martes, 5 de mayo de 2020

Discapacidad en el cine (2). Estrella Millán Sanjuán. Disability in Films - Cinéma et handicap. Profesora de Actividades físico-deportivas para Personas con Discapacidad


Discapacidad en el cine (2)
Estrella Millán Sanjuán
Disability in Films - Cinéma et handicap
Profesora de Actividades físico-deportivas para Personas con Discapacidad

UN RECORRIDO POR LA DISCAPACIDAD EN EL CINE 




"Los santos inocentes" (1984). Mario Camus
Azarías (Paco Rabal) y "Milana bonita"

 Siguiendo la estela de la miseria y la discapacidad, hallamos la película dramática “Los santos inocentes” (1984). Basada en la novela homónima de Miguel Delibes, el escenario en que bucea es la Extremadura de los años 60, dictadura tardía, en los latifundios pertenecientes a los terratenientes que explotan a sus trabajadores, gente sin alfabetizar y que vive en condiciones lamentables. Azarías (Francisco Rabal) es el hermano mayor de Régula (Terele Pávez) y cuñado de Paco (Alfredo Landa), los guardeses de un cortijo. Convive con ellos porque no es autónomo, debido a su gran discapacidad intelectual. Es mayor, incapaz de trabajar (lo echaron de otro cortijo) y se dedica a hacer sus necesidades por donde le place y su máxima afición son las aves y cuidar a su sobrina que padece, aparentemente, una parálisis cerebral severa, que la lleva a estar casi en estado vegetal. Es el drama sobre el drama, Azarías es “un niño grande” dependiente de su familia, que es la única que puede atenderlo en un mundo, de nuevo, en que los poderes se desentienden de las clases humildes y más de las personas con deficiencias. 

"Los santos inocentes" (1984). Mario Camus
Señorito Iván (Juan Diego) y Paco, "el Bajo" (Alfredo Landa)

 Por otro lado, Paco “El bajo”, queda con una incapacidad permanente por romperse dos veces la misma pierna por la presión ejercida por el señorito para que le acompañe en sus cacerías, incluso con la escayola. “Se me ha vuelto a tronzar el hueso, señorito Iván. ¡Duele mucho, señorito!” le dice mirando hacia arriba con una impotencia que te revuelve las entrañas. Si escarbas en los ojos de Alfredo Landa, te topas con una generación inerme, desolada, que se rompió literal y metafóricamente, trabajando como animales. Observarlo andando con su muleta de por vida y su pierna retorcida por la degradación a que fue sometido y su mirada de resignación, es una de las imágenes más tristes e indelebles del cine español. Mario Camus supo sacar la esencia de ese gran libro y dirigir perfectamente a estos actores en estado de gracia, que ponen cara, alma y dignidad a los trabajadores de ambiente rural tratados como seres inferiores por sus explotadores, que no tuvieron otra oportunidad y que buscan desesperadamente que sus hijos no pasen las mismas calamidades, propiciando su éxodo a las ciudades. Azarías se encarga de hacer justicia, encontrando en su discapacidad el momento de lucidez que necesitaban, pero que desencadenará una gran tragedia para la familia. Una justicia necesaria que compensara tanta desgracia.

"To Kill a Mockingbird" (1962). Robert Mulligan
Boo Radley (Robert Duvall)
"Matar a un ruiseñor"

 Enlazando con Azarías, nos encontramos con “To Kill a Mockingbird” (1962) (Matar a un ruiseñor), de Robert Mulligan. Aunque aquí la persona que tiene discapacidad no sale hasta los minutos finales de la película, su sombra está presente en su totalidad, representando los prejuicios, miedos y supersticiones de una sociedad americana de los estados sureños de la época anclada en el racismo y la injusticia. Boo Radley (un jovencísimo Robert Duvall) es un chico que vive como un fantasma en una casa cerca de los niños protagonistas y que despierta su curiosidad, mezclada con terror. Después de la resolución de un juicio con tintes racistas en las que el culpable sale indemne, Boo aplica, como Azarías, su particular justicia, hecho que es visto por el sheriff del condado y el abogado (Gregory Peck), padre de los niños, como un acto necesario para una sociedad anclada en valores estrictos y contraria a las minorías raciales. El considerado monstruo equilibra la balanza de una forma benéfica, sin resultar la clásica venganza. Porque denunciarlo sería para este chico indefenso y aturdido como “matar a un ruiseñor”, enseñanza que dio meses atrás a sus hijos en otro caso, y que estos han aprendido, a golpe de historias crueles y amor a partes iguales, de su heroico padre. No está clara la discapacidad que tiene Boo Radley, pero apunta a una enfermedad mental, tal como se nos presenta de forma magistral en escasos minutos, mirando a la niña Scout con amor e inocencia y balanceándose en el porche con la mirada ausente al lado de ella. Y su valor y ayuda son valoradas por estos hombres sabios y adelantados a su tiempo, que encubren el suceso otorgándole otra explicación.

"Mouchette" (1967). Robert Bresson
Mouchette (Nadine Nortier)

 Robert Bresson también habló sobre la enfermedad y la necesidad en la película “Mouchette” (1967). Una adolescente de 14 años, que se desenvuelve en un entorno completamente adverso, lucha por mantener su identidad. Un pueblo poco acogedor, dedicado al estraperlo, la caza, una maestra estricta, un padre alcohólico y maltratador y una madre enferma crónica que se muere lentamente, componen una melodía hiriente y pesimista. Asistimos otra vez en la historia del cine, a un relato en que la enfermedad y la calamidad truncan trayectorias vitales, esta vez de niños, a los que su fragilidad los hace estar más expuestos y vulnerables y les obliga a asumir responsabilidades impropias de la edad.
 Mouchette (Nadine Nortier) va viendo cómo se apaga la llama de una madre postrada en la cama aparentemente con frialdad, carácter forjado a base de golpes de su padre, acoso sexual, desprecio de sus compañeras e ignorancia del hermano mayor. Una película sin apenas diálogos, fundamentada en el lenguaje visual y diferentes tipos de sonidos, uno de los atractivos originales de la sobriedad y ascetismo del director francés. En este caso, el derrotismo y desesperanza desbordan este film, lleno de sugerentes y simbólicas imágenes de diferentes tipos de caza (con cepo, hilo, escopeta…) que ahogan al espectador identificándose con la sensación de privación de libertad y opresión de esta niña-mujer. 

"لاک‌پشت‌ها هم پرواز می‌کنند" 
(2004). بەھمەن قوبادی
"Lâkpošthâ ham parvâz mikonand" (2004). Bahman Ghobadi
"Las tortugas también vuelan". Película kurda producida entre Irán e Irak

 El cine sobre discapacidad y guerra ha aportado muy buenas y tristes historias. Si con la pobreza ha descrito situaciones dramáticas, con la guerra no se queda atrás. Los conflictos bélicos tuvieron y tienen consecuencias sobre la sociedad -mayores y niños- que deben hacernos reflexionar. Describo a continuación tres películas contextualizadas en tres países muy distintos, con el nexo común de los desastrosos efectos físicos y psicológicos sobre los que combatieron y los que los sufrieron in situ.

 En “Lâkpošthâ ham parvâz mikonand”
 (2004) (Las tortugas también vuelan), Bahman Ghobadi cuenta con actores no profesionales para un drama que se desarrolla en el campo de refugiados del Kurdistán iraquí antes del ataque americano inminente contra Irak, tras la caída de Saddam Hussein. Todos los protagonistas tienen algún tipo de discapacidad producto de la manipulación de minas antipersona para venderlas en el mercado negro y poder sobrevivir. Hengov tiene mutilados los brazos por encima del codo y tiene poderes premonitorios. Verlo secarse las lágrimas con los muñones, desactivar bombas con la boca o recoger las zapatillas de su hermana con los dientes, es una imagen que te desarma. Agrin es su hermana y se quedó embarazada tras una violación dando a luz un niño con ceguera del que quiere desprenderse. Su discapacidad podríamos considerarla emocional, pues los traumas sufridos la hacen permanecer ausente y fría, ante todo. Lleva a su hijo ciego a cuestas a modo de caparazón de tortuga, en una alegoría muy poética por esos paisajes áridos e inhóspitos. Pashow perdió la funcionalidad de una pierna por una mina que pisó y ésta le cuelga inservible cuando anda con una muleta que es un palo viejo. Es muy penoso observar cómo juega con ella como si fuera una metralleta.
 Historias como éstas
 hay a miles en esa y otras zonas azotadas por injustas guerras. Niños huérfanos, solitarios, explotados, invisibles ante los tanques y camiones americanos que pasan a su lado para la guerra e invisibles también para el mundo. Hay películas de las que presumimos que vemos en incontables ocasiones y hay otras que, con una sola visión es suficiente, pues son tan veraces, que te rompen en mil pedazos. Necesarias, imprescindibles, reales, tanto como esos miembros y sueños mutilados.

https://youtu.be/5z-fn3oa3lQ

"The Best Years of Our Lives" (1946). William Wyler
Wilma Cameron (Cathy O'Donnell) & Petty Officer 2nd Class Homer Parrish (Harold Russell)
"Los mejores años de nuestra vida"

 En el contexto de la II Guerra Mundial encontramos a la magnífica “The Best Years of Our Lives” (1946) (Los mejores años de nuestra vida), de William Wyler. Película innovadora por tratar las consecuencias físicas, psíquicas y sociales que sufrieron los soldados estadounidenses supervivientes en esta gran contienda que se saldó con muchas bajas y numerosos mutilados de guerra, que volvieron a sus hogares en silla de ruedas, con falta de algún miembro o con cojeras permanentes. Narra la adaptación a su nueva vida de tres hombres y las dificultades por las que atraviesan, cada uno a su forma. Y la añoranza de la época anterior a la guerra. 
 Me centro en el papel de Harold Russell, un veterano de guerra mutilado de verdad que realizó un gran papel que le valió dos Oscar. La importancia de éste radica en la mutilación de las manos que sufrió y que le obliga de por vida a convivir con dos prótesis a modo de garfio que puede manipular como pinza, o para coger un vaso, por ejemplo. Lo presentan como alguien satisfecho en sus tareas cotidianas encendiendo una cerilla para fumar, pero atormentado cuando estas prótesis no le sirven para acariciar a su novia, lo que le aflige. Ni siquiera en el esperado reencuentro tras la guerra se atrevió a abrazarla, manteniéndose inmóvil por el miedo. Una película fundamental sobre los horrores de la guerra, en la que no aparecen tiros, explosiones, ni batallas, ni es necesario. Los obstáculos que sufren para la reincorporación a todos los niveles lo expresa todo y también que regresar con una discapacidad sumaba más inconvenientes a ésta. Ya, por lo menos, observamos que el gobierno daba una prestación, un avance.

"Рабочий посёлок" (1965). Владимир Венгеров
"Rabochin Posiolok" (1965). Vladimir Vengerov
Леонид Плещеев (Олег Борисов) - Leonid Plesheiev (Oleg Borisov)
"Enclave obrero" es una película soviética sobre discapacidad visual

 La tercera película es “Рабочий посёлок" (Rabochin posiolok) (1965) (Enclave obrero), de Vladimir Vengerov. Leonid (Oleg Borisov) es un soldado que vuelve de la guerra ciego. El director narra las dificultades de integración después de este periodo de una forma muy natural, sin grandes dramas, pero muy eficaz en su discurso. Los obstáculos que se encuentra para llevar una vida “normal”, le llevan a no poder trabajar, al alcoholismo y la juerga continua, tocando su guitarra. A pesar de las advertencias de su mujer, éste persiste en su actitud y es abandonado dejándolo con su hijo por mucho tiempo. Lo que viene a continuación es el desencanto por su soledad, la búsqueda de trabajo acorde a su nueva situación en una fábrica metalúrgica y una larga espera. La secuencia en que va por una calle en obras, sorteando los numerosos obstáculos, pérdida de bastón y caída accidental, es muy simbólica de sus sentimientos y circunstancias. Esta película, perteneciente a la “nueva ola” rusa, tiene una fotografía triste, muchos exteriores y partes documentales. Esos planos constantes de una ciudad industrializada, obrera, despersonalizada, con chimeneas echando humo, te introducen en la vida de esas personas hacendosas, en sus trabajos en cadena. A pesar de lo que parecería un final feliz, con ese abrazo simbólico por detrás de su mujer para evitar que  Leonid caiga en un escalón, Vengerov nos remite de nuevo en un plano lánguido, con unas vacas pastando con muchas chimeneas altas de fondo, a la realidad de la vida obrera, con una multitud -hombres y mujeres- que camina como si fueran hormigas, todas en la misma dirección hacia la fábrica.

"Suddenly, Last Summer" (1959). Joseph Leo Mankiewicz
Catherine Holly (Liz Taylor)
"De repente en el verano" / "De repente, el último verano"

 También encontramos cine que habla sobre la enfermedad mental. De entre las muchas películas que existen, he escogido “Suddenly, Last Summer” (1959) (De repente, el último verano), de Joseph L. Mankiewicz. La dolencia de la protagonista (Liz Taylor) es el eje central sobre el que gira esta peculiar película basada en una obra de Tennesee Williams, ambientada en los años 30. Lo reseñable de ésta es la tendencia que había en esa época a tratar diversos tipos de enfermedad mental practicando una lobotomía, como pretenden con esta chica internada en un centro. Práctica que desaconseja un experto cirujano (Montgomery Clift) que trata a la protagonista, pero al que presiona la familia con fines económicos egoístas, para incapacitarla. La lobotomía se empleó largo tiempo como cura mágica para algunas patologías mentales, pero a partir de los años 50, decayó por ser muy invasiva y por la introducción de medicamentos psiquiátricos efectivos. Estas operaciones del cerebro anulaban la voluntad de las personas y las dejaban como seres asociales y, en muchos casos, fueron muy injustas.
 Además, refleja
las diferencias sociales en el tratamiento de las dolencias mentales. La secuencia en que Taylor se asoma a los bajos de un hospital público es tremenda. Esos pacientes amontonados, asalvajados, gritando, pidiendo auxilio e intentando tocarla, es elocuente por sí misma. 

"生きものの記録" (1955). 黒澤 明
"Ikimono no kiroku" (1955). Akira Kurosawa
監督 (黒澤明) - Kiichi Nakajima (Toshirō Mifune)
"Crónica de un ser vivo"

 Otra película que habla sobre la mente es "生きものの記録"(Crónica de un ser vivo) (1955) de Akira Kurosawa. Toshiro Mifune, el actor fetiche del director, interpreta a un anciano empresario japonés obsesionado por las secuelas radiactivas de la bomba atómica y por un posible ataque. Esa gran ansiedad por vivir en un lugar en el mundo alejado del peligro de Japón le lleva a emprender proyectos antiatómicos que comportan grandes gastos. El último le obliga a trasladarse a Brasil, considerándolo el lugar más tranquilo de la tierra.
 Esta idea, descabellada
 para la familia, les conduce, en un acto egoísta, a querer incapacitar por demencia al padre ante un Tribunal de familia, ya que temen que se gaste toda su herencia. Kurosawa denuncia las consecuencias del desastre nuclear en la población, pero también la indiferencia y pasividad ante esta crisis social por las enormes secuelas durante años y por un sistema sanitario deficiente que no estuvo a la altura para buscar alternativas a este hombre mayor que quería una vida digna para su familia, amor y protección. Esta excesiva preocupación por algo, con base real y razonable, como fue la guerra nuclear, le encamina hacia un desequilibrio y un estado paranoico modificando su carácter, volviéndose agresivo y obstinado, negándose a su incapacitación, siendo totalmente consciente de las artimañas de su mujer e hijos.
 La resolución del Tribunal
 lo interna en un centro psiquiátrico en el que, poco tiempo después, su estado psíquico se deteriora a marchas forzadas, convirtiéndose en un ser delirante, demente y envejecido del todo. La contemplación de esa última e impactante escena demuestra la deplorable asistencia pública, la injusta soledad que padeció este hombre y los efectos del egoísmo del entorno, deshumanización de la sociedad y silencio del Estado.

"Lilith" (1964). Robert Rossen
Lilith (Jean Seberg)

 Otra visión de un centro psiquiátrico es “Lilith” (1964). Robert Rossen se adentra en el terreno de la locura, pero en un marco muy distinto a las dos anteriores. Esta vez no se denuncia el estado de los psiquiátricos públicos, en donde se mezclan vergonzosamente almas sin un refugio humanizador que pueda asistirlas dignamente. En esta película se abre la puerta a un centro privado, en el que los pacientes, previo buen pago, se permiten disfrutar de amplios salones, contacto con la naturaleza, ratos de tranquilo ocio, terapias individualizadas, personal médico instruido, etc… “Qué diferencia con un centro estatal” comenta Vincent (Warren Beatty), un terapeuta ocupacional veterano de guerra, que entra a trabajar allí entablando una relación más estrecha con Lilith (Jean Seberg), una paciente con esquizofrenia, absorbente y muy atractiva a todos los niveles.
 El paso de la débil
línea entre lo profesional y lo pasional precipita una historia muy sugerente, con escenas muy perturbadoras del comportamiento de la paciente, que empujan a Vincent a su tela de araña y a bucear en el caudal de agua en esas secuencias en que la turbiedad y presencia del fluido es recurrente. Un buen trabajo del director en el guión, la evolución de la tensión, un retrato de la enfermedad mental cargado de fuerza natural, irresistible belleza, deseo… Todos esos sentimientos son observados por Vincent, quizá amplificados por su mente, algo trastornada por episodios tristes en su vida y que le obligan a abandonarse en el abismo de una relación enfermiza que le hace sentir vivo.
Jean Seberg expresa en su actitud, expresión corporal y mirada, una visión inquietante de la locura, la incomodidad del terreno inabarcable de las patologías mentales. Un trabajo memorable.

Continuará...

*****
Comentarios de nuestros lectores:

- Francisco Huertas Hernández: "En esta segunda parte del estudio sobre la discapacidad en el cine, la investigadora Estrella Millán continúa explorando películas no tan conocidas (incluso alguna casi inaccesible al público español) buscando el factor humano y estético en el tratamiento de las limitaciones físicas y psíquicas en la vida laboral, afectiva, sexual y creativa de personas que han sufrido discriminación y, en las peores épocas, persecución. ¡Qué miedo a la diferencia! ¡Qué tiranía conceptual y estadística que obliga a los hombres y mujeres a ser "normales", según lo establecido por el canon del poder normativo! No olvidemos cómo me impidieron ser zurdo en mi infancia. ¡Era visto como una desviación patológica y moral! Y eso que no era ninguna discapacidad, pero el poder normativo nos hacía creer que era un mal hábito, una "flaqueza" del espíritu, que debía ser "recto". Hay una diferencia sutil pero esencial entre no resignarte a tus límites y que otros te impongan cómo vivir. Este brillante estudio sobre la discapacidad en algunas películas (y hay que agradecer que no se analice solo el cine yanqui) tiene la virtud de recordarnos que, si bien el humano ha de luchar por superarse, eso no autoriza a poderes castradores exteriores al individuo a someterlo a una disciplina del cuerpo, o a una exclusión social"


8 comentarios:

Unknown dijo...

Otra entrada genial. Felicidades Estrella

ACORAZADO CINÉFILO dijo...

En esta segunda parte del estudio sobre la discapacidad en el cine, la investigadora Estrella Millán continúa explorando películas no tan conocidas (incluso alguna casi inaccesible al público español) buscando el factor humano y estético en el tratamiento de la limitaciones físicas y psíquicas en la vida laboral, afectiva, sexual y creativa de personas que han sufrido discriminación y, en las peores épocas, persecución. ¡Qué miedo a la diferencia! ¡Qué tiranía conceptual y estadística que obliga a los hombres y mujeres a ser "normales", según lo establecido por el canon del poder normativo! No olvidemos cómo me impidieron ser zurdo en mi infancia. ¡Era visto como una desviación patológica y moral! Y eso que no era ninguna discapacidad, pero el poder normativo nos hacía creer que era un mal hábito, una "flaqueza" del espíritu, que debía ser "recto". Hay una diferencia sutil pero esencial entre no resignarte a tus límites y que otros te impongan cómo vivir. Este brillante estudio sobre la discapacidad en algunas películas (y hay que agradecer que no se analice solo el cine yanqui) tiene la virtud de recordarnos que, si bien el humano ha de luchar por superarse, eso no autoriza a poderes castradores exteriores al individuo a someterlo a una disciplina del cuerpo, o a una exclusión social

Estrella dijo...

Gracias.

Paco Sepúlveda dijo...

Realmente MAGNÍFICO, Estrella.

Anónimo dijo...

Felicidades EStrella. Otro magnífico artículo. Los Santos Inocentes es una verdadera delicia. Gracias por aportar también películas nuevas, que ni conocía. Eso sí que es un arte porque nos enriquece. Las tortugas también vuelan debe ser escalofriante. Es penoso que las guerras por fuentes de energía, por imperialismo o por cualquier otra razón rastrera, tengan estas consecuencias para las poblaciones de estos países, y sobretodo para los niños, que son mucho más víctimas. Matar a un ruiseñor tengo muchas ganas de verla otra vez. ES una atrocidad también que en la ESpaña de los años sesenta, el entorno rural fuera tan despiadado con esas personas, que eran mano de obra barata e inculta. El Estado es despiadado con los discapacitados. Esto no se puede consentir. Enhorabuena a ti también Francisco Huertas por ilustrar este magnífico artículo
Mauela Pilar Millán SAnjuá

Estrella dijo...

Este colectivo tan maltratado merece un reconocimiento de la población y del sistema para que se les garantice calidad de vida e igualdad de oportunidades.
Con esta segunda parte incluyo muchas peliculas, huyendo de las comerciales y buscando las que denuncian más las calamidades y penurias que han sufrido.
Y te debo que me hayas introducido en el cine soviético más inaccesible, haciendo que pueda ver más allá de Eisenstein y Tarkovsky.
Gracias por tu magia.

jdavdlopezsalas dijo...

Buen análisis Estrella.Quizás eché en falta un gran clásico, "Johnny cogió su fusil"o es que anda la otra parte de este artículo. Sea como sea, chapeau, descubrí películas muy interesantes, como esa de "las tortugas también vuelan"

Lluís Bonet dijo...

Estrella, enhorabuena por estos artículos. Hay muchas película que des conocía. Espero la tercera parte.