lunes, 22 de febrero de 2021
¿Qué es un problema filosófico?. Rosana Ruiz. "Big Fish" (2003). Tim Burton
Redención. Dostoievski y el sufrimiento de los inocentes. Francisco Huertas Hernández. 2000
domingo, 21 de febrero de 2021
Platón. Vídeos. Teoría. Filosofía. Profesor: Francisco Huertas Hernández
sábado, 20 de febrero de 2021
¿No sería hermoso el mundo si las bibliotecas fueran más importantes que los bancos? (Mafalda). Francisco Huertas Hernández. Que la escuela centre su atención solo en lo «útil» no es preparar a los alumnos para la vida, sino prepararles la vida para que resulte útil a otros
"Que la escuela centre su atención solo en lo «útil» no es preparar a los alumnos para la vida, sino prepararles la vida para que resulte útil a otros"
Carlos GaMart (https://twitter.com/CarlosGaMart)
Ética. Ejercicios. Conceptos Fundamentales. 4º ESO. Profesor: Francisco Huertas Hernández. 2012
IES Victoria Kent. 2002-2021
Francisco Huertas Hernández
Alumnos de 4º ESO A-B-C-D
Asignatura: Ética
Viernes 22 de febrero de 2013. 13:00
Defensa de la Ética
Fotos: Francisco Huertas Hernández
Para la revista Kentazo nº 6
viernes, 19 de febrero de 2021
Diario de un profesor de Filosofía (V). Prometeo entre el COVID y el WhatsApp. Francisco Huertas Hernández. 2021
Rumor. Paideia y sensibilidad musical. Francisco Huertas Hernández. 2002
He admitido sin
reservas la idea griega de una “paideia”, una educación, una
formación del carácter, en la que la música es pilar fundamental. La música
es estructura matemática que reside en el universo, en la música de las
esferas, y en las cuerdas de la lira, pero, aparte de número y medida,
ella es, ante todo, sensación y memoria, como sentenció Aristoxeno
de Tarento.
El rumor del mar
es melodía de eco lunar y el canto de las aves, eco solar. Hay músicas
telúricas en las erupciones volcánicas y en los choques de las placas
tectónicas. Los cantos de la tierra son percutivos, y, por eso, la
percusión es el instrumento originario: el ritmo, el latido de la tierra. El
rumor recurrente de la naturaleza acaba germinando en el alma humana, y brota
la flor de la melodía, las hojas de la armonía. El don de la música humana es
un misterio que devuelve al hombre a las esferas celestes. La unidad
cósmica a través del canto y la instrumentación.
La sensibilidad
musical, el criterio del buen gusto estético, dice todo de la persona. No
hay moralidad alguna ajena a la simbiosis artística entre el hombre y la
música. Por eso resulta inmoral la incapacidad de emocionarse y valorar el
eximio arte de Melos. Una armonía social universal sólo será posible
cuando el canto occidental reconozca el de oriente, pues ambos son hijos del
canto de las esferas celestes, que los pitagóricos escucharon.
La tragedia de la educación actual no es el fracaso en el aprendizaje de contenidos sino la ausencia de sensibilidad. Sin gusto estético no puede haber emoción ni compasión, ni, más allá, razonamiento lógico. Sólo barbarie. La tragedia del mundo es haber perdido la música. Sin ella no hay saber ni salvación. La superioridad moral y política de las generaciones precedentes estuvo basada en el buen gusto musical, en el que Beethoven y Jacques Brel, Piazzolla y los Beatles, abrían los horizontes de la libertad y la felicidad. Los adolescentes adocenados por los medios de comunicación de masas sólo pueden ser carroña fascista y violenta, simplemente, porque desconocen la belleza, desconocen la música.
jueves, 18 de febrero de 2021
Filatelia recuperada. Viaje a la infancia a través de los sellos. Francisco Huertas Hernández. 2000
¿Quién en su infancia no ha coleccionado sellos? Guardar sellos en la caja del Cola Cao es uno de los recuerdos más imborrables de la infancia. Cuando uno es niño contempla el mundo con curiosidad y envidia. El mundo algún día será suyo. Y los sellos son uno de los símbolos más visibles de ese mundo aún desconocido, infinito y mágico. La mezcla de sentimientos que embargan al niño que colecciona sellos es inversamente proporcional a la del adulto que los desprecia. Mientras en aquél todo es sorpresa, admiración, esperanza, paciencia, diversión, confianza, amor ; en éste, todo se ha vuelto cansancio, hastío, desesperanza, impaciencia, fastidio, sospecha, odio. El mundo que prometía la felicidad en los sellos, es, para el hombre, sufrimiento inútil indiferente a las fronteras y las monedas.
El niño no ha comprendido aún que la diversidad de idiomas, de países, de rostros en efigie, de las estampillas de correos son una manifestación de la incapacidad humana para entenderse.
El sello, crisol de costumbres, de conocimientos, con sus vistosos colores y sus motivos nacionales, es resultado de cruentas guerras, que, permiten el surgimiento de estados que pueden emitir moneda y timbre, manifestaciones de identidad patriótica.
Cuando uno es pequeño queda deslumbrado por el
juego de los pequeños papeles impresos y dentados que combinan deportes,
ceremonias, fiestas, artes, fauna, flora, efigies de célebres políticos,
batallas, inventos y descubridores. Este lo tengo. Este no lo tengo. Tener o no
tener. Eso es todo.
Pero estos instrumentos de franqueo están muertos. El matasellos les ha matado.
Recuperar la filatelia es volver a ser un niño; quien nunca abandona el coleccionismo de sellos no crece, no llega a la madurez. Recuperar la filatelia y sus motivos; viajar desde la mesa camilla a todos los países, pues parece que no hay país sin sello, viajar desde la salita por todas las épocas de la humanidad, llegar a la antigüedad más remota llena de monumentos, de restos arqueológicos, que testifican la pervivencia de las naciones, aunque esto no sea más que ilusión. Viajar al futuro a través de los inventos más actuales que nos llevan al espacio, a las lejanas galaxias.
¡Cuánto alimento del alma encierran los sellos
para el niño ávido de saber! ¡Qué niño no ha imaginado que la escuela sólo
tuviera una asignatura: la ciencia de los sellos! En ella todo
lo humano está recogido, todo lo que ha visto, soñado o conquistado el
ser humano está allí: ilustrado. La verdadera ilustración comenzó con los
sellos. El conocimiento traspasó fronteras en cartas y paquetes cuyo valor
nunca superó al de las estampillas de franqueo que les trajeron a nuestras
manos.
Recordemos que cuando éramos pequeños nos premiaban dándonos el sello, que, a la larga, permanecía, mientras la carta acababa sus días en la chimenea. Para el niño está muy claro lo importante. Incluso cuando ya ha aprendido a leer, esta nueva capacidad le lleva siempre al sello, nunca a la carta. El sello es y era el alma de la carta.

























