez neutralizada la clase obrera por la sociedad de consumo. A todo ello se unía, como ya he señalado, la enseña de la libertad sexual como vehículo de liberación del ser humano.


III

 En las elecciones de 1968, casi en la frontera con la nueva década que va a centrar nuestro estudio, la victoria fue para el republicano Richard Nixon. En el partido demócrata se postularon varios candidatos, presentándose finalmente a la presidencia a Hubert Humphrey, vicepresidente de Jonhson y partidario de la continuación de la guerra. Nixon se presentó como el candidato de aquella “mayoría silenciosa”, que ansiaba un viraje tranquilizador frente a tantos cambios, así como también de la paz y la harmonía nacional. Prometió a sus electores un fin rápido y honorable para la guerra, junto a un programa político de “ley y orden”. En el exterior Nixon llevó a cabo una política que autores como Maldwyn Jones han calificado como de victimización y distensión. Su anunciada salida de Vietnam se fue desarrollando con adelantos y atrasos, y también puso en marcha un periodo de distensión con Moscú, por medio de la bautizada por su Secretario de Estado Henry Kissinger como “Doctrina Nixon”. Esta nueva doctrina, aparentemente contradictoria con el ideario conservador americano de lucha contra el enemigo comunista, tuvo un rédito político interesante para el presidente en una época en que la tensión de la Guerra Fría efectivamente se estaba apaciguando, y fue puesta en práctica por el jefe de la diplomacia norteamericana de manera más que exitosa. Esta política incluyó el acercamiento, en especial en el terreno comercial, al otro gran gigante comunista, la China de Mao Ze Dong.

 El tipo de conservadurismo practicado por Nixon tiene unos elementos peculiares que lo alejan en gran medida de los modelos conservadores que se irán imponiendo posteriormente. Con él se inaugura el modelo de presidencia imperial, que si bien es cierto que no había comenzado con él, sí se vio potenciado por el aumento de la importancia de Estados Unidos en el mundo. Pero, sin duda, la herencia más sensible del periodo Nixon fue el uso de estrategias políticas turbias, que salieron a la superficie en los años finales de su mandato, en la forma del escándalo Watergate, que le costó la presidencia, al convertirse en el primer presidente norteamericano obligado a dimitir el 8 de agosto de 1974. Los abusos de poder cometidos, el uso espurio por parte del Presidente de los recursos públicos (CIA, FBI y Comité para la reelección), desencadenó un profundo hastío y descreimiento generalizado en la opinión pública respecto a la política.

Nixon dimite tras el caso Watergate. 1974

 El escándalo político sin precedentes del Watergate merece una especial atención por cuanto derivó en la primera dimisión de un presidente en toda la historia de Estados Unidos. Pero en especial, desde una perspectiva de análisis cultural y social, tiene un interés destacable, puesto que sus efectos en la conciencia colectiva del americano medio fueron de una intensidad nunca antes conocida. Con su resolución terminó por instalarse una sensación general de decepción y profundo descreimiento de la política y los dirigentes, que sin duda tuvo una gran trascendencia en acontecimientos posteriores. Como se mostrará más adelante, en la película que me sirve de vehículo de análisis, este hecho está muy presente. Y me parece especialmente destacable en este sentido la manera en que se fue destapando el escándalo, con una larga investigación periodística de casi dos años, llevada a cabo por los famosos periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, y que se fue publicando conforme avanzaba en este periódico. Todo empezó con el arresto de cinco hombres en las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en el famoso edificio que dio nombre al caso. Aparentemente el móvil era el robo, pero curiosamente aquellos hombres habían estado vinculados a la CIA y al Comité para la reelección. El descubrimiento de sus vinculaciones con fondos dedicados a la campaña electoral del Presidente fue desgranando una trama de espionaje político y corrupción que hizo saltar por los aires la confianza de los americanos. Aun con todo, el proceso fue llamativamente lento- no podemos olvidar que Nixon fue reelegido por una mayoría del 60% de los votos en los comicios de 1972, cuando el caso ya estaba siendo investigado-, y el esfuerzo de ocultación de Nixon y sus colaboradores fue intenso, aunque definitivamente condenatorio cuando se consiguió vencerlo. 

 Corría el año 1969. Aquel verano Jimi Hendrix tocó “Star Spanged Banner” en el mítico Festival de Woodstock, junto a Janis Joplin, Joan Baez, Santana, Creedence Clearwater Revival, los británicos The Who o Jefferson Airplane, entre otros. La revolución juvenil, el movimiento hippie y pacifista, que cantaba a hacer el amor, no la guerra, se extendía por todo el país. Y entonces, el 12 de noviembre salió a la luz la matanza de My Lai- “Pinkville”- en Vietnam, ocurrida el 5 de marzo del año anterior. El pelotón del teniente William Calley buscaba el cuartel general del 48 batallón del Vietcong, pero solo encontró una pequeña aldea con mujeres, niños, bebés y ancianos, “y sobre ellos volcaron sus contenidas frustraciones y sus ansias de vengarse de un enemigo mortal con el que no lograban toparse nunca”. El ataque se había vendido a la opinión pública como un gran triunfo del valeroso ejército de los Estados Unidos. Sin embargo, un veterano, Ronald Ridenhour, que conoció del acontecimiento, trató de denunciarlo sin éxito ante el Departamento de Defensa y otras altas instancias. Posteriormente, el artículo de Seymour Hersh relatando la masacre vio finalmente la luz en varios periódicos de tirada nacional. Las fotos del fotógrafo militar Roland Haeberle fueron publicadas en la revista Life el 5 de diciembre, y posteriormente en las televisiones se comenzó a ofrecer los relatos de varios de los veteranos participantes. Es importante destacar que lo que hizo extraordinaria esta masacre, entre las muchas perpetradas por el ejército norteamericano en Vietnam, fue el viaje que hizo al mismo centro de la ciudadanía norteamericana, mostrando el horror y la falta de justificación moral de la conducta del ejército americano allí. El conocimiento de la verdad de My Lai provocó una oleada de grandes manifestaciones y disturbios por todo el país. La más importante de ellas, el 15 de noviembre, consiguió congregar a 500.000 personas en Washington pidiendo el fin de la guerra. 

Guerra de Vietnam. Matanza norteamericana en My Lai
El 16 de marzo de 1968: en la Guerra de Vietnam, soldados estadounidenses matan a centenares de civiles desarmados (Masacre de My Lai)

 La decepción y frustración profunda de estos años convulsos derivó en las revueltas mucho más violentas de los años setenta. Todos los ámbitos se radicalizaron. La contracultura, que se iba abriendo paso durante los años sesenta, surgió en estos años de manera mucho más desenfrenada, e incluso violenta. Los años setenta, y este punto interesa extraordinariamente a nuestro objeto de estudio, fueron una época de tensión y profunda crisis por la imposibilidad real de integrar los nuevos valores que habían transformado todas las instancias de la vida norteamericana. Y a todo ello se unió la incertidumbre económica, cuando se empezaron a manifestar los primeros síntomas de la crisis del petróleo de 1974. El sueño de prosperidad eterna parecía estar desvaneciéndose, y con él, otros muchos.

IV

¿Por qué un medio de ficción, como la película “The Ice Storm” de Ang Lee, estrenada en el año 1995, es especialmente valioso para retratar la crisis de valores de la sociedad norteamericana de los setenta? Porque permite una reflexión sobre aspectos como los valores culturales, familiares y personales, que entrañan grandes dosis de sutilidad y subjetividad, y que pueden escapar a tratamientos más academicistas. Porque el análisis, en el contexto histórico de la película, del tono de la época, nos permite observar manifestaciones cotidianas, magníficamente representadas y narradas en ésta, en mi opinión, de la crisis de los valores de progreso surgidos en los sesenta. Esta crisis se pone de manifiesto en las relaciones familiares y personales, en las relaciones sociales, en las manifestaciones sobre la política, la moral, la cultura o la guerra de Vietnam, que iré desgranando a lo largo de este texto. Junto a lo anterior, la cultura popular, y dentro de ella, el cine, me parece especialmente propicio como un vehículo de conocimiento de la realidad social de los Estados Unidos.

 “The Ice Storm”, de Ang Lee, narra las relaciones personales y familiares de dos familias norteamericanas de clase media, los Hood y los Carver, que viven en New Canaan, en el estado de Connecticut, significadamente liberal, en los días previos y posteriores al Día de Acción de Gracias (finales de noviembre) de 1.973, durante los que se produce la peor tormenta de nieve y hielo en años. En apariencia, un film extemporáneo al objeto de estudio, dirigido por un director taiwanés, que llegó a Estados Unidos en los años ochenta, podría resultar una fuente primaria inadecuada para conseguir los objetivos del presente análisis. Sin embargo, es precisamente la prodigiosa narración que realiza del fracaso colectivo y personal que experimentan un grupo de norteamericanos  del año 1973, lo que considero que la hace particularmente adecuada para el análisis de los años setenta americanos. Además, la película está fielmente basada en la novela homónima de Rick Moody, publicada en 1994. Moody creció en los suburbios de Connecticut y era un adolescente en aquellos años. En este sentido, la edad y procedencia de Moody, me parecen particularmente significativos porque la novela, y de un modo algo distinto también la película, está narrada desde varios puntos de vista. Por un lado, encontramos la visión de los adultos, que bien podría reflejar una visión del propio Moody, en la perspectiva de la edad en que escribe la novela, y también, la perspectiva de dos de los hijos adolescentes de las familias protagonistas, que observan el mundo de los adultos, con una mezcla de curiosidad iniciática y profunda decepción.






"The Ice Storm" (1997). Ang Lee

 Las dos familias protagonistas están inconscientemente
sumidas en las tensiones de esta época compleja y confusa de la vida norteamericana. En los Hood, la tensión en la pareja por la relación extramatrimonial del marido Ben (Kevin Klein) con su vecina Janey Carver (Sigourney Weaver), que su mujer Helena (Joan Allen) comienza a sospechar, junto a la cleptomanía de ésta, componen una relación familiar muy complicada entre ellos, y también con sus hijos. El mayor de ellos, Paul (Tobey Maguire), un adolescente, está estudiando fuera, en un instituto de Nueva York, y vive allí durante gran parte del tiempo. Y la hija menor Wendy de trece años (Christina Ricci), se encuentra enredada en un bucle de experimentación sexual con chicos y chicas, incluyendo a sus vecinos Mikey (Elijah Wood) y Sandy (Adam Hann Byrd), hijos de la familia Carver. Por su parte, en los Carver, Janey enlaza un “affaire” extramatrimonial con el siguiente -el último con su vecino Ben Hood-, mientras su marido Jim (Jamey Sheridan)  pasa mucho tiempo alejado de la familia por viajes de trabajo. Los niños Mikey y Sandy, cada uno a su modo, expresan en su comportamiento cotidiano, un preocupante desequilibrio psíquico, probablemente causado por la fría y lejana relación que mantienen con sus padres. Los temas reflejados en la película, y en la novela, son la pérdida de inocencia y el cambio moral de la clase media norteamericana en los años setenta, la experimentación de los jóvenes con el sexo y las drogas, en un ejercicio de imitación de los adultos, y también como vehículo de huida de un ambiente familiar extraño, irreconocible, en el que los padres han dejado de poder representar un modelo moral sólido para sus hijos. En la película se respira un asfixiante ambiente de pérdida, de vacío existencial desasosegante, por la descomposición del grupo familiar y la comunicación errática en su seno. Hay una profunda desorientación personal de los protagonistas adultos, que se proyecta en sus hijos, con el telón de fondo de la doble moral, que abrazaba la explosiva revolución sexual de la época, al mismo tiempo que perpetuaba relaciones de pareja caducadas, con tal de evitar el traumático divorcio.

 Un recorrido por el metraje de la película, en el orden cronológico de los acontecimientos que transcurren en apenas tres días, nos va a permitir encontrar esas valiosas manifestaciones cotidianas de los fenómenos descritos.

 En primer lugar asistimos, en los primeros fotogramas, a una hermosa metáfora de la descomposición del núcleo familiar tradicional, en los pensamientos de Paul Hood, en su camino de vuelta a casa en tren. Mediante una comparación muy propia de la cultura popular americana, con la familia-comic de los “4 fantásticos”, nos muestra la distancia con la que siente a su familia,

 “En 1973 Reed Richards tiene que usar su arma antimateria contra su propio hijo, al que Annihilus ha convertido en una bomba atómica humana. Era una de las típicas situaciones comprometidas de los cuatro fantásticos. Ellos no eran como el resto de superhéroes. Eran una familia. Y cuanto más poder tenían, más daño podían hacerse entre ellos. Y a veces ni siquiera eran conscientes. Ésta es la paradoja de los cuatro fantásticos…Eran una familia…Tu familia es el vacío del que surges, y el lugar al que vuelves cuando mueres. Y ahí está la paradoja, cuanto más te acercas a ella, más te adentras en el vacío”.

 En una escena posterior, en una velada social en casa de los Carver, donde están cenando las parejas de las familias protagonistas, junto a una tercera, se comenta con humor una iniciativa de recogida de fondos en favor de la Primera Enmienda, como protesta por la censura que sufrió la película pornográfica “Deep Throat” (Garganta Profunda). También se habla de la terapia de pareja, que los Hood han abandonado recientemente porque el marido Ben consideraba que no les ayudaba, y de las fiestas de intercambio de parejas que proliferan en la costa Oeste. En esta escena se nos muestra la tensión entre la explosiva revolución sexual y libertad de expresión, y la censura de un país y un gobierno, el de Nixon, que inició una cruzada contra la referida película pornográfica. En este punto quisiera no pasar por alto el fenómeno socio-cultural que fue “Deep Throat” en los Estados Unidos de 1972, año de su estreno, y en los años posteriores, como expresión de las posiciones sociales tan polarizadas que caracterizaron la vida norteamericana en este periodo. Por lo pronto, su sugerente título, terminó por servir de nombre en clave al principal confidente de los periodistas del Washington Post que destaparon el caso Watergate. Paradojas de la historia, o en realidad no tanto. El movimiento social e institucional de repulsa hacia la película, enfrentado a la rebelión que muchos norteamericanos condensaron en el sencillo hecho de comprar una entrada de cine, y en la defensa de la libertad de expresión por parte del equipo de la película, con el apoyo de un importante elenco de gentes del Hollywood más liberal, junto a escritores e intelectuales, fue un hecho sin precedentes. Era una película de 25.000 dólares, que se convirtió en un fenómeno de 600 millones, e hizo que una administración declarase la guerra a la libertad. Considerada generalmente la película más rentable de todos los tiempos, “Deep Throat” fue estrenada en el mismo momento en que los movimientos nacionales para la liberación sexual, la igualdad de derechos y los valores contraculturales estaban alcanzando su punto álgido. Así, este film sexualmente explícito se convirtió inesperadamente en el epicentro de una tormenta social y política. Para muchos observadores avispados, “Deep Throat” era mucho más que una tonta farsa cómica que mostraba la felación como su pieza central. De hecho, la película se convirtió en un emblema de las fuerzas represivas intentando coartar una cierta clase de expresión (en este sentido, me parece enormemente revelador el documental de 2005 “Inside Deep Throat”. Sin duda, no era una gran película, en justicia, bastante deficiente, pero al toparse de frente con la censura contra la libertad sexual, se convirtió en una película política, casi en una película sobre la Primera Enmienda. Aunque para la mayoría la industria del cine pornográfico es y siempre será considerada como poco más que obscenidades, en los años setenta estaba relacionada con los florecientes movimientos de la liberación sexual, por la igualdad de derechos y la resistencia y cuestionamiento de la autoridad. Para algunos, hacer pornografía estaba al menos parcialmente motivado por la creencia de que las películas para adultos eran una ramificación natural del espíritu de auto-expresión, liberación y experimentación que impregnaban la cultura popular en la época. Y yo añadiría algo más. “Deep Throat” es una película sobre ese sueño de liberación sexual, realmente personal, que casi inocentemente algunos norteamericanos trataban de llevar a cabo hasta sus últimas consecuencias. El visionado de la película nos muestra a gente absolutamente corriente- siempre me ha resultado particularmente graciosa la comparación de su actriz protagonista, Linda Lovelace, con algo así como “la vecinita de al lado”-, en la búsqueda de la satisfacción sexual de una mujer joven frustrada, lo que casi se podría interpretar desde una perspectiva feminista.

 Otra de las escenas significativas de la película, en cuanto a la temperatura política que se respira, se encuentra, magistralmente engarzada a nivel narrativo, en una escena de aparente transición, minutos antes de que los Hood salgan hacia la cena en casa de sus vecinos, los Carver, arriba referida. Con las declaraciones televisivas de Nixon de fondo, exculpando a su administración por el caso Watergate, Wendy Hood comenta a su hermano por teléfono su indignación por la ocultación en torno al caso. La escena transmite con gran sencillez formal la sensación de conspiración y desconfianza de los ciudadanos en sus políticos.

 Una vez fijado el día y hora de llegada de Paul a New Canaan, desde Nueva York, para la comida de acción de gracias, su padre va a recogerlo a la estación. En el camino de vuelta a casa en coche asistimos a un intento del padre por intimar con su hijo para aconsejarle en cuestiones de iniciación sexual y masturbación. Todos los esfuerzos del padre son sistemáticamente rehuidos por su hijo, contestando con monosílabos y finiquitando la conversación con un socorrido “Papá, tengo dieciséis años”. De hecho, en el momento final de esta secuencia, el padre termina por decirle a su hijo en un susurro que olvide la conversación que han tenido, quitándole importancia. Ésta es una de las escenas que personalmente más conmovedora me resulta. Un hombre, sumergido en una confusión perturbadora en su pareja, con una infidelidad conyugal a la espalda, intenta hacer con su hijo el papel de padre abierto, moderno y comprensivo, obteniendo de éste el rechazo como única respuesta, Pero tampoco cabe de duda de que la actitud de su hijo tiene una justificación. No siente a su padre con ninguna legitimación para aconsejarle y opinar sobre su incipiente vida sentimental o sexual. Aunque, en la película parece que los hijos no son conocedores de la aventura de su padre con la vecina, sí que conocen la difícil y precaria relación existente entre sus padres. De hecho, al entrar Paul en su habitación, e ir a su encuentro su hermana, se ponen al día de la situación, especulando sobre la posibilidad del divorcio de sus padres, con una actitud de reprobación, y a la vez de valoración sólida y adulta, impropia de su edad.

 En la bendición de la mesa en Acción de Gracias en casa de los Hood, Wendy Hood, a instancias de su padre, pronuncia estas palabras, hasta que él mismo la interrumpe al grito de basta:

Señor, gracias por la fiesta de acción de gracias. Y por todas las posesiones materiales que tenemos y disfrutamos. Por permitirnos a los blancos matar a los indios y quedarnos con las tierras de sus tribus, y que nos hartemos de comer como cerdos, mientras hay niños en Asia que mueren por el Napalm…” 

 La escena nos muestra la movilización y conciencia crítica de la juventud contra la desigualdad racial y la guerra de Vietnam, dos de los temas clave de la época. Respecto al primero, es especialmente significativo constatar el gran cambio de las concepciones sobre las diversas culturas y etnias que convivían en Estados Unidos en la conciencia colectiva de la clase media norteamericana. Solo unos años antes estos comentarios hubiesen sido casi inimaginables. Sin duda, el hecho interétnico, y su conflictivo tratamiento histórico, fue ganando un nuevo protagonismo. Engerhart así lo apunta en su obra "El fin de la cultura de la victoria"

 Incluso en el santuario mejor custodiado, el libro de texto, el relato americano empezó también a hacer aguas. Primero tímidamente, y luego a las claras, hicieron su aparición una serie de relatos anteriormente ocultados. A finales de los sesenta, los libros de texto redescubrieron a “los pobres”, grupo que venía brillando por su ausencia desde los años treinta. A principios de los setenta, el relato negro, el relato de la mujer, el relato chicano, el relato del aborigen -todas esas narrativas anteriormente “invisibles”- fueron emergiendo del relato monolítico de América […]. Estos nuevos relatos enaltecedores de las penalidades y triunfos de diversas “minorías” surgieron principalmente como críticas implícitas al único relato americano que las había precedido […]

 A lo largo de la película asistimos a diversas situaciones de interacción de los protagonistas que van conformando ese crisol de tensión y sentimientos soterrados que terminarán saliendo a la superficie al final. Así, a través del personaje de Wendy, la hija menor de los Hood, se muestra el punto de vista más crítico y contestatario de la película. Aunque, qué duda cabe también, al final no se trate más que de una niña confusa. En su lenguaje, ya referido en el análisis de una escena anterior, se observa cómo ha ido calando en la juventud americana ese sentido crítico respecto al sistema que impera. Wendy utiliza el calificativo “fascista” cuando su padre la reprende por estar colgada al teléfono a altas horas de la noche, o clama por fusilamientos masivos “deberían fusilarlos a todos”, al respecto de los implicados en el Watergate. Y además, se encuentra sumida, sin ser capaz de dar una explicación coherente respecto a su a menudo equívoco comportamiento, “no lo sé”, en una alternante relación de iniciación sexual con su vecino Mikey Carver, y también con su hermano Sandy. De hecho, mientras con quien queda en parajes abandonados de los alrededores para besarse, es con Mikey, en presencia de su hermano, también lo intenta atraer. El suceso más llamativo al respecto acontece estando Wendy con Mikey en casa de este último. Sandy, el hermano menor, ha sido sorprendido por su madre, al regresar, haciendo explosionar sus aviones a escala en el bosque que circunda la casa. Su hermano y Wendy están dentro de la casa viendo la tele, y no le han prestado atención hasta que la madre entra encolerizada. Wendy se levanta para ir al baño, se encuentra allí a Sandy, le interroga sobre lo que estaba haciendo con sus aviones, y acto seguido le propone que ambos se muestren su sexo. Ella lo hace primero, y al tocarle al niño su turno, entra en un estado de colapso histérico, sin poder dejar de gritar “¿Qué quieres?”. La madre alarmada por los gritos acude al cuarto de baño, los sorprende, le da una reprimenda a Wendy y ésta vuelve a su casa. Este episodio nos muestra ese ambiente extraño, tortuoso, de confusión vital, de incomprensión entre padres e hijos, que destila toda la película. Al mismo tiempo, este interés prematuro en el sexo, puede representar la influencia de la revolución sexual y los valores de la contracultura, que se extendieron con el idealismo “Hippie”, aunque en este punto se contaminan de ese trasfondo turbio.

 También los adultos, están sumidos en la confusión en lo que se refiere a sus relaciones sentimentales y sexuales. Como se ha señalado, Ben Hood mantiene una relación con Janey Carver, que ambos ocultan a sus parejas. En el encuentro que presenciamos entre ambos, antes del día de Acción de gracias, se aprecia una relación desequilibrada y fría. Mientras Janey parece tener muy claras sus aspiraciones de estricta satisfacción sexual, Ben parece buscar en su compañera la comprensión, la conversación y el amor, que no es capaz de encontrar en su mujer Helena. Ben lleva una vida rutinaria ocupando la mayor parte del día en la ciudad en un trabajo que no parece interesarle en absoluto. Mientras tanto, su mujer Helena, vive acompañada de sus propios fantasmas. Su vida transcurre en el hogar familiar en un silencio asfixiante, apenas habla con su marido y se tiene que esforzar para preguntarle a su hija. Mientras esta está en el colegio y su marido en la ciudad, Helena va al pueblo, y se encuentra un mercadillo de libros, entre los que un movimiento rápido de cámara nos muestra “The Golden Notebook” de Doris Lessing, o varias obras de Sartre. Allí, Helena se encuentra con el reverendo Philip Edwards, con el que coincidió tiempo atrás al interesarse por la congregación que dirige. En la conversación, plagada de equívocos, no queda claro si la iniciativa de él responde a un objetivo estrictamente evangelizador, o si, por el contrario, existe un interés personal en Helena. De hecho, cuando se encuentren en la fiesta de intercambio de parejas, ella lo tratara con agresivo desprecio, y como consecuencia, él abandonará la fiesta. Helena ve pasar a su hija en su bicicleta y comenta que lo echa de menos. Al día siguiente la coge para bajar al pueblo, intenta robar en la farmacia, y es sorprendida por los dueños, volviendo a casa muy perturbada. Este episodio del paseo en bicicleta al pueblo y el posterior intento de hurto parecen estar a medio camino entre el acto de liberación y el castigo culpable autoinfligido. En la conversación con el reverendo también queda representada la búsqueda de una cierta espiritualidad, ajena a la religiosidad de otras épocas, que Helena no sabe cómo encauzar.

 Y entre tantas tensiones, llega el día de la fiesta que reúne anualmente al vecindario de New Canaan, con la novedad anunciada de poder participar en un juego de intercambio de parejas. En el ambiente flota una mezcla de curiosidad y temor. Los Hood llegan a la fiesta tras una discusión sobre la infidelidad de Ben. Helena, en actitud de despecho, decide participar introduciendo las llaves del coche familiar en un cuenco, del que al final cada mujer sacará unas llaves, y con ellas, a su compañero para la noche. Janey Carver, que ya ha mostrado su intención de dejar la relación con Ben, está decidida a participar, y se las ingenia para sacar las llaves del hijo de una de las invitadas. Ante esta situación, Ben, borracho y deprimido, se queja patéticamente, dando a conocer su “affaire” a los presentes, cae al suelo y un invitado la ayuda a ir al baño para vomitar. Con las últimas llaves pendientes de extraer, Helena y Jim se quedan solos y deciden con muchas dudas irse juntos. A partir de este momento los acontecimientos se desencadenan. En la carretera Mikey Carver, que ha salido en medio de la tormenta, buscando a Wendy, que a su vez está en casa de Mikey, manteniendo relaciones sexuales con su hermano, muere electrocutado por un cable de alta tensión. Es el final trágico que apuntala esos tiempos confusos que muestra esta película.


V

 Las cosas nunca
son lo que parecen ser. Las apariencias solo reflejan una porción de una realidad. Intentar comprender las razones, o al menos, las evoluciones, que llevaron a un cambio conservador del calibre del que ocurrió en los Estados Unidos en la década de los años ochenta, requiere un esfuerzo de resistencia ante la apariencia. Los tópicos tienen la virtud de conseguir representarse con una nitidez casi plástica. Pero, en realidad, las paradojas siempre acaban mostrándonos mucho más. En el análisis de los años setenta, y de sus innegables tensiones, por medio de la película “The Ice Storm”, sin duda, el revolucionario aperturismo avasallador de la década anterior, tiene una importancia relevante. Por esta razón, la comparativa de los dos periodos se ha hecho indispensable, y en el intento de mostrar las grandes transformaciones de las que se partía, ha estado la primera parte de este artículo. Después, tras introducir una contextualización histórica de los años setenta, he tratado de analizar, a través de la las diversas manifestaciones de la vida cotidiana que refleja la película de Ang Lee, las contradicciones que anidan en los personajes. Los protagonistas están impulsados a ser rompedores y transgresores de los valores tradicionales porque son hijos de un contexto revolucionario. Y sin embargo, parecen no ser capaces.

 Retomando la cuestión de las realidades aparentes, pese a la gran revolución que aconteció en los Estados Unidos en los sesenta, y cuya influencia se proyectó en el resto del mundo, merced al entonces ya imparable proceso de americanización planetaria, es probable que para la mayoría no fuera para tanto. Pese a su reconfortante valor simbólico, aquel histórico "I have a dream" del doctor King, era una lejana luz al final de un largo túnel. Apenas unos pocos, eminentes representantes de la contracultura como Jim Morrison, traspasaron las puertas de la percepción, o quizá ni tan siquiera. Y Kennedy era tan prometedor a primera vista, como oscuro en ciertos aspectos. En la gente corriente norteamericana, los sueños de los sesenta se presentaban hermosos, en la mayoría de los casos, pero eran difícilmente integrables en su realidad personal. Las tensiones y la frustración, que siempre aparecen ante las carencias humanas, se catalizaron en un escenario propicio a la reacción. Considero que esta imposibilidad de “ser como queríamos ser” es la clave. Thomas Frank señala muy oportunamente cómo la frustración ha sido el caldo de cultivo de la reacción conservadora en las viejas clases obreras norteamericanas, “una clase dirigente manipuladora ha explotado durante décadas a una población empobrecida al tiempo que sembraba entre ellos una cultura de victimización que reconduce la furia popular de forma persistente hacia un misterioso y cosmopolita Otro”. Las clases medias norteamericanas vieron como desaparecían paulatinamente las instancias que representaban sus derechos, “tras décadas de destrucción de los sindicatos y estancamiento de los salarios, este tipo de barrios (de las clases obreras) son muy distintos a lo que eran antes”. Así la cosas, el giro conservador ocurrió de manera casi irremediable. Y el peso de los valores norteamericanos conservadores se impuso por medio de las confesiones religiosas reaccionarias, las corporaciones ultracapitalistas y el partido político, el Republicano, que supo sacar el mejor rédito de todas ellas. 

 En el año 2010 del siglo XXI un afroamericano ocupó la presidencia de Estados Unidos. Aquel “Yes, we can” que lo catapultó a la Casa Blanca, llegó evidentemente a muchos norteamericanos de clase media hastiados por años de oscurantismo, guerras preventivas, y por una crisis económica que los retrotraía a los tiempos de la Gran Depresión. Pero los logros finales del mandato de Obama ya sabemos hasta donde ha llegado. Su recuperación de valores más sociales y progresistas de ninguna manera se ha aproximado a lo esperado, Y ahora mismo Donald Trump dirige la potencia hegemónica de los últimos setenta años, en claro proceso de retroceso. Sin embargo, el ideal es el motor del progreso, y el progreso solo se alcanza en el intento improbable de acercarse a ese ideal. Mi conclusión personal en este análisis es evidenciar que en la sociedad norteamericana existen valores de progreso en pugna constante con otros marcadamente conservadores. Y la Historia muestra que en la pugna está la base de toda transformación. 


16 comentarios:

Unknown dijo...

Muy buen análisis. El conservadurismo es religioso (Dios y familia), nacionalista (bandera), anticomunista y antiliberal. Primero fue proteccionista como el fascismo, luego globalizador, y con Trump neoproteccionista

Estrella dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Estrella dijo...

Es un estudio de la historia de EEUU desde el crack del 29 muy elaborado y denso. Denotas conocimiento y capacidad de análisis de ese país que, mal que nos pese, ejerce una influencia en el resto del mundo. Y el cine, como un vehículo transmisor de la cultura y sociología de una época, nos ha hecho observar esa evolución. Eso pasa en el cine de todos los países y es muy interesante.
No he visto esa película.
Gran trabajo, Mary Hall.

MaryHall dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
MaryHall dijo...

Muchas gracias.

MaryHall dijo...

Tal cual.Y tiene un devenir histórico complejo, como la vida misma.

MARCELO dijo...

Excelente artículo, hacía tiempo que no leía algo tan completo y echo con tanto tacto, Maria Verchili gracias por su excelente escritura.

MaryHall dijo...

Muchas gracias, Marcelo! Está muy elaborado porque cuando lo escribí estaba muy involucrada en el estudio de la Historia contemporánea, en determinados periodos. Utilicé varias obras y autores norteamericanos.Y la peli está muy bien.Es interesante ver como un extranjero puede analizar con menos prejuicios una realidad.En todo caso, como cito en el artícuolo, la peli se basó en una novela americana. En el plano actoral, la Weaver, por ejemplo, como acostumbra, está genial.En general, todos.

MaryHall dijo...

Estrella, exacto. El buen cine nos muestra los usos sociales y culturales de una sociedad. de Hacia donde cada cual dirige la mirada es personal y subjetivo.Pero en el conjunto hay mucha sociología. Tal y como has apuntado tú muchas veces en tus análisis del cine español de postquerra.

Unknown dijo...

Bravo

jdavdlopezsalas dijo...

No había podido leerlo hasta ahora. Chapeau, menudo estudio te marcas Mary Hall, por otro lado cargado de razón. Me anoto la película de Ang Lee, que no la he visto.

MaryHall dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
MaryHall dijo...

Muchas gracias nuevamente Francisco.Tus aportaciones son siempre estupendas.Muy bien seleccionadas las fotos de la peli y de la actualidad histórica, cultural norteamericana de ese periodo. Ya sabes que durante mi vida he mirado mucho hacia los States por unas cuantas filias musicales, literarias, contraculturales.Y considero que esta peli es una manifestación muy interesante del pulso de los tiempos, del de las portadas de los periódicos -introducidos muy expresamente- y de los de la intimidad personal y familiar.En fin, espero que pueda resultar ilustrativo para lectores interesados en este tipo de cuestiones y en esta estupenda película.

MaryHall dijo...

David, muchas gracias por leerlo y por tus palabras!! Como ya he dicho,hay horas de lectura de obras norteamericanas de Historia de ese periodo. Qué bien que te haya gustado!!Creo que la peli tb te gustará.

Anónimo dijo...

Gran trabajo Mary. Veré la película. Estados Unidos tuvo una revolución de la libertad, y elaboró una Constitución. Tienen sus defectos y sus virtudes. Virtudes, que tuvieron una revolución de la libertad, que tienen una constitución, que tienen una prosperidad y critican su régimen. Defectos: Son imperialistas, capitalistas, calvinistas. En España no hay nada de eso. Las series y películas hacen una crítica sobre los bancos, sobre los corruptos parciales y sobre la pobreza pero no inciden en el origen. La sociedad americana es decadente, sin duda. Me ha parecido magistral tu estudio. Por cierto, de lo de Nixon tengo información privilegiada. Si os interesa os puedo contar. Enhorabuena por el estudio. Con todo lo que publicáis abrimos la mente y no nos plegamos al pensamiento único.
Manuela Pilar Millán Sanjúan

MaryHall dijo...

Muchísimas gracias por leerlo y por tu valoración, sin duda acertadísima.Lo has planteado muy bien. Nuestro primer y originario problema fue no haber tenido una revolución liberal.Solo tristes simulacros.Y de aquellos barros, los siguientes lodos..hasta la actualidad.A mi también me genera mucha frustración porque jugamos con una desventaja difícil de superar.Por supuesto, que me interesa la información privilegiada.Cuenta, cuenta! Y mil gracias, otra vez.Es un placer intercambiar perspectivas y análisis con cinéfil@s como tú, y otr@s ilustres de este grupo.