sábado, 29 de agosto de 2026

"Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo" de Francisco Huertas Hernández. 1995. "Prefacio". 30 años en el Umbral

"Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo" de Francisco Huertas Hernández. 1995. "Prefacio". 30 años en el Umbral


Cuaderno gris de agosto de 1995 con manuscrito de "Diario de Oviedo", incluido en mi Diario "Entre la filatelia y la halterofilia. Memorias de un hombre de acción. 1985-2023".
 En 1996 se convirtió en mi primera obra publicada, en Madrid. 
También formaría parte de esos extensas memorias mi segundo libro, "Diario de un profesor de filosofía (1989-2023)", editado en Barcelona en 2024. Reúne reflexiones docentes y vitales, entre 2021 y 2023, y páginas anteriores que se remontan a 1989 a una libreta verde que apunta minuciosamente mi debut como profesor en Venta de Baños (esa quijotesca toponimia que tanta gracia hizo a Sebastián Porrini cuando comentó mi libro en "La última página" en agosto de 2026).



"Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo", fue con su "lirismo hermético y solipsismo elíptico", un libro para lectores lejanos, cuyo corazón y entendimiento latieran al unísono del autor. Pocos fueron los que entendieron, pues pocos fueron los que me amaron. El tema asturiano me hizo entrar en las bibliotecas universitarias de Toronto, Harvard, Pompeu Fabra y la Pública de Nueva York. Quiso el destino que las instituciones fueran más receptivas que los individuos, con excepciones: Inma, Juan Esteve, y aquel profesor de Toro, del que nunca supe el nombre... 



"Entre la filatelia y la halterofilia. Diario de Oviedo". Ediciones Incipit. Madrid. 1996

PREFACIO


"Escribir es respirar tinta". Con este leit-motiv está dicho cuanto decir se pueda del breve libro que ahora les dejo en las manos. No es un texto de ficción ni enhebra episodios biográficos al modo de un diario convencional. Es, en el mejor de los casos, un texto ecléctico en el que la memoria se hace escritura, y, ésta, se pierde en los caminos tortuosos de la autoconfesión. Quizá de los numerosos tallos truncados de la poesía, la narración, el ensayo y el diario, brota esta planta extraña que crece en dirección contraria al sol y que busca "el ocre alimento de la eternidad desdeñosa". Este pequeño libro más se parece a una colección de lieder de Hugo Wolf que a un diario detallado y de amplitud sinfónica. Hay más música de cámara que brillo orquestal en estas páginas. Yo hubiera querido escribir al modo en que se canta un lied de Schubert, pero ni mi Pilot es la voz cristalina de Elisabeth Schwarzkopf ni los periodos sintácticos tienen la textura frágil y bellísima de las canciones citadas

Francisco Huertas Hernández. 1996


*****


  Luisa Castro Legazpi, amiga adolescente conocida a través de Radio 3 hacia 1983, escribió el prólogo de mi primer libro "Entre la filatelia y la halterofilia" en 1996. Allá con sumo tino decía: 

"Con su prosa laberíntica Francisco Huertas (Hernández) nos mete de rondón en el mundo del espejo, en el reflejo. Y lo que allí se ve y lo que allí se vive, todos podríamos compartirlo, todos podríamos ser los protagonistas de una historia que precisamente es universal porque se escribe desde el más absoluto individualismo, desde la patología del yo, casi. Sus temas, sus obsesiones, encontrarán adeptos en quien las lea, porque no se esconden, porque se adueñan de nosotros sin excusas ni falsas presentaciones.

 Este diario es la lucha entre el hombre y la palabra, y es un testimonio de la agonía del lenguaje y de la agonía humana, a la que siempre se le aparejan profundas complicidades con los números, con la ciencia, como si, finalmente, el lenguaje no fuera otra cosa que una cifra, una operación matemática, en absoluto una creación.

 Que en tus manos, lector, arraigue y fructifique esta semilla de números y de sílabas, los ladrillos con los que se construye el mundo, que puedas cobijarte, como yo, bajo el techo amigo de estas palabras de Francisco Huertas, escritas y suscritas por Francisco Huertas, un escritor que es escritor que es escritor.

 Larga vida a su obra y a su nombre"
 

30 años en el Umbral. Entre dos aguas. Glosa: Elementos, Memoria, Escritura, Creación, Lectura, Música. Por Francisco Huertas Hernández


  ¿Cómo glosar el prólogo de Luisa? ¿Cómo dejar que la tinta ya mineralizada del prefacio recupere el fluir líquido y vital que tuvo y que conmemora en la fuga de los años?

 En el verano de 1995 mis divagaciones manuscritas en aquel enorme apartamento de la Avenida de Galicia de la capital asturiana constituían un diario íntimo y un canto cordial lento y triste. Luisa no aparecía en vano en el prólogo. Su magnífico verso de "Baleas e Baleas", abría el libro, tras la misteriosa dedicatoria a Sofia Andreyevna Bers:

 "O meu corazón cóntase entre os animais mais lentos do bosque"

 Y como el destino de la razón humana es unir los fragmentos y encontrar unidad en el desfile de los azares, me permito aventurar que en el bosque humano mi corazón se escondía con su paso quedo, mostrando en sus mismos movimientos ese fluir del agua, que, sin entenderlo, refleja el curso de los astros acá abajo. Ríos y planetas marcan el paso de los animales, claros y oscuros de planicies y florestas. Yo era uno, y mi camino era de tinta...

 "Escribir es respirar tinta", es mi declaración de principios. La líquida tinta deviene sólida huella sin volumen en el papel. Y, no obstante, respirar es mover aire. Agua, tierra y aire, ¿mas falta el fuego?

 La memoria que alimenta la escritura dicen que es líquida porque cambia de forma, nunca fija sus recuerdos con la estabilidad con la que, una vez escritos, quedan en la tipografía del libro. Cuando Platón defendía la oralidad sobre la escritura en "Fedro", argumentaba que lo escrito no puede responder, no puede dialogar. La memoria y la oralidad son fluentes, discurren, mueven, pero la escritura fijada en la hoja es sólida, estática, inmóvil. En esa búsqueda de la unidad de los azares y los fragmentos del pasado y del presente, la palabra aspira a la idea, fija e idéntica a sí misma. El autor muchas veces siente miedo a enfrentarse con lo que ya quedó fijo en el papel y no vuelve a leer su obra. Pero el lector necesita ese cauce permanente. En cada lectura avivará la corriente, mas no modificará el cauce. El misterio que conjuga el aire y el agua de memoria y sensación del autor con la tierra -húmeda en cada lectura- del lector. Lo móvil y lo inmóvil. Sí, yo respiré tinta para que en el curso del tiempo -y tres décadas pasaron- otros interpretaran la esencia de lo escrito, siempre firme y siempre nuevo.

 ¿Y el fuego? El alma incendiada del que escribe, que se abrasa en la palabra ígnea. Y cual Prometeo entregará esa llama de amor vivo al lector. De entre las artes sólo una tiene el poder del fuego: la música. Arte sin espacio, sólo tiempo constructor de sonido y desvelador de silencio. Quise imaginar que mi libro ovetense era reflejo de esa pasión mía por la música, y, con la modestia de quien conoce sus límites, la brevedad y parquedad del volumen asturiano quiso asemejarse a los lieder melancólicos de Schubert y de Wolf. ¿Quién que no tenga hielo en las venas no siente el fuego del lied? Rara divergencia: lo parco es ardiente, ¿y lo profuso?


Francisco Huertas Hernández
29 de agosto de 2026

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Escribir las cosas guapas y jodidas que nos pasan. Claro que sí. Muy bueno, tío

ACORAZADO CINÉFILO dijo...

Gracias por tu profundo y poético comentario amigo