sábado, 3 de abril de 2021

La Razón y la Angustia. "The Fly" (1958). Kurt Neumann. Francisco Huertas Hernández. 2001

La Razón y la Angustia
"The Fly" (1958). Kurt Neumann
Francisco Huertas Hernández. 2001

"The Fly" (1958). Kurt Neumann
Philippe Delambre (Charles Herbert) & François Delambre (Vincent Price) contemplan aterrados el grito de la mosca atrapada en la tela de araña. ¿Una metáfora de la ciencia en la que el ser humano se ha dejado enredar?
"La mosca" es un film de ciencia-ficción estadounidense basado en un cuento de George Langelaan (1908-1972). Un científico "fáustico", André Delambre (David Hedison), experimenta con teletransportación, y, por error, una mosca se introduce en el transportador molecular, mezclándose así su sustancia con la de la mosca, y convirtiéndose él mismo en un insecto con su personalidad. Toda la película está contada en flashback reconstruyendo desde su muerte los desatinados experimentos que le llevaron a perder su forma humana. Su esposa, Hélène Delambre (Patricia Owens) le dio muerte, ¿o fue a la mosca que se introdujo en su cuerpo?

Este largometraje de serie B, con efectos especiales un tanto simples, tiene el encanto "naïf" de una historia ingenua de enorme calado filosófico. Está inspirado en la novela corta "Die Verwandlung" (La Metamorfosis) (1915) de Franz Kafka (1883-1924), tanto en la imagen de conversión entomológica como en el tono de pesadilla. 
La angustia del científico en busca de la verdad -¿o la utilidad, o el progreso, o el beneficio?- que necesita de complejos cálculos matemáticos -las matemáticas son un lenguaje alfa-numérico que describe la realidad de forma exacta- y experimentos físicos para llevar a la humanidad a un nuevo horizonte. ¿Cuál? ¿Su soberbia, su ὕβρις (Hybris, desmesura, orgullo, arrogancia)? ¿Desafiar los poderes de Dios o la Naturaleza?

La angustia humana de saberse mortal e insignificante le lleva a crear un lenguaje que designa lo inmortal y absoluto: el lenguaje religioso, luego metafísico, y, finalmente, científico -siguiendo la "loi des trois états: théologique, métaphysique et positif" (ley de los tres estadios: teológico, metafísico y positivo) según Auguste Comte (1798-1857)-. El lenguaje -verbal, matemático- no es más que una ficción, una "Allmacht der Gedanken" (omnipotencia del pensamiento). El científico -ese nuevo "sacerdote" que anuncia el Paraíso del "Progreso Eterno"-, con su bata blanca -nueva sotana de colores invertidos-, y sus instrumentos -nuevo cáliz- nos bendice con sus ecuaciones y sus experimentos de laboratorio. Seamos bendecidos por la ciencia que convierte la materia en fe. Porque se requiere mucha fe para aceptar la física cuántica o las audaces hipótesis cosmológicas -cosmología de branas y bulk, o el multiverso-. La "fantasía" humana de "conocer" y "crear" realidad y vida se aleja de la intuición (conocimiento inmediato de las cosas/ideas, base de cualquier entendimiento humano) y de la imaginación, escala a regiones de razonamiento matemático inaccesibles, y da el salto a la fe, sin confesarlo. El "Troens Spring" (Salto a la fe) señalado por Søren Kierkegaard (1813-1855), en el que existe un paso de una cualidad a otra: lo racional en su "fáustica" ambición deviene fe. Un círculo en el que la fe inicial del humano primitivo en las fuerzas naturales regresa a la fe científica en megaexplicaciones contraintuitivas metarracionales. 

André Delambre no es una víctima individual de los ensayos de la ciencia positiva, sino de la razón humana hipertrofiada en su ambición de progreso indefinido. Víctima de una fe ciega en divinizar al hombre sin Dios

 He de hablar en primera persona. Incluso cuando utilice formas impersonales y generalizaciones.

 Primero es la angustia del existir, una mezcla de ansiedad sexual, pánico a la muerte, desamparo, soledad, falta de amor, imposibilidad de soportar el sufrimiento y el vacío de la vida.

 Luego, la razón intenta responder a eso. Pero “eso” no son preguntas. Y la razón no puede curar de la angustia. Y, sin embargo, ésta, la invoca, la reclama.

 He imaginado que así surgieron los primeros pensamientos de los denominados presocráticos. En lugar de acogerse a la despersonalización benefactora del mito, de la religión, del rito, crearon la personalización racional de la angustia, del miedo.

 Digo “personalización”, porque la respuesta de la razón no anula a la persona que responde en una fuerza exterior y más poderosa, sino que busca en el interior de las fuerzas de cada uno, de su razón íntima.

 Los presocráticos no eran idealistas ni psicologistas ni solipsistas, pero, cuando acudieron a la razón, escondida en el interior del hombre, para saciar su angustia, abrieron un camino, que, necesariamente, llevaría a todo aquello.

 Heráclito fue el primero en apuntar una razón única, común, que los hombres desoyen. Esa voz interior que hemos de escuchar en nuestro ser íntimo nos trasciende y por eso es verdadera, y, de paso, salvadora.

 El “logos” de Heráclito muestra la necesidad de la objetividad del ser y el conocimiento, como en Parménides, su supuesto antagonista, pero para ello hay que despersonalizar al individuo. El vulgo desoye el “logos”, pero, ¿acaso desoye también la angustia íntima de la existencia?

 La razón como personalización de la respuesta a la angustia es minoritaria según Heráclito y según Parménides. Incluso en Platón, que sigue a los viejos maestros en esto.

 Mientras en el mito nuestra respuesta es la aceptación de la creencia, la participación en los ritos, la despersonalización absoluta que nos reintegra al cosmos, en la filosofía la personalización de la respuesta racional es una vía que sólo unos pocos pueden transitar para acabar en una despersonalización tan grande como la del mito pero más frustrante. Inútil. La razón es un camino arduo y fatigoso, y, al final, no salva de la angustia.

 Los llamados “Diálogos socráticos” de Platón son una evidencia de esta inutilidad de la respuesta racional. En la etapa más esplendorosa del pensamiento platónico -en “La República”, “El Banquete”, “Fedón”- la razón busca el mito para dar el salto a la salvación de la angustia de la existencia. Los mitos de Platón no son solamente alegorías o metáforas: son la constatación del poder curativo de la creencia y el rito. El mito de Er, tan despreciado, dentro de “La República” o el del carro alado en “Fedro”, tienen ese poder sedante y beatífico que los humanos buscan para apaciguar su angustia ante la muerte.

 El mito y la creencia nos hacen participar mientras que la razón nos ensimisma, como se ve en el mito de la caverna. Aquellos que se liberan de la caverna han quedado excluidos de la humanidad. El poder salvador de la razón es una nueva forma de divinidad concedida al hombre pero pocos pueden disfrutarla. En el mito todos quedan abrazados en la salvación.

 Las consecuencias son evidentes: el mito es universal y “democrático”, pues todos pueden participar de él sin esfuerzo añadido, mientras que la filosofía es particular y “aristocrática” porque excluye al vulgo que desoye el “logos”, a los atolondrados que habitan el fondo de las cavernas en la opinión y la imagen. Y, éstos, son siempre la mayoría.

 Los elegidos para recorrer la vía de la razón despreciarán y serán despreciados por los demás. Su mundo ya no será éste. Y, entonces, esa personalización íntima y elitista de la razón que responde a la angustia llevará inexorablemente a un reino de ideas, eternas y perfectas, de esencias, que será tan mítico como las moradas de los dioses, pero mucho menos tranquilizante.

 Sócrates, próximo a su muerte, intenta convencer a sus discípulos entristecidos de la bondad de ésta. Así lo cuenta Platón. Sus argumentos a favor de la inmortalidad del alma tienen menos poder de convicción que cualquier mito. Con razones nadie se cura. Con argumentos nadie alivia la angustia. Esto bien lo supo aquel seguidor de la Academia que dijo que las pruebas de Sócrates sobre la inmortalidad perdían su evidencia cuando uno cerraba el libro. Cuando la angustia, que no se apacienta con razones, recupera su furia para golpearnos. A todos nos golpea. Y unos cuantos adoradores de la razón creyeron vencer esa angustia con unas cuantas palabras ordenadas en un juego de simetrías y contradicciones, una lógica que el corazón ignora.

Francisco Huertas Hernández
Octubre 2001

"The Fly" (1958). Kurt Neumann
Trailer

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Desazonante

Anónimo dijo...

Está película me encanta, la ví muchas veces de chica en la televisón.Por supuesto con el asombro que dan esas imágines,cuando una es niña.Me quedo con esta versión, para mi mucho mejor que el remake de 1986.Y creo según entendí el artículo,que muestra esa parte de la ciencia de no temer a lo que puede descubrir, creyéndose omnipotente.MIRIAM.