Johann Schultze (Renate Mannhardt) & Irene Wagner (Ingrid Bergman)
Película germanoitaliana basada en la novela "Angst" (1925) de Stefan Zweig (1881-1942). "Ya no creo en el amor" -estúpido título en la traducción en España- (El miedo), fue rodada en Munich, simultáneamente en alemán e inglés. Irene Wagner (Ingrid Bergman) es la esposa del científico Albert Wagner (Mathias Wieman) y ha tenido una relación con Erich Baumann (Kurt Kreuger), pero el secreto da lugar a la ansiedad y la culpa. Otro personaje, Johann Schultze (Renate Mannhardt), una celosa ex novia de Erich chantajea a Irene. Pronto el sentimiento de culpa y la tortura psicológica de la esposa desembocarán en el descubrimiento de otro engaño urdido por Albert.
Zweig en su novela "Angustia" se centró en los efectos psicológicos del miedo, mientras que Rossellini que ambientó la historia en Munich, y no en Viena, dio importancia a la relación entre hombre y mujer en la sociedad contemporánea en una Alemania en reconstrucción tras la herida de la guerra.
El miedo es un mecanismo biológico adaptativo de supervivencia, que permite al organismo responder ante estímulos adversos con rapidez y eficacia. Es consecuencia de la actividad de la amígdala segregando vasopresina (hormona antidiurética), situada en lo más profundo del lóbulo temporal. Aunque extirpando la amígdala a los animales desaparece en ellos el miedo, no ocurre así en humanos, porque el mecanismo compuesto miedo-agresividad interactúa con la corteza cerebral, y otras partes del sistema límbico. Que el miedo y la agresividad estén unidos en la amígdala explica el hecho de que el animal con miedo reaccione agresivamente.
En un plano psicológico, el miedo (respuesta emocional a una amenaza inminente) es una emoción básica que provoca angustia (estado afectivo antes un peligro desconocido con síntomas físicos: elevación del ritmo cardíaco, temblores, sudoración, opresión en el pecho, falta de aire) y ansiedad (respuesta anticipatoria a una amenaza futura). Las fobias son trastornos de ansiedad que se caracterizan por un miedo intenso, desproporcionado e irracional, ante objetos o situaciones concretas.
En el psicoanálisis, el miedo surge del conflicto entre las pulsiones (sexuales y agresivas) que buscan satisfacción (principio del placer) y los mecanismos del yo que impiden su satisfacción (represión)
El miedo como emoción primitiva del cerebro cumple una función adaptativa, pero socialmente realiza también una función represiva del deseo, como acabamos de ver. Friedrich Nietzsche (1844-1900) escribió este brillante aforismo sobre el miedo como motivo de la moralidad mezquina:
"Metro cotidiano (Criterio de uso diario).-Nos equivocamos raramente si atribuimoslas acciones extremas a la vanidad, las mediocres a la costumbre y las mezquinas al miedo"
(Friedrich Nietzsche:"Humano, demasiado Humano". Volumen I. Segunda Parte: Para la historia de los sentimientos morales. 74)
(Alltags-Maßstab. — Man wird selten irren, wenn manextreme Handlungen auf Eitelkeit, mittelmäßige auf Gewöhnung und kleinliche auf Furcht zurückführt)
(Friedrich Nietzsche:"Menschliches, Allzumenschliches". I. II. Zur Geschichte der moralischen Empfindungen. 74)
El miedo nos "animaliza", porque nos retrotrae a estadios anteriores de la evolución humana. Nuestras acciones no son libres -si la libertad es algo más que un ideal humano-. En Derecho es un eximente de responsabilidad. El Derecho Romano introduce la "metus causa" (por causa de miedo) como eximente. El Código Penal Español de 1996, art. 20.6 señala: "Está exento de responsabilidad criminal (...) el que obre impulsado por miedo insuperable". Encontrar la causa de muchas acciones "malas" (mezquinas) en el miedo es reconocer, en definitiva, nuestra "irresponsabilidad". Escuchemos de nuevo a Nietzsche:
"Nadie es responsable de las acciones morales, ni del propio ser; juzgar equivale a ser injustos"
(Friedrich Nietzsche:"Humano, demasiado Humano". Volumen I. Segunda Parte: Para la historia de los sentimientos morales. 39)
Y esto es así, según el pensador alemán, por creernos la "fábula" de la libertad(libertad del querer), que da lugar al error de la responsabilidad. Immanuel Kant (1724-1804) exigió al ser humano una moralidad cimentada en la voluntad libre, el cumplimiento del deber, como expresión de una racionalidad universal, pero ¿puede el que está dominado por el miedo cumplir ningún deber?
Sea como fuere, el conflicto -leitmotiv- entre miedo y libertad, instinto y razón, es el eje de esta gran película de RobertoRossellini (1906-1977), como de la lucha eterna entre el animal y el humano que somos a un tiempo
"La Paura"(Non credo più all'amore) (1954). Roberto Rossellini
Poster. Italia
"La Paura"(Angst) (1954). Roberto Rossellini
Poster. Deutschland
“Tengo miedo para mi futuro”
M. v. C.
Tengo miedo. Siempre he tenido
miedo desde que mi memoria alcanza. Los libros de héroes y santos hablan
del miedo. Ellos no sentían miedo
porque el miedo es cobardía y egoísmo,
es temor a perder la vida. El héroe
y el santo son valientes porque no
son ellos mismos sino un trozo de Dios o
de la Patria que actúan sin pensar en sí mismos sino en entregar su vida y su alma. Así que el miedo era
ateo y antipatriótico.
Esto debió calar en mi mente infantil leyendo
en la Enciclopedia Álvarez o Miñón las historias de aquellos grandes
hombres, como el que defendió Tarifa
contra los sitiadores sacrificando a su propio hijo.
Cuando vino la democracia y la psicología
de masas leí que el valiente no
es quien no tiene miedo sino quien sabe vencerlo. Ahora ya se reconocía
implícitamente el valor de la vida individual, pero se interpretaba que en
casos de fuerza mayor podía afrontarse el peligro sacando fuerzas de flaqueza,
o, dicho en lenguaje de los tiempos: el autocontrol
racional de los impulsos emocionales biológicos. La razón sujetando a la
voluntad. Pero el miedo es innato.
Yo
tengo todos los miedos: a la enfermedad, a la soledad, a la muerte, al futuro,
a la gente, a Dios, a la humillación, a la locura, a la nada, a la noche, a la
pobreza, a las mujeres, a los perros, al destino, a la estupidez, al silencio,
a la sabiduría, a la vida, a los espíritus, a las estrellas, a los maleficios,
al castigo, a la policía, a la oscuridad, al mal, a la naturaleza, al tiempo,
al olvido, a mí mismo, al miedo.
Catalogar mis miedos es clasificar el ser y
agotarlo. Mis miedos son genéticos y adquiridos. Son inmemoriales y episódicos.
Son todos los miedos que he temblado y
que he reído, porque, aunque nos cagamos de miedo, también nos reímos de
miedo.
El
miedo es la debilidad del ser humano ante el destino y el tiempo. Es
individualizador y reflexivo. Lo que admira no es lo desconocido sino lo
que nos sobrecoge: Dios, la nada, el
tiempo.
Yo
escribo porque tengo miedo. Y hablo porque tengo miedo. Y amo porque tengo
miedo. No, no me digáis que el miedo paraliza los afectos y el entendimiento.
No es verdad. Lo que paraliza es la alegría,
la apacibilidad.
Para
huir del miedo creamos, imaginamos, luchamos, construimos, buscamos, amamos.
Yo no quiero tener miedo, pero sé que con él viviré y haré de mí lo que pueda
hacer para olvidar que está dentro de mí
como la sangre y el aire. Es aliento. Es latido. Al miedo se le oye, se le
siente. Es tan real como invisible.
No hay
ni un solo libro que haya despertado mi adhesión y mi entusiasmo que no me haya
hecho temblar. El miedo nos trae mensajes de otros mundos, excita nuestro
entendimiento, nos exige pensar a fuerza de sentir. Sintiendo esa congoja
tan honda que se convierte en grito y pregunta y razón y aullido y verso y
sofoco y dolor. ¡Qué diablos puedo yo
escribir con este miedo en mis manos!
Hay
versos por ahí tirados, en páginas acostados, esperando un miedo que les haga
vivir, versos, Dios mío, que han visto demasiado, en las fronteras donde
nace y se alimenta el miedo eterno de la
humanidad, versos como cuchillos que sajan. Versos de Eliot como: “Os mostraré lo
que es el miedo en un puñado de polvo”, versos de ecos bíblicos y
proféticos. Versos de Quevedo como: “Ven ya, miedo de fuertes y de sabios”.
Versos no leídos ni imaginados que alguien derramó herido por la espada del
miedo.
¡Oh,
versos que ni inventáis los miedos de la humanidad, ni les traéis con
apacibilidad sino con terror, con violencia lírica y apocalíptica!
¡Miedo, miedo, miedo, digo tu nombre, y
tiemblo ante ti como todos los que temieron y murieron y fueron olvidados!
Tengo
en mí, hermanos, todos los miedos y en ellos mi hogar, y busco en vosotros la
medicina y el consuelo, pero no, vosotros, sois altivos y tercos, creéis
que la poesía es un pasatiempo
apacible del atardecer cansino, una cosa inútil y vagamente placentera sobre
los pájaros y las fuentes. Miedos que son contrariedades ocasionales en el
orden de la vida pasan por vuestras existencias como gripes y jaquecas. Con una
aspirina se disipan. Pero, y, entonces, ¿qué
sentires, qué pensares, qué delirios y fantasmas pueblan vuestras noches y
vuestros silencios? ¿Qué posibilidad tenéis de abrasaros con la contingencia o
el destino? ¿Qué esgrimas del alma os ponen en guardia contra la injusticia y
el dolor universal? ¿Qué mierda habéis comprendido vosotros entonces si es que
no mentís con embeleco para hacernos sentir inferiores?
¡Oh,
miedo, que como piedras lunares es absurdo y fatal! Yo sé o yo no sé o qué sé yo, o quizás, o
acaso. Pero el miedo siempre, aún, más, eternamente.
El Detective Lieutenant William Somerset (Morgan Freeman) muestra la fotografía con la palabra "Gluttony" escrita en la pared por el asesino tras quitar la vida a una persona con obesidad mórbida, según él, pecador de "gula" (glotonería), uno de los "pecados capitales.
"Seven" es una película estadounidense que mezcla el suspense (suspenso) psicológico, el cinéma Neo-noir y el Buddy Film (amistad de dos hombres que comparten una misión). "Al detective de homicidios del Departamento de Policía de Nueva York William R. Somerset (Morgan Freeman), que está a punto de retirarse, le es asignado como compañero el joven e impulsivo detective David Mills (Brad Pitt)", recién llegado. Juntos se enfrentan al caso más difícil: unos misteriosos crímenes que van acompañados de las palabras que designan los "7 pecados capitales". Las víctimas no tienen relación entre sí. No hay móvil. El autor -un "ejecutor" de la "voluntad divina"- es un integrista religioso que pretende dar una lección moral -para salvarlo, expiando sus faltas- al mundo, un mundo corrompido, como David Fincher describe en su oscuramente iluminada película, en la que el crimen y el individualismo extremo de la gran ciudad no dejan un resquicio de esperanza. En cierta forma, el guionista, Andrew Kevin Walker, "justifica" este "Infierno" dantesco, en el que arden en círculos los distintos pecadores. No hay escapatoria, como en el "efectista" final del film, para buenos ni malos. La red del "mal" ha infectado a la sociedad hasta tal punto que perseguir el crimen es tan inútil como rutinario. Todo es inmoral en esta sociedad mecánica y desalmada del largometraje
"Se7en" (1995). David Fincher
El Detective Lieutenant William Somerset (Morgan Freeman) muestra las fotografías con las palabras "Greed" (Avaricia o Codicia) y "Gluttony" (Gula), escritas por el asesino tras sus dos primeros crímenes. El joven e inexperto Detective David Mills (Brad Pitt) escucha sentado
"Se7en" (1995). David Fincher
Pizarra con el nombre de los "7 Pecados Capitales": Gluttony (Gula), Greed (Avaricia), Sloth (Pereza) -estos tres tachados, pues ya se han cometido los respectivos asesinatos-, Envy (Envidia), Wrath (Ira), Pride (Soberbia) y Lust (Lujuria)
Somerset es el policía culto, mayor, con experiencia, que usa su vasta cultura para descubrir los móviles del psicópata religioso. La Biblia, los "The Canterbury Tales" (1400) de Geoffrey Chaucer, la "Divina Commedia" (1321) de Dante Alighieri, "Paradise Lost" (1667) de John Milton, o la "Summa Theologiae" (1274) de Tomás de Aquino, son los libros que permiten reconstruir la personalidad inquisitorial y medieval de John Doe. Evidentemente, el joven Detective David Mills (Brad Pitt) es incapaz de entender esos libros. Es impulsivo, poco culto, sin experiencia.
La obsesiva personalidad psicopática de John Doe (Kevin Spacey) se cimenta en una jerarquía del pecado. El mundo está dividido en "justos" y "pecadores". Los "Deadly Sins" condenan al Infierno a los infractores, porque sus actos son reiterados y oscurecen la conciencia alejando al "pecador" del amor a Dios. Todos los sistemas de control de las conciencias y las vidas (como la Iglesia) realizan una"Clasificación / Taxonomía" del mundo, y la codifican jerárquicamente en orden al bien/verdad y el mal/error.
El ser humano es un "clasificador" porque agrupando lo diverso en categorías simples le resulta más cómodo hablar, pensar y actuar, pero, de esa manera, simplifica y falsifica la compleja variedad de la vida, su irreductible misterio. Aristóteles, como padre de la taxonomía, nos dejó ordenado el mundo de los fenómenos.
Las personalidades obsesivas necesitan clasificar, es decir, ordenar rígidamente el entorno ("proyectando" su mente compartimentada), porque de no hacerlo se incrementa la angustia. Y eso ha hecho el lenguaje, la metafísica, la religión, la ciencia, el Derecho, la Política, todo sistema de control. Es angustioso el "devenir" (el incesante paso de las cosas y los seres), la fugacidad, el envejecimiento, la muerte, o sea, el caos de lo no-permanente, lo "no-asible". Necesitamos "agarrarnos" al "asidero" de las palabras y las clasificaciones para no caer en el vértigo del devenir y el caos. Las personas "normales" aún soportan una pequeña dosis de caos en sus vidas y en la realidad. Son capaces de "adaptarse" a los estímulos nuevos. "Acomodan" sus esquemas en el intercambio entre organismo y medio, pero las personas "anormales" no "soportan" el más mínimo cambio. Su "ideal" es que "todo" se "ajuste" al "orden" y la "clasificación" preestablecida. A los que no se "ajustan" hay que "eliminarlos" -bien físicamente, como el psicópata John Doe; bien psicológicamente, evitándolos o condenándolos-
La taxonomía, “parte de la historia natural que estudia
la clasificación de los seres”, tiene en Linneo a su fundador.
Consagrado a la botánica, estableció su método de clasificación de las plantas,
con arreglo a los órganos sexuales de éstas. Sus principales obras llevaron por
título: “Sistema de la naturaleza”y “Fundamentos de Botánica”.
Clasificar es,
en latín, hacer clases. En Biología la clase es “grupo de la
clasificación que comprende varios órdenes y está incluido en el llamado tipo,
o primordial división del reino”. En Filosofía este término define el “orden en
que, con arreglo a determinadas condiciones o calidades, se consideran
comprendidas diferentes cosas”. Está, además, el concepto sociológico de “clase
social”, que tanta importancia tiene en el análisis histórico de Marx.
Clasificar es una
de las principales tareas del pensamiento. Aristóteles fue el maestro de la
taxonomía, pues todo su sistema presenta un intento de compartimentar y ordenar
la realidad. Aunque la visión que tengamos de su obra haya sido fruto de Andrónico
de Rodas, que compiló y estructuró el material original, y dio nombre a sus
partes, como la famosa palabra “metafísica”, que tanta fortuna cosechó con el
correr de los tiempos.
Casi todo lo que
entendemos por progreso de la ciencia y el conocimiento no es más que una
profundización en la clasificación de las cosas.Se cree que una mente
elevada es aquella que agrupa semejanzas y establece diferencias. Definir y
clasificar es la actividad de los creadores de diccionarios y metafísicas, de
científicos y juristas.
Toda clasificación
presupone un lenguaje previo que la determina, y una ideología que la anima.
Lenguaje e ideología, si es que podemos separarlos, coadyuvan en la labor
taxonómica.
La tarea
clasificatoria persigue la creación de sistemas, que, en griego, significa
“poner juntos”.
Los sistemas
pueden tener carácter ontológico o epistemológico. En el primer
caso, tenemos un “conjunto de cosas que ordenadamente relacionadas entre sí
contribuyen a determinado objeto”, o, más bien, función. En el segundo:
“conjunto de reglas o principios sobre una materia enlazados entre sí”.
Todo sistema
presupone orden e inteligibilidad. La realidad sujeta a leyes que la razón
puede conocer. En esto fue Heráclito el visionario y Parménides
el formulador. La sistemática, en Biología, es la parte de ésta “que se ocupa
de agrupar los cuerpos naturales en un sistema, subordinándolos en las
distintas categorías: reino, tipo, clase, orden, familia, género, especie,
variedad e individuo”.
Llegamos, pues, a las
categorías o universales. El platonismo. La realidad despojada de
individualidad y definida por esencias generales. Aristóteles formuló en
su lógica y en su metafísica una tabla de diez nociones abstractas y generales
que son: substancia, cantidad, cualidad, relación, acción, pasión, lugar,
tiempo, situación y hábito (estado)Una clasificación de base gramatical que ha permanecido hasta nuestros
días.
Así, queda claro
que clasificar es hacer clases, categorías, dividiendo lo que difiere y
agrupando lo que se asemeja, para formular sistemas, conjuntos ordenados de
elementos que mantienen ciertas relaciones entre sí, y pueden cumplir
determinadas funciones o fines.
La mente
clasificadora es analítica, pues separa en partes. Desmonta lo dado hasta
reducirlo al nivel elemental. Es, en los casos de hipertrofia analítica,
entrópica y destructiva. Es lo que pasa con las personas de extremada
inteligencia: que dan miedo, por su frialdad deconstructiva, por la manera casi
quirúrgica de desmontar la vida y aniquilar el misterio y la bondad.
Clasificar es
nuestro destino racional, pues la racionalidad es la búsqueda de orden,
semejanza y diferencia.Platón ya formuló en sus Diálogos tardíos
estos pensamientos. Pero nuestro destino racional es una amenaza para la vida,
en la que la síntesis y el desorden coexisten. El azar repugna a la razón y
excluye la posibilidad de cualquier clasificación. La vida, misterio
irracional, sigue ahí, desafiando todos los sistemas clasificatorios que la razón
ha inventado como si los extrajera de la misma realidad.
Todos queremos
clasificar pero a nadie permitimos que nos clasifique. Clasificarnos desde
fuera es negar nuestra individualidad, vital, irracional, libre y misteriosa.
Clasificarnos es descalificarnos reduciéndonos a cosa, a elemento abstracto de
una categoría moral, psicológica, social, metafísica o de cualquier otro tipo.
Philippe Delambre (Charles Herbert) & François Delambre (Vincent Price) contemplan aterrados el grito de la mosca atrapada en la tela de araña. ¿Una metáfora de la ciencia en la que el ser humano se ha dejado enredar?
"La mosca" es un film de ciencia-ficción estadounidense basado en un cuento de George Langelaan (1908-1972). Un científico "fáustico", André Delambre (David Hedison), experimenta con teletransportación, y, por error, una mosca se introduce en el transportador molecular, mezclándose así su sustancia con la de la mosca, y convirtiéndose él mismo en un insecto con su personalidad. Toda la película está contada en flashback reconstruyendo desde su muerte los desatinados experimentos que le llevaron a perder su forma humana. Su esposa, Hélène Delambre (Patricia Owens) le dio muerte, ¿o fue a la mosca que se introdujo en su cuerpo?
Este largometraje de serie B, con efectos especiales un tanto simples, tiene el encanto "naïf" de una historia ingenua de enorme calado filosófico. Está inspirado en la novela corta "Die Verwandlung"(La Metamorfosis) (1915) de Franz Kafka (1883-1924), tanto en la imagen de conversión entomológica como en el tono de pesadilla.
La angustia del científico en busca de la verdad -¿o la utilidad, o el progreso, o el beneficio?- que necesita de complejos cálculos matemáticos -las matemáticas son un lenguaje alfa-numérico que describe la realidad de forma exacta- y experimentos físicos para llevar a la humanidad a un nuevo horizonte. ¿Cuál? ¿Su soberbia, su ὕβρις (Hybris, desmesura, orgullo, arrogancia)? ¿Desafiar los poderes de Dios o la Naturaleza?
La angustia humana de saberse mortal e insignificante le lleva a crear un lenguaje que designa lo inmortal y absoluto: el lenguaje religioso, luego metafísico, y, finalmente, científico -siguiendo la "loi des trois états: théologique, métaphysique et positif" (ley de los tres estadios: teológico, metafísico y positivo) según Auguste Comte (1798-1857)-. El lenguaje -verbal, matemático- no es más que una ficción, una "Allmacht der Gedanken"(omnipotencia del pensamiento). El científico -ese nuevo "sacerdote" que anuncia el Paraíso del "Progreso Eterno"-, con su bata blanca -nueva sotana de colores invertidos-, y sus instrumentos -nuevo cáliz- nos bendice con sus ecuaciones y sus experimentos de laboratorio. Seamos bendecidos por la ciencia que convierte la materia en fe. Porque se requiere mucha fe para aceptar la física cuántica o las audaces hipótesis cosmológicas -cosmología de branas y bulk, o el multiverso-. La "fantasía" humana de "conocer" y "crear" realidad y vida se aleja de la intuición (conocimiento inmediato de las cosas/ideas, base de cualquier entendimiento humano) y de la imaginación, escala a regiones de razonamiento matemático inaccesibles, y da el salto a la fe, sin confesarlo. El "Troens Spring"(Salto a la fe) señalado por Søren Kierkegaard (1813-1855), en el que existe un paso de una cualidad a otra: lo racional en su "fáustica" ambición deviene fe. Un círculo en el que la fe inicial del humano primitivo en las fuerzas naturales regresa a la fe científica en megaexplicaciones contraintuitivas metarracionales.
André Delambre no es una víctima individual de los ensayos de la ciencia positiva, sino de la razón humana hipertrofiada en su ambición de progreso indefinido. Víctima de una fe ciega en divinizar al hombre sin Dios
He de hablar en primera persona. Incluso cuando utilice formas impersonales y generalizaciones.
Primero
es la angustia del existir, una mezcla de ansiedad sexual, pánico a la muerte,
desamparo, soledad, falta de amor, imposibilidad de soportar el sufrimiento y
el vacío de la vida.
Luego,
la razón intenta responder a eso. Pero “eso” no son preguntas. Y la razón no
puede curar de la angustia. Y, sin embargo, ésta, la invoca, la reclama.
He imaginado que así surgieron los primeros pensamientos de los denominados presocráticos. En lugar de acogerse a
la despersonalización benefactora del
mito, de la religión, del rito,crearon
la personalización racional de la angustia, del miedo.
Digo “personalización”,
porque la respuesta de la razón no
anula a la persona que responde en una fuerza exterior y más poderosa, sino que
busca en el interior de las fuerzas de cada uno, de su razón íntima.
Los presocráticos
no eran idealistas ni psicologistas ni solipsistas, pero, cuando acudieron a la razón, escondida en el interior
del hombre, para saciar su angustia, abrieron un camino, que,
necesariamente, llevaría a todo aquello.
Heráclito
fue el primero en apuntar una razón
única, común, que los hombres desoyen. Esa voz interior que hemos de escuchar en nuestro ser íntimo nos
trasciende y por eso es verdadera,
y, de paso, salvadora.
El “logos”
de Heráclito muestra la necesidad de la objetividad del ser y el conocimiento, como en Parménides, su supuesto antagonista, pero para ello hay que despersonalizar al individuo. El vulgo
desoye el “logos”, pero, ¿acaso
desoye también la angustia íntima de la existencia?
La
razón como personalización de la respuesta a la angustia es minoritaria según
Heráclito y según Parménides. Incluso en Platón, que sigue a los viejos maestros en esto.
Mientras en el mito nuestra respuesta es la aceptación
de la creencia, la participación en
los ritos, la despersonalización
absoluta que nos reintegra al cosmos,
en la filosofía la personalización de la respuesta racional
es una vía que sólo unos pocos pueden transitar para acabar en una despersonalización tan grande como la
del mito pero más frustrante.
Inútil. La razón es un camino arduo y
fatigoso, y, al final, no salva de la angustia.
Los llamados “Diálogos socráticos” de Platón
son una evidencia de esta inutilidad de la respuesta racional. En la etapa
más esplendorosa del pensamiento platónico -en “La República”, “El Banquete”, “Fedón”- la razón busca el mito para dar el salto a la salvación de la angustia
de la existencia. Los mitos de
Platón no son solamente alegorías o
metáforas: son la constatación del poder curativo de la creencia y el rito.
El mito de Er, tan despreciado,
dentro de “La República” o el del carro alado en “Fedro”, tienen ese poder
sedante y beatífico que los humanos buscan para apaciguar su angustia ante
la muerte.
El mito
y la creencia nos hacen participar mientras que la razón nos ensimisma,
como se ve en el mito de la caverna.
Aquellos que se liberan de la caverna han quedado excluidos de la humanidad. El poder salvador de la razón es una nueva
formade divinidad concedida al
hombre pero pocos pueden disfrutarla.En
el mito todos quedan abrazados en la salvación.
Las consecuencias son evidentes: el mito es universal y “democrático”,
pues todos pueden participar de él sin esfuerzo añadido, mientras que la filosofía es particular y
“aristocrática” porque excluye al vulgo que desoye el “logos”, a los atolondrados que habitan el fondo de las cavernas en
la opinión y la imagen. Y, éstos, son siempre la mayoría.
Los
elegidos para recorrer la vía de la razón despreciarán y serán despreciados por
los demás. Su mundo ya no será éste. Y, entonces, esa personalización íntima y elitista de la razón que responde a la
angustia llevará inexorablemente a un
reino de ideas, eternas y perfectas, de esencias, que será tan mítico como las
moradas de los dioses, pero mucho menos tranquilizante.
Sócrates,
próximo a su muerte, intenta
convencer a sus discípulos entristecidos de la bondad de ésta. Así lo cuenta Platón. Sus argumentos a favor de la inmortalidad
del alma tienen menos poder de convicción que cualquier mito.Con razones nadie se cura. Con
argumentos nadie alivia la angustia. Esto bien lo supo aquel seguidor de la Academia que dijo que las pruebas de Sócrates sobre la inmortalidad perdían
su evidencia cuando uno cerraba el libro. Cuando
la angustia, que no se apacienta con razones, recupera su furia para
golpearnos. A todos nos golpea. Y
unos cuantos adoradores de la razón creyeron vencer esa angustia con unas
cuantas palabras ordenadas en un juego de simetrías y contradicciones, una
lógica que el corazón ignora.
Somos aire que un Dios desconocido respira dormido
"Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli
Reflexión sobre el νόστος (nostos) -el regreso al hogar- en "La Odisea" de Homero
Francisco Huertas Hernández
"Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli
Odisseo (Luigi Mezzanotte)
Película italiana sin diálogos que adapta "La Odisea" de Homero. Ulises (Odiseo), agotado, navega en un barco con su tripulación. Duerme y sueña con su infancia y la reciente guerra de Troya. El canto de las sirenas, la isla de los feacios (¿Corfú o Creta?) donde conoce a Nausicaa. Nuevos naufragios, encuentros y sueños. Llegada a Ítaca donde Penélope le espera.
El tema de "Odisea" es el νόστος (nostos), el regreso al hogar. Es en si un género de la literatura griega: el regreso por mar de los héroes. Homero es el fundador de este género, pero como modelo de viaje se convierte en un "tópico" literario. La palabra "nostalgia" fue creada a partir de νόστος y de άλγος (dolor) por el médico suizo Johannes Hofer (1669-1752): "dolor del regreso". Su significado es "anhelo del pasado". La rara condición humana de desear regresar al hogar natal, a la tierra primera, al origen, como Paraíso Perdido.El Paraíso Perdido solo se vive como nostalgia. Penélope espera en el mito, mas la realidad es cruel. El viajero encuentra su patria arrasada.
Descubrimiento de uno mismo en la aventura del regreso, en los peligros del camino, de los mares inclementes. Piavoli hace de la naturaleza el lugar en que el hombre se construye desafiando sus asechanzas. Las imágenes y sonidos de esa naturaleza - apenas con algunas palabras incomprensibles en el dialecto de Tesalia del griego antiguo, el sánscrito y el latín-. Escuchamos "mater" u "οἶκος" (oikos, casa), mientras delira en medio del mar
"Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli
Piavoli retoma una idea de Friedrich Nietzsche, el eterno retorno: el niño que juega con un aro es un "símbolo del tiempo visto como un elemento que gira sobre sí mismo. Un niño que empuja un aro expresa la concepción del tiempo circular". El νόστος es circular, va del presente al pasado, y éste se vuelve presente
"Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli
Odisseo (Luigi Mezzanotte)
El héroe que duerme para ver a través de los sueños el camino de regreso. En los sueños los dioses se comunican con los mortales
"Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli
Odisseo (Luigi Mezzanotte)
Odiseo / Ulises, el guerrero de Troya, rememorado en sueños de muerte y destrucción
"Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli
Los dioses protegen y confunden a los hombres en su juego azaroso
"Nostos: Il ritorno" (1989). Franco Piavoli
El mar -el reino de Ποσειδῶν (Poseidón), el dios de los mares- es el enemigo constante del héroe en su regreso: los encantamientos y tormentas zarandean a Odiseo, pero éste resiste porque su "nostalgia" es más grande que su dolor
Jane Henderson (Nastassja Kinski) & Travis Henderson (Harry Dean Stanton)
Película francoalemana rodada en inglés en Estados Unidos. Mítico film sobre la soledad, la búsqueda de la identidad, del amor perdido, y la vida como viaje (Road Movie).
Travis Henderson es un "fantasma" perdido en el desierto de Texas, como en el comienzo de la "Divina Comedia" (Commedia)se presenta al poeta:
"Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita"
(En medio del camino de nuestra vida
me encontré por una selva oscura,
porque la recta vía era perdida)
Travis, como Dante, ha perdido el rumbo -moral- de su vida. Travis, sin memoria, no sabe quién es -¿y quién lo sabe?-. Travis recupera el habla en el regreso en coche a Los Angeles con su hermano, que le ha recogido. Quiere regresar a Paris, el lugar ambiguo donde fue concebido por sus padres. Busca el origen, como si el comienzo fuera la identidad perdida, antes de emprender el rumbo propio (Wenders ya había mostrado otra búsqueda del origen en "Alice in den Städten" (1974)).
Travis tiene un hijo, Hunter (Hunter Carson), que ha quedado al cuidado de su tío Walt Henderson (Dean Stockwell) y su compañera Anne (Aurore Clément). Si Travis busca su origen, su hijo Hunter también se enfrentará al suyo: reconocer a su padre que le abandonó. Travis se entera de que Jane (Nastassja Kinski), la madre de Hunter, deposita cada mes dinero para éste en un banco de Houston, y decide ir a buscarla. El niño decide acompañar al padre. El reencuentro de Travis y Jane en una cabina erótica de un Peep Show es una"anagnorisis" (ἀναγνώρισις) -Reencuentro y reconocimiento de dos personajes a los que el tiempo y las circunstancias han separado / Reconocimiento de la identidad de un personaje-. El amor de estos dos personajes solitarios fue un relámpago en sus caminos divergentes. De ese amor nació Hunter. Travis sabe que no es posible volver con Jane. Jane no ve a Travis desde su cubículo mientras éste cuenta la historia de su amor en modo de fábula.
El amor es el "rumbo moral" de la vida. Porque éste es la forma del bien. Platón entendió la sabiduría de Diotima -en "Banquete"- según la cual el amor es el camino hacia la Belleza y el Bien, que recorre el espacio del cuerpo y se eleva al de las Ideas.El amor es la fuerza, que, tomando, el impulso del deseo erótico, dirige al ser humano hacia su perfeccionamiento moral, al buscar el Ideal. Dante -en la visión teológica de la Edad Media- deberá recorrer los tres espacios del ascenso del amor tras la muerte: el Infierno -donde arden los que no amaron lo suficiente-, el Purgatorio -donde esperan quienes equivocaron su amor-, y el Paraíso -donde aman contemplando eternamente la Belleza y Bondad divinas quienes amaron lo recto-.
La imposibilidad de amar es la verdadera naturaleza del Infierno. Es la soledad de las almas desasistidas de Dios.Travis, arde en el infierno del desierto de Texas; luego, asciende al Purgatorio del "camino" acompañado de su hijo al "Paraíso Perdido" del amor (Jane). Beatriz, en Dante, es la Fe, que mueve/atrae al poeta. Jane, en "Paris, Texas" cumple el mismo papel. La única fe es el amor. Pero, como Virgilio -el acompañante de Dante en la "Commedia"- Travis no alcanzará el "Paraíso"
"Paris, Texas" (1984). Wim Wenders
Poster. Deutschland
Muchas veces apenas un segundo ilumina toda una vida oscura y vacía. No he vislumbrado aún ese instante en que el orden incierto de las cosas, la secreta coincidencia de los seres y el inexplicable azar de los acontecimientos hallan su respuesta definitiva. Creo que tampoco esa clave tiene que ser necesariamente verbal o numérica, nota musical o color del arco iris. Sospecho que si es algo se manifiesta como silencio. Un silencio preñado de luz, toda ciencia trascendiendo. He pensado si el amor puro, el amor sublime y verdadero ha de aproximarse a esto, o si esto está más allá del sentimiento. Quizás el amor no sea un sentimiento. Es difícil saberlo. Cuando me pongo a considerar estas cuestiones parece que olvidase que en mí habita el prisionero de los sueños y el amante desengañado, que, como siempre, no existen el uno sin el otro. Pero no, no olvido: cómo he de olvidar que nuestras vidas son los sueños que van a dar a la mar, que nuestra sustancia, que es el soñar, nos iguala a todos, más allá de nuestras diferencias, que quedan suprimidas en el sueño. Sueño ser amado y despierto y contemplo una herida abierta junto al pecho que mana sangre, lenta y dolorosamente. Si nuestros sueños alcanzasen su cumplimiento nuestra vida se reduciría a arroyo, a estanque, charco, laguna desecada. Ha sido necesario, cruelmente necesario, que ella me haya rechazado. Ha sido el comienzo de nuevos sueños, de una herida que hará brotar mi sangre al despertar cada día y que me arrojará desesperado a las cavernas de los soñadores últimos del crepúsculo. Un segundo me hará ver, me sacará de mi sueño, y me llevará ¿adónde?
Francisco Huertas Hernández
Memorias de un Hombre de Acción
Palencia - La Unión
Abril 1993
"Paris, Texas" (1984). Wim Wenders
Jane Henderson (Nastassja Kinski) & Travis Henderson (Harry Dean Stanton)
2nd Booth Scene
Muchas veces un segundo ilumina una vida oscura 1993
"Paris, Texas" (1984). Wim Wenders
Trailer
Music by Ry Cooder
"Je souffre d'un lointain musical que j'ignore"es un verso de la poeta francesa Cécile Sauvage (1883-1927), "poétesse de la maternité". Muerta a los 44 años es más conocida por ser madre del compositor Olivier Messiaen (1908-1992). Este verso -"Sufro de una lejanía musical que ignoro"- de alto vuelo lírico y metafísico, nos hace intuir la película "Paris, Texas" a partir de la música de Ry Cooder -que se ha hecho más popular que el mismo film-. Travis sufre por esa lejanía musical -el amor siempre es música, el Paraíso siempre es música-. El acorde de guitarra, el sonido de la desolación. La soledad del hombre en el desierto. La slide guitar de Cooder, inspirada por el blues de 1927 de Blind Willie Johnson, "Dark was the night". Travis viaja hacia la música porque ese es el único destino que mueve al ser humano: la belleza. La lejanía ignorada es la "promesse de bonheur" que Stendhal escribió sobre la belleza: "La beauté n'est que la promesse du bonheur" (La belleza no es más que la promesa de felicidad). Hay en el rostro de Jane (Nastassja Kinski) algo de esa lejanía musical que Cécile Sauvage intuía.
"ももへの手紙" (Momo e no Tegami) (2011). 沖浦啓之 - "Una carta para Momo" (2011). Hiroyuki Okiura
Alebasi (19 años)
"ももへの手紙" (Momo e no Tegami) (2011). 沖浦啓之 - "Una carta para Momo" (2011). Hiroyuki Okiura
Película de anime japonesa. "Momo Miyaura, de 11 años, se muda con su madre a una pequeña ciudad isleña tras la muerte de su padre. Cuando llega, se encuentra con tres duendes, que otras personas no pueden ver, que la ayudan a lidiar con la pérdida de su padre y los cambios en su vida"
El crecimiento espiritual de una niña (Momo) que solo es posible superando las dificultades de la vida (muerte del padre), y se logra con la ayuda de tres duendes (Iwa, Kawa, Mame) de un cómic la Era Edo. La película está ambientada en Shio Shima, lo que parece un homenaje al film clásico "Tōkyō monogatari"(Cuentos/Historias de Tokyo) (1953), del gran maestro Yasujirō Ozu. Los duendes unen el pasado con el presente, la literatura (arte) con la vida, la felicidad con la tristeza. Son el puente que va del ensimismamiento del dolor y la soledad a la comunicación y la superación. Ellos representan algún lado del inconsciente humano que es capaz de proyectarnos hacia fuera. Tienen el poder curativo de los reproches que Momo se lanza por haber criticado a su padre antes que muriera. Estos duendes pueden simbolizar fuerzas ancestrales que unen la mente humana con la naturaleza: espíritus del campo, del océano y el bosque.Espíritus que traen la fuerza bajo la representación de la historia gráfica (manga) -ese puente entre literatura y pintura-, pero que son impulso vital inconsciente que proyectará a Momo hacia el futuro curándola del dolor. Momo será consciente de que tiene un papel en el mundo, porque las fuerzas del mundo le hablan en forma de duendes
"ももへの手紙" (Momo e no Tegami) (2011). 沖浦啓之 - "Una carta para Momo" (2011). Hiroyuki Okiura
Posters japoneses
Estoy orgullosa de haberme convertido en la chica que soy. Mi mente y mi cuerpo han soportado las flechas que se clavaban en mi carne provenientes de los arqueros de la rabia. Me las lanzaban en la lucha que tenía dentro de mi ser, pero he superado cada uno de esos conflictos, no he sucumbido jamás al miedo y no empezaré a hacerlo ahora. Mi alma empezó a llorar cada vez con menos lágrimas, pero el peso del dolor que en ella se posaba rompía cada uno de los hilos de felicidad con los que estaba cosida, hasta el día de hoy que volvió a llorar, pero esta vez de alegría y orgullo, ya sin dolor, sin rabia o tristeza. Empezó a arreglarse mediante la aguja del perdón, permitiendo que mi corazón vuelva a latir y mi sonrisa vuelva a aparecer.
"ももへの手紙" (Momo e no Tegami) (2011). 沖浦啓之 - "Una carta para Momo" (2011). Hiroyuki Okiura