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jueves, 16 de julio de 2026

"Los isleros" (1951). Lucas Demare. Cine clásico argentino: vidas fluviales. Tita Merello, actriz dramática. Francisco Huertas Hernández

"Los isleros" (1951). Lucas Demare. Cine clásico argentino: vidas fluviales. Tita Merello, actriz dramática. Ensayo. Francisco Huertas Hernández


"Los isleros" (1951). Lucas Demare
Rosalía "Carancha" (Tita Merello). La mirada rapaz en claroscuro resume la historia: una mujer salvaje que posee en sí la furia de la naturaleza



Prólogo: habla el río. No es bueno que el hombre esté solo. Una mujer brava

 "Los isleros", rodada entre 1950 y 1951 por Lucas Demare, es un clásico del cine argentino que supuso la consagración dramática de la icónica Tita Merello (1904-2002). Basada en una novela de Ernesto López Castro (1902-1962) publicada en 1943 y adaptada al cine por él mismo, la historia se sitúa entre la lucha heroica de los habitantes pobres de las islas del delta del Paraná y una subtrama de transterrados europeos. La fuerza del filme deriva de su protagonista absoluta, por encima incluso de la imponente Tita Merello: el agua, cuya voz en off abre y cierra la historia.

 La cinta se estrenó el 20 de marzo de 1951 en el cine Ópera de Buenos Aires. Obtuvo ocho premios Cóndor de Plata en 1952 (mejor película) y Tita Merello la rompió.

 El agua es un elemento de vida y de muerte. Ella proclama en la primera secuencia: "Soy una fuerza eterna. Una fuerza, a veces ciega, que cumple la fatalidad de un destino. Con mi trabajo silencioso he procreado estas islas". Construye, destruye y reconstruye la vida. "Soy el río, un río" y los hombres le hacen frente con su lucha heroica, aunque en su convivencia y pugna también ellos se hacen un poco río, un poco árboles, un poco pájaros. "Son isleros; ¿serán ellos, acaso, las islas?" Y esos isleros aguantarán todas las calamidades mientras tengan una canoa, un espinel y un rancho... "Isleros, la soledad les hace más fuertes. Isleros, cuántas veces me detengo a espiarlos".
 
 Y así cuando termina su prólogo literario el río -filmado en panorámica y travelling de avance con la cámara en la embarcación- entra el hombre a caballo, el islero. La película se rodó en San Pedro, en la margen derecha del Paraná, junto a la desembocadura del río Arrecifes. Una decisión importante de Demare fue filmar en escenarios naturales todos los exteriores, reservando los Estudios San Miguel sólo para el interior de la cabaña. De hecho fue una de las últimas películas realizadas en los platós de Bella Vista, que dejó de funcionar en 1952.
 
 Agua frente a hombre recrean el mito. Leandro (Arturo García Buhr), el protagonista sufre las burlas por estar sin mujer ("consígase una tropa vaquillona" le dice otro islero). En el inicio Leandro buscará una compañera por los pueblos aledaños. Y encontrará a Rosalía (Tita Merello), llamada "La Carancha" (ave rapaz diurna, semejante a un halcón) que desafía la sumisión rural de las mujeres. Leandro le lleva la pesca recién capturada, le regala un caro perfume (el "agua florida... que huele más fuerte que las flores") y la invita al baile, aún confesando al llegar que él no sabe bailar. La mirada (¡sus impactantes ojos de china criolla!) y las palabras de la Carancha anticipan el fin de un entrerriano borracho (Luis Otero), un predador de pulpería que hostigaba a Rosalía, que muere apuñalado fulminantemente ("échenla, Carancha, perra, me has rojeao").

 En esta primera parte de la historia, Tita Merello tiene la fuerza sexual de la ira milenaria de la humillación y la pobreza. El espectador no argentino descubre por qué Tita de Buenos Aires es una leyenda: la mujer del pueblo que había sobrevivido en las condiciones más deplorables emana sensualidad y poder, incluso en sus gestos exagerados, y, sin embargo, naturales. Esta secuencia de la milonga y la muerte del entrerriano filmada en alternancia de planos generales, medios y primeros, con marcado claroscuro, en la herencia de John Ford, es sobria, eficaz narrativamente, y expresa el pathos sobrenatural ("tiene ojos de bruja") de la Carancha. El paisaje del litoral -como el de Monument Valley- aplasta al humano, pero éste se rebela en lucha feroz contra la Naturaleza. La irrupción de la tragedia en la fiesta comunitaria, el orgullo de los desheredados, todo ello mostrado con encuadre perfecto, profundidad de campo y luz contrastante, son otras marcas comunes a Ford y Demare.


Una pareja de isleros. Quehaceres y amanse de voluntades. La odisea del parto

 La pareja se instala en el rancho del islero. La hembra brava desafiando la sumisión rural de las mujeres encarna un raro arquetipo, lejos de la femineidad convencional criolla y del refinamiento intelectual urbano. Rosalía no habita el rancho, lo disputa. Esa fuerza bravía de la mujer ave rapaz es semejante al río. Su amenaza de pegar la vuelta cuando quiera resonará en Leandro de por vida ("así como voy porque se me da la gana, me vuelvo cuando se me dé la gana. Digo, a lo que nunca tuve patrón", dice Rosalía en la barca yendo a su nueva vida).

 "Desde ese momento, Leandro Lucena trabajó sin descanso. Acostumbrado a mis periódicas avalanchas parecía desafiarme al aceptarlas serenamente. Así carpió la tierra y fecundó la isla. Es que ahora había una mujer en su rancho", interviene el río nuevamente, en un interludio lírico con música de Gilardo Gilardi (1889-1963), de gran riqueza tímbrica y atmósferas debussyanas. Mientras el agua declama, vemos el río crecido anegando la tierra, y a Leandro a caballo, y con su perro Moro, cazando patos. 

 Antes del nacimiento del hijo, el duelo de voluntades se resuelve al imponer el hombre su ley (escena del rebenque, bellísima transfiguración de Rosalía y Leandro desencantado arrojando una piedrita al agua que refleja su imagen). La convivencia inicial de los dos extraños conjuga los quehaceres de la casa y la lucha por el poder. 

 "Si antes hablaban poco, ahora apenas cambiaban palabras" interviene el narrador omnisciente, el río, sobre esos encuadres divididos e iluminados por el operador Mario Pagés (1914-1996) con sombra de pajonal y luz de agua, cercanos a Gregg Toland. 

 La noticia de la dulce espera de Rosalía, revelada por alusiones, lleva a la cámara al primer plano más hermoso de Tita Merello: mirada dulce y confiada, media sonrisa. Demare ha eludido la pasión y la ternura, y, fuera de plano, muestra el quiebre de Rosalía. Tita nos enamora inesperadamente, el ave de presa, la vaquilla se transmutó en Madonna. García Buhr también está espléndido en su rol. Un hombre simple y sin malicia ("la pucha, ni lo soñaba que juera tan fácil") que habla con el lenguaje rural y pausado del criollo, evocando al Martín Fierro, pero sin el sino del cuchillo.

 Diré que toda esta primera parte es cosmogónica: el elemento fecundador, la búsqueda de la pareja y la anunciación de nueva vida. Como en el filme "Araya" (1959) de Margot Benacerraf, un poema visual de la sal, asistimos en "Los isleros" al nacimiento del mundo. Merello, Buhr y el agua son la trinidad del Génesis del Paraná.

 La época de la crecida presagia un parto difícil. Rosalía mirando la cesta, que "más que cuna parece nido", espera con semblante sereno. Pero "la criatura viene demorada", según doña Manuela. Y pide al islero que la lleve urgentemente a San Pedro. En mitad de una espantosa tormenta, y con Rosalía desfallecida, Leandro la transporta al hospital. Es la secuencia más dramática: la muchacha se muere de fiebre, deshidratada y sin fuerza, implora agua, y el islero le da de beber agua del río. El montaje alterno del oscuro cielo, el bramido del trueno, el hombre remando con fe y la mujer resistiendo el dolor del parto, constituye una odisea fluvial donde los elementos de la naturaleza y la fragilidad humana se funden en un solo grito de supervivencia.

 El niño nace en el hospital de San Pedro. La madre sobrevive, pero la religiosa conmina a Leandro a contraer matrimonio para bautizar a la criatura. Un nuevo quiebre en Rosalía, cuya mirada recupera la rabia y el odio en un salvaje instinto de posesión del hijo, cierra el ciclo cosmogónico del filme, con el gurí en sus brazos. La madre musita: "Toño, Toño" y en bello plano fundido vemos al chico ya crecido saludando al Golondrina (Roberto Fugazot) que navega en su lancha proveedora.


La juventud de Toño. El drama familiar: Toño encuentra mujer. Los celos de la suegra. Un episodio secundario: el fugitivo europeo. La gran inundación

 La vida fluye como el río, y serena, juega con la ribera, como el niño en su inocencia del tiempo. Demare ha filmado al chico dorsalmente y en contrapicado en un estilo John Ford, porque el niño no tiene presencia. En nuevo plano fundido, Toño ya es un joven mozo criollo (Mario Passano).

 Toda la segunda parte de la película tiene otro tono. La cosmogonía deviene drama familiar. Los personajes se multiplican; si en el origen era el agua, y luego la pareja, ahora es la comunidad, surgida de la pareja ampliada y envejecida. Tita Merello, encanecida, sujeta la brida del pibe que, aunque es feliz en la isla, es tentado para ir a laburar a San Pedro, con sus romerías y bailongos. El espectador siente la sexualidad amenazante de la Carancha joven, pero ahora su figura emana la aspereza de los años. El director ha dado el relevo de la sexualidad animal de la inigualable Tita Merello a una mina que competirá con ella en el amor de Tonio. Una contrafigura angelical de la demoniaca Carancha paseará su belleza inmaculada por el rancho islero.

 Una trama secundaria presenta a German Koehler, el Gringo (Enrique Fava), que supone un extraño giro quasi policial, y cuya historia se resolverá con la venida de su novia europea (Alita Román). Germán, personaje extraño, frecuentará el rancho de los Lucena, a través del común amigo, el Golondrina, que defiende las islas como un espacio extraterritorial de refugio y aceptación del desheredado ("vea amigo, aquí en las islas nadie averigua nada, ni a nadie le interesa lo que un hombre haiga hecho o deje de hacer. Cada uno se guarda las cosas bien adentro porque son suyas y de nadie más").
 
 Usando la lengua criolla del Delta diríamos que, allá, la vida va entre las chalanas madereras (chatas isleñas) cargadas de troncos de sauces y álamos -donde los hombres montan el maderamen- y las gariolas de paja brava, juncos y totoras, y la vida son los trabajos y los días, citando a Hesíodo. El fugitivo es recibido sin preguntas ni sospechas y, con "canoa, trabajo y amigo" se convierte en un islero más. 

 Pero a nosotros nos conmueve más el destino de la familia de Leandro, Rosalía y Toño. El agua persiste, pero el hijo ocupa la posición de síntesis de las generaciones, cual corrientes que transcurren sin cesar. Si el río crece, también crecen los hijos, con la potencia vital de su juventud se abren paso entre sus progenitores en busca de nuevas riberas, y otros brazos fluviales con los que convergen para, unidos en un solo cauce, seguir su viaje hacia el mar.

 Berta (Graciela Lecube), en plano medio corto frontal, avanza por el río en la lancha, contemplando el nuevo mundo, inquieta y confiada en Toño, que en la proa, ve alborozado que "agrandaron el rancho". Allá a San Pedro mandó el viejo al hijo a buscar mujer, y ahora el muchacho regresa al hogar islero. Y en el abrazo de hijo y madre, la mirada atravesada de Tita a su rival, joven y hermosa, subraya el conflicto central de este drama familiar. Es una rivalidad edípica, o, si se quiere, un curso nuevo de agua que desplaza al viejo, siendo la humana condición resistirse a pasar: la madre no renunciará al hijo por más que éste navegue ya sin guía. La Carancha rechaza el abrazo de su nuera, mas Leandro abraza a la muchacha ("ésta es su casa m'hija"), que "es hija de chacarero" de padres piamonteses (gringos del campo). ¿La delicada joven será lo suficientemente fuerte para adaptarse a la ruda vida islera?

 En la primera comida de los cuatro, filmada con profundidad de campo muy fordiana, los anfitriones preguntan a la mina por las islas, y ella responde con ingenua franqueza forastera que las encuentra tristes. Y algo peor que la tristeza irrumpe: las víboras que sobresaltan con su silbido a Berta, en primerísimo plano: la amenaza simbólica de la Madre Naturaleza. "De chica me asustaron con una víbora y me quedó el miedo". El candor de Berta potenciado con una luz deslumbrante -filmada con reflectores frontales- configura un espacio nuevo. O ese rostro brillante se apaga en el pajonal o los habitantes del pajonal reciben esa luz. Cuando el escarmentado siente pudor de identificar la belleza y el bien en la luz pura de la inocencia sólo queda el sórdido mundo discepoliano del arrabal. Pero, oh espectador atento, abre el corazón a la luz de Berta que evoca la platónica fusión de belleza, bien y verdad, en el amor. Berta es pura, no por su rubia faz, su juventud o su origen chacarero, es pura porque ama profundamente a Toño. Y ahora nosotros sentimos ese amor en su luz y su dulce voz, a pesar del comentario venenoso de la suegra: "es floja, no vale pa nada".

 La Carancha descubre una posibilidad perversa, arreando a Berta a monte ajeno: despertar la pasión mutua entre el extranjero fugitivo y la nuera, que la mira embelesado como reconociendo en ella a alguien de su pasado. Un plano picado inclinado de Germán sirve a Demare para evocar lo perdido en Europa, la nostalgia del exiliado, mientras Berta se sienta a coser. ¡Qué hermosa Graciela Lecube, que ya olvidamos a la joven y sexual Tita de la primera parte!
 
 Toño sacó a pasear por la isla a su esposa que vio asustada un carancho en lo alto de un árbol ("¿por qué mira tan fijo?"). Y de seguido, una vaca agonizando picada por una yarará. Berta, cercada por un mundo hostil: una suegra que le agarró la bombacha del hijo que iba a lavar Berta; unos animales que acechan escondidos en el pajaveral; una tristeza de una vida sin variaciones. 

 Berta es la imagen viva de la novia que quedó en Europa. Ella misma se lo escucha decir al gringo al que sonsaca la malévola suegra, incitando al joven a que busque una mujer "gringa, o hija de gringos, más o menos como Berta". Demare acumula tensión y la muchacha va sintiendo el cerco cada vez más estrecho. 

 Una escena erótica jovial del baño en el río muestra a una recatada Berta en ropa interior blanca entre los juncos, avergonzada mientras Toño nada pletórico tras despojarla de su corpiño. Pero el río es traicionero, incluso en el remanso, y Berta está a punto de morir ahogada, y eso podría ser peligroso para la criatura que lleva en su vientre. Demare ha ensamblado erotismo, drama y esperanza en una sola secuencia. "La pucha, se nos va a llenar la isla de gente", dice Leandro feliz rascándose la cabeza, pero Rosalía tuerce el gesto entre los cacharros.

 Y una caravana de canoas festivas atraviesa un brazo del río mientras la pareja de futuros padres pasean abrazados en bello plano general descentrado. El futuro multiplica a los hombres. Recordemos cómo en el inicio sólo era el agua, el hombre solitario y la mujer brava. 

 Un baile en casa de los Mallorquín por la boda de sus hijas desata los celos de Toño que descubre la mirada cruzada de su mujer y el extranjero ("¿si me estás codiciando a la mujer") y el forastero responde angélico ("miro a tu mujer con ojos limpios, sin suciedades. Berta me recuerda a la mujer que quise mucho y que quizás ya no vive, ¿comprendes?"). ¡Y cómo esquiva (gambetea) lo melodramático y la tragedia pura la película, la novela! Berta y el extranjero que estarían predestinados a ser amantes en una historia convencional, aquí son luz que disuelve la bruma del río. 
  Toño confiesa, remando de regreso, a su mujer asustada que hubiera matado al gringo "si no me dice lo que me dijo". La vida fluvial es incontinencia y furia irracional bajo la tranquila superficie del agua. Toño es tan violento como su madre. La ley de los hombres no reina en este espacio extraterritorial, donde los elementos dan vida y la quitan.

 Berta ya no soporta la isla, tiene miedo por su hijo, quiere volver a San Pedro. Mas la Carancha manipula a Toño haciéndole sentir débil para que domeñe a Berta ("me tenés cansado con tus pavadas, que me dejés de cargosear"). Si la Carancha fue amansada por Leandro, ahora ella pretende hacerlo con Berta a través de su hijo, y si la Carancha es un ave rapaz, carroñera, de plumaje pardo, mimetizado con el barro, grito áspero y monocorde, Berta, por contra, es una jacana, ave pequeña, de plumaje amarillo, deslizándose suave sobre los camalotes. Que Toño confunda el yugo materno con la hombría es un accidente pasajero, pues "dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne" dice el Génesis. Toño tiene la ternura paterna en el alma, del que recibe protección y consejo.

 Leandro tranquiliza a su nuera: los isleros se hacen duros y su nieto resistirá todos los peligros ("a todo se va a hacer baquiano. ¿Cómo se crió Toño? ¡Y vea si salió juerte! Se crió en esta pelea con las islas y el río"). Arturo García Buhr en plano frontal contempla a su hijo, enmarcado por la ventana. ¡Qué interpretación más austera y conmovedora!

 Una "creciente brava" se viene. "La sudestada no afloja", comenta Leandro a Toño. El cielo cabalga encrespado sobre el río que puede traer a las víboras hasta la casa (rancho), alzada sobre troncos. También es necesario salvar el ganado, pasándolo a la otra orilla. La familia Lucena está sitiada por la naturaleza bravía, y la temerosa jacana Berta saca valor ("Si todos se quedan, yo también puedo quedarme"). Se ha hecho "dura y fuerte como mi vieja" afirma Toño liberado. Los planos medios en escorzo de alto contraste son espléndidos. La luz del rostro de Graciela Lecube y la gallardía de Mario Passano son el ancla de la vida embestida por la furia de la corriente. Leandro y Toño se marchan con el ganado (la hacienda), y Berta aterrada descubre que, quizás, tengan que pasar el río nadando a falta de balsa ("¿van a arriesgar la vida por unos animales que ni siquiera les pertenecen? ¿Van a desafiar esa correntada que arranca árboles, arrastra camalotes y voltea ranchos?"). El fatalismo de Rosalía ("es la vida del islero") frente al grito de rebeldía moral de Berta ("¡Nooo, nooo!").

 Los dos hombres, en una secuencia clímax, con montaje rítmico, acelerado, planos cortados rápidamente, que alternan la tropa, el arreo de las vacas, con los agitados movimientos a caballo y en canoa de los héroes isleros, luchan por salvar una hacienda que ni siquiera es suya: la servidumbre ante los patrones (ausentes en la película) sólo es posible por el apego a la tierra, a las tradiciones y el fatalismo irreflexivo. La música de Gilardo Gilardi queda ahogada por los mugidos y gritos del rodeo. ¡Lo consiguen!

 En la espera las dos mujeres estallan. Berta no se calla, ella también se hara dura como cualquier islera, como la Carancha, que la desprecia por floja. "En la isla vivimos como animales, pero a Toño le gusta esto. Claro, él nació y se crió aquí. No sirve pa vivir en el pueblo. Por eso le digo que a usted le hubiera venido mejor casarse con un chacarero", destila su veneno la vieja, que quiere apartar a su hijo de la muchacha. "En las islas no hay más que pobreza y víboras", continúa la tortura de la Carancha, en su acoso y derribo. 
 Los hombres regresan al rancho, sanos y salvos. 

 El agua, narradora admirada, retoma la reflexión sobre la eterna lucha: "Pero ni aún acorralados se entregan. Apenas les doy una tregua, se levantan de nuevo para enfrentarme otra vez, para luchar con más fuerza". Los isleros, incluyendo a Berta, reconstruyen lo destruido. "Da miedo ver la tierra bajo el agua. Las islas parecen muertas", exclama con la mirada perdida la joven. "Ajá, parecen muertas, pero no lo están. Ya ve, apenas se jue el agua y el sol calentó la tierra, la vida vuelve con más fuerza. Es como la gente que después de peliar mucho le toma más gusto a vivir", sentencia Leandro. ¿Cómo no escuchar aquí el tono, la lengua y la sabiduría popular del "Martín Fierro"?

 La Carancha no se da por vencida y mete una víbora en la casa, pero Leandro la mata a tiempo. En su locura de posesión maternal quiere destruir a la rival en el cariño de Toño, y Leandro, resignado, pide a su hijo que se vayan después del parto: "las mujeres no andan en buenas relaciones". Y la bondad de Berta la ha perjudicado.

 El parto viene difícil. Berta tiene una gran fiebre y boquea la muerte. La historia se repite, y la suegra, que tanto mal le desea, es la que la ayuda a dar a luz y salva su vida. Un nuevo quiebre en La Carancha que vuelve a ser Rosalía, entre lágrimas de piedad. Leandro se ha mantenido siempre como el remanso de paz y el cabo a tierra. 

  Y, finalmente, la joven pareja partirá a San Pedro, para que la criatura salga jacana y no carancha. 

 El episodio del gringo fugitivo Germán se resuelve con la llegada de su novia (Alita Román) al rancho de Leandro, aclarando el malentendido de su fuga: la subprefectura le buscaba a pedido de... su propia novia, porque él no había matado a nadie allá en Europa. Hay algo en esta historia que recuerda las novelas intercaladas en la Primera Parte del Quijote: desvían la atención de la trama única de los Lucena. Pero es el amor leal que sirve de contrajemplo a Rosalía, que escucha en silencio, y sale en la canoa y trae de vuelta al fugitivo, cuando ya Leandro recordaba las antiguas palabras de ella: irse cuando quisiera. Rosalía fue remando sola aguas arriba, durante horas. 

 En un final de esperanza, Rosalía, dice "tendrá que hacer rancho nuevo pa cuando vuelvan los hijos". La pareja retorna al rancho y la cámara se aleja, fundiéndose el elemento humano con el acuático en el plano en el que el río concluye: "Y así, una y mil veces van a rehacer lo que destruya el agua. La tierra, o los mismos hombres, son un poco árboles, tienen algo de río, de masiega. Son isleros".
 Fin


Dimensión política de "Los isleros" y el cine de Lucas Demare
 
  El cine de Lucas Demare (1910-1981) creó -según Adrián Muoyo una épica local de argentinidad criolla y urbana, con películas de tema histórico gaucho -"El cura gaucho" (1941); "La guerra gaucha" (1942) a partir de L. Lugones; "Pampa bárbara" (1945)- o porteño -"El hijo del barrio" (1940); "La calle grita" (1948); "Mercado de Abasto" (1955); "Detrás de un largo muro" (1958)-. La coproducción hispanoargentina "Hijo de hombre" (1961) basada en la novela de A. Roa Bastos obtuvo un premio en el Festival de San Sebastián. 

 Demare, que provenía del tango como el otro realizador insigne de la época Hugo del Carril, recibió la herencia de los clásicos: de John Ford, como he señalado, y del neorrealismo italiano, y, ante todo era un gran narrador de historias -eso que el cine actual ha perdido-, apoyado en excelentes guionistas -Homero Manzi-, operadores de fotografía, compositores y actores. Su forma de encuadrar revelaba el gusto por la simetría, la plasticidad, la profundidad de campo. En largometrajes cimeros como "Guacho" (1954), la película que Tita Merello dijo ser su mejor interpretación, o "Su mejor alumno" (1944), ganadora de cinco premios Cóndor de Plata en 1955, sus cualidades brillaban. Es triste constatar que hoy todo este cine está bastante olvidado para el gran público argentino, aunque, bien mirado, esto afecta a todas las artes. El espectador ha perdido el conocimiento, el gusto y la costumbre de ver, leer y escuchar a los grandes clásicos, y Lucas Demare lo era. 

 El cine latinoamericano, por las vicisitudes históricas de sus respectivas naciones, siempre ha tenido una dimensión política. En su ensayo "Cine argentino, peronismo y argentinidad. El caso de Lucas Demare" Luis García Fanlo, cree que "las películas de Demare se caracterizaban por una 
composición realista de la argentinidad que además se asociaba a una estética-política y un discurso ideológico-cultural claramente definido y diferenciado tanto de los discursos patrióticos positivistas como de los nacionalistas conservadores. Y al mismo tiempo tenía la capacidad de inscribir historias típicamente argentinas en estilos 
norteamericanos o europeos, como es el caso de "Pampa bárbara" que está concebida y filmada según las reglas y procedimientos del western".
 Demare fue uno de los fundadores en 1941 de Artistas Argentinos Asociados, con Enrique Muiño, Homero Manzi o Francisco Petrone. García Fanlo afirma algo discutible por perogrullesco: que el cine de Demare es para la clase media, la gran olvidada en la Argentina. No creo que "Los isleros" responda a ese perfil de público. En la biografía escrita por Ricardo García Oliveri sobre Demare se considera "Los isleros" la última gran obra del "director, nacido en Abasto, criado en España y ferviente defensor de la argentinidad, tanto porteña como del interior del país". Poco aporta García Fanlo al conocimiento de la esencia del cine de Demare, pues su planteamiento se centra en peronismo y antiperonismo, una deformación argentina que tanto daño ha hecho al país y a sus artistas: la misma Tita Merello hubo de abandonar la patria perseguida por los militares tras el golpe de 1955.


Conclusión

 Tres próceres del tango -Tita Merello, Lucas Demare (no confundir con su hermano Lucio Demare) y Roberto Fugazot- confluyeron en esta obra maestra del cine.

 Puede parecer ajeno el tango porteño a una historia rural del delta del Paraná, pero, de alguna forma, el ritmo de 4/4, propio de la Guardia Nueva del Sexteto de Julio de Caro, es la respiración de esta película. Alternan en el filme golpes de tensión dramática violentos junto a pasajes líricos. La Naturaleza y sus habitantes luchan y reposan rítmicamente.

 El bandoneón, que tocaba en España de joven Lucas Demare, respira en el abrir y cerrar de su fuelle, como respira el río que discurre junto al rancho de Leandro. Incluso los personajes tienen su equivalencia: Tita Merello aporta ese ritmo sincopado, más primitivo de la Guardia Vieja, en 2/4, repleto de stacattos. Arturo García Buhr es el bajo continuo de la orquesta típica, de ritmo pausado y discreto, sosteniendo a todo el grupo, pero apenas interpreta solos. Para ello, están los jóvenes intérpretes: Graciela Lecube, que podría ser un violín de Enrique Mario Francini; Mario Passano, un primer bandoneón, aunque no demasiado creativo. Roberto Fugazot, secundario, como El Golondrina, fue un cantor de cierta fama.
 Críticos cinematográficos observaron en el cine de Demare un sentido rítmico innato, en las transiciones de planos, las elipsis temporales (recuerden el Toño niño, en plano general dorsal, al que no vemos el rostro, fundiéndose en apenas un minuto con el joven que navega por el río) y, en general, en la fuerza que la cámara transmite. 

 Proseguir la analogía (metáfora) tanguera de "Los isleros" no es algo forzado, sino natural. Pero ustedes podrán comprobar contemplando esta película lo que era el cine que sabía contar historias; sostener un ritmo, ora tenso, ora lírico; encuadrar plásticamente el conflicto de almas y el de los hombres y el río; y, en definitiva, crear belleza.

Francisco Huertas Hernández
1-16 de julio de 2026
 














"Los isleros" (1951). Lucas Demare.
Planos. Fotogramas destacados

"Los isleros" (1951). Lucas Demare.
Affiche original argentino


Los isleros
1951
Argentina
112 minutos
Drama
Dirección: Lucas Demare
Ayudante de dirección: Rubén W. Cavallotti
Guion: Ernesto L. Castro sobre novela homónima propia
Música: Gilardo Gilardi
Fotografía: Mario Pagés
Montaje: José Cañizares
Escenografía: Gori Muñoz, Manuel Vilar
Productora: Estudios San Miguel
Productor Asociado: Horacio Guevara
Ayudante de dirección: Ángel Acciaresi
Sonido: Víctor Bobadilla
Cámara: Carmelo Lobótrico
Maquillaje: Esteban Baloc, Marta Espinach, Álvarez Lamas, Blanca Olavego

Protagonistas: 
Tita Merello: Rosalía "Carancha"
Arturo García Buhr: Leandro Lucena
Mario Passano: Toño
Graciela Lecube: Berta
Enrique Fava: Germán "El Gringo" Koehler
Roberto Fugazot: "El Golondrina"
Alita Román: Grete, novia de Germán
Luis Otero: "El Entrerriano"
Salvador Fortuna: lanchero
Matilde Rivera
Aurelia Ferrer
Orestes Soriani
Cayetano Biondo: ebrio en baile
Mecha López: Doña Manuela
Max Citelli
Lucas Demare
José Cañizares


viernes, 13 de junio de 2025

Roberto Arlt (1900-1942): "El juguete rabioso" (1926). Una novela de aprendizaje (1). Francisco Huertas Hernández

Roberto Arlt (1900-1942): "El juguete rabioso" (1926). Una novela de aprendizaje (1)
Francisco Huertas Hernández


Roberto Arlt: "El juguete rabioso" (Novela)
Colección de Autores Noveles. Editorial Latina. Buenos Aires. 1926
Primera edición


 La primera novela de Roberto Arlt, "El juguete rabioso", marca un acontecimiento en la literatura argentina, ya que supone un nuevo rumbo en el arte narrativo. El marco rural se desplaza a la ciudad, y el protagonista carece de ideales nobles, imbuido de rocambolescas lecturas de folletines y lanzado a acciones delictivas como modo de heroicidad suburbana. 

 Roberto Godofredo Christophersen Arlt nacido en el barrio de Flores de la capital argentina en 1900, hijo de emigrantes germanoparlantes, representa al emigrante de segunda generación. Esta temática estará muy presente en "El juguete rabioso" y desaparece en el resto de sus novelas. 
 La penuria económica y la tiránica figura del padre odiado dan un color sombrío a su infancia. Arlt no tenía estudios. Llegó únicamente a tercer grado, con diez años. Luego, pasó por la Escuela Mecánica de la Armada, de donde fue expulsado.

 Paradójicamente, su imaginación se desarrolló en dos vertientes: una artística: observar y escribir sobre la realidad circundante; y otra técnica: inventar todo tipo de artilugios. Abandonó pronto el hogar y pasó por diversos trabajos, siendo un muchacho cuya universidad fue la calle, hasta que llegó su laburo como periodista en "El Mundo", con una columna, que devino en sus "Aguafuertes porteñas".

 Destacan tres grandes influencias en "El juguete rabioso": Baudelaire, Dostoyevski y Baroja. Siendo el modelo del género picaresco la matriz de la obra, más que la Bildungsroman, pues los personajes no construyen una madurez fruto de la experiencia, sino una supervivencia sin provecho alguno para el caracter moral. La lucha por la vida de Silvio Astier deriva claramente de la de Manuel Alcázar en "La busca" (1904), primera obra de la trilogía de Baroja. Arlt es más crudo que Baroja, y uno siente que sus profundidades también son mayores, aunque no sería hasta sus dos obras mayores -"Los siete locos" (1929), "Los lanzallamas" (1931)- cuando el autor de Flores alcanzaría toda su hondura metafísica y densidad psicológica abismal. 

 El misterio de la vida es el cruce doloroso entre el fracaso y el lirismo. El desgarro sexual, el abandono de Dios, la miseria de los padres, la traición de la gente, la mentira e hipocresía social que siempre encubre la explotación y la humillación, todo ello condensado en la derrota de un mundo sin amor, expresado en el hampa de Buenos Aires, en el tiempo en que nacía el tango y los malevos y cafishios eran todo el horizonte heroico de un mundo sórdido. 

 "El juguete rabioso" se divide en cuatro capítulos: 1. Los ladrones. 2. Los trabajos y los días. 3. El juguete rabioso. 4. Judas Iscariote. 

1. Los ladrones

 En la primera parte, un adolescente Silvio Astier de unos catorce años, que vive con su madre en Flores, sueña con emular a sus ídolos bandolerescos, descubiertos por un viejo zapatero andaluz cojo, cuyos diálogos son transcritos fonéticamente de manera muy divertida por Arlt. "Entonces yo soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos... Necesitaba un camarada en las aventuras de la primera edad, y éste fue Enrique Irzubeta. Era el tal un pelafustán a quien siempre oí llamar por el edificante apodo de "el Falsificador"". El lector podría creer que estamos cerca del universo de Richmal Crompton que había editado "Just William" en 1922, pero William Brown es una colección de historias naifs para niños. La pandilla de "Los Proscritos" de Guillermo Brown poco tiene que ver con El Club de Ladrones formado por Silvio, Enrique y Lucio, no sólo más mayores sino más lacerados en sus vidas. Tampoco estamos ante una parodia de los folletines de Rocambole, escritos por un tal Pierre Alexis Ponson du Terrail a mitad del siglo XIX. La transición de este personaje popular de aventuras desde el mal al buen ladrón, ingenioso y caballeresco, que dibuja sotas de corazones como firma de sus delitos, es el modelo del cual habla al principio de "El juguete rabioso", Silvio.

 "De esta unión con Enrique, de las prolongadas conversaciones acerca de los bandidos y latrocinios, nos nació una singular predisposición para ejecutar barrabasadas, y un deseo infinito de inmortalizarnos con el nombre de delincuentes...
 Y para iniciarnos dignamente decidimos comenzar nuestra carrera desvalijando las casas deshabitadas...
 Trabajábamos instigados de cierta jovialidad dolorosa, un nudo de ansiedad detenido en la garganta, y con la presteza de los transformistas en las tablas, riéndonos sin motivo, temblando por nada...
 Pero no se vaya a creer que circunscribíamos nuestras hazañas sólo a las casas desalquiladas. ¡Quiénes como nosotros para el ejercicio de la garra!
 Avizorábamos continuamente las cosas ajenas. En las manos teníamos una prontitud fabulosa, en la pupila la presteza de ave de rapiña. Sin apresurarnos y con la rapidez con que cae un gerifalte sobre cándida paloma, caíamos nosotros sobre lo que no nos pertenecía".

 La narración arltiana es ágil y realista. Un aliento lírico insospechado sopla siempre en su escritura. Al principio eran dos pibes: Silvio y Enrique, pero necesitaban un tercero, un elemento de fuerza. Ellos eran los jefes.

 "- Tenemos que formar una verdadera sociedad de muchachos inteligentes.
 - La dificultad está en que pocos se nos parecen -argüía Enrique.
 - Si, tenés razón; pero no han de faltar.
 Pocas semanas después de hablado esto, por diligencia de Enrique, se asoció a nosotros cierto Lucio, un majadero pequeño de cuerpo y lívido de tanto masturbarse, todo esto junto a una cara tan de sinvergüenza que movía a risa cuando se le miraba.
 Vivía bajo la tutela de unas tías ancianas y devotas que en muy poco o nada se ocupaban de él. Este badulaque tenía una ocupación favorita orgánica, y era comunicar las cosas más vulgares adoptando precauciones como si se tratara de tremebundos secretos. Esto lo hacía mirando de través y moviendo los brazos a semejanza de ciertos artistas de cinematógrafo que actúan de granujas en barrios de murallas grises".

 Los tres tunantes prepararán su gran golpe. Usted, lector, puede elegir leer "El juguete rabioso", o buscar un pálido resumen en internet, pero lo que no podrá evitar es seguir leyendo nuestras meditaciones arltianas.

 Continuará...

Francisco Huertas Hernández
Viernes, 13 de junio de 2025
Cuando la Tercera Guerra Mundial estaba llamando a la puerta

martes, 27 de mayo de 2025

Roberto Arlt (1900-1942). Humillados, angustiados y marginales (1). Cuando la literatura hablaba de la insoportable verdad humana. Francisco Huertas Hernández

Roberto Arlt (1900-1942). Humillados, angustiados y marginales (1). Cuando la literatura hablaba de la insoportable verdad humana.
Francisco Huertas Hernández

Roberto Emilio Godofredo Arlt (Buenos Aires, 26 de abril de 1900 - Buenos Aires, 26 de julio de 1942)
Escritor argentino


 ""¿Qué es lo que he hecho de mi vida?". El personaje arltiano se hace continuamente esta pregunta, intentando responder a la angustia que le produce la contradicción entre su vida real y sus aspiraciones personales. Hubiera querido ser "puro", inventor, vivir una vida poblada de acontecimientos siempre distintos e inesperados, y no es nada más que un hombre cobarde y aburrido". Así empieza el libro que Diana Guerrero dedicó al autor porteño en 1972, treinta años después de su muerte. 

 Yo recuerdo que "El juguete rabioso" editado por Bruguera estaba en los mostradores de las librerías españolas a comienzos de los años 80. Me llamaban la atención el nombre del autor, al que no podía ubicar geográficamente, con ese apellido imposible de pronunciar, y el título de la novela con ese violento oxímoron. No la compré, y con el tiempo su nombre se disipó como tantos otros en el oceano del olvido.
 
 Fue el canal de YouTube "Asociación de Estudios Humanísticos" de Sebastián Porrini y Diego Ortega el que me trajo de nuevo a esta figura esencial de las letras hispánicas. Apenas escuchadas algunas reflexiones sobre la temática y talante literario del autor bonaerense supe que era urgente leerlo. Se dice que con él nace la narrativa argentina moderna. Un hecho, quizás no casual sino premonitorio: el mismo año 1926 se publicaron dos novelas: "Don Segundo Sombra", de Ricardo Güiraldes, y "El juguete rabioso" de Roberto Arlt. Arlt era secretario de Güiraldes, y mientras la primera novela es el cierre de la narrativa rural gauchesca de un autor consagrado que moriría al año siguiente, la segunda es el debut narrativo de un joven de apenas 26 años. El muchacho siguió el consejo del veterano y cambió el título de su primeriza novela, "La vida puerca", demasiado tosco para los lectores.

 Arlt abre un nuevo mundo: la ciudad, o más bien, sus arrabales, donde también se está fraguando el tango. La escritura violenta y poética a la vez, con un dominio de los registros de las jergas rufianescas lunfardas en espacios opresivos de delirio y deseo sexual, ambiciones de redención dostoyevskiana y el peso de una culpa teológica que persigue a los desgraciados personajes alejados de Dios, un Dios "canalla" que les ha abandonado en un mundo mecánico y alienado

Francisco Huertas Hernández
27 de mayo de 2025

domingo, 12 de enero de 2025

"Para siempre es ahora" (2024). Karina Grinstein. El tiempo redimido por el amor. Francisco Huertas Hernández

"Para siempre es ahora" (2024). Karina Grinstein.
El tiempo redimido por el amor. 
Francisco Huertas Hernández



"Para siempre es ahora" (2024). Karina Grinstein
Carlos Mena & Fernanda Mistral


 ¿Y si la eternidad fuera el instante presente vivido en un baile perpetuo? Karina Grinstein escribió una historia sobre dos ancianos que se reencuentran en un café de Buenos Aires. No tienen nombre y aunque fueron felices no quieren recordar sin más una vida que se les fue. Ella, antigua bailarina, sabe: "La muerte nos toca los talones, pero como yo bailo le va a costar más agarrarme". El cortometraje, filmado con delicadeza, cuenta con una fotografía de Leandro Magliocco tan luminosa en los rostros como en el mobiliario del café. Una claridad que es cordialidad y sincera confesión: no hay trampa en la historia. La actuación de Fernanda Mistral (Edith Dolly Peruyera, 1934) y Carlos Mena (1946) es encomiable: gestualidad natural, donde las miradas -ella, excepcional- y la entonación vocal son tan transparentes como la luz de la fotografía. Karina Grinstein mueve la cámara desde los objetos a las almas, de la materia al espíritu, aunque esto no es más que una apariencia, porque todo está habitado por el espíritu: la barra del café, las tazas, el cuaderno de dibujo, el lápiz, las mesas, todo ello se "abre" ante el "ser-ahí" que es el humano, como reflexionó Martin Heidegger (1889-1976). En esa "apertura" ante el mundo está el "cuidado" (Sorge). Siente el espectador ese "cuidado" en el desplazamiento de la lente a través de los encuadres y de los entes del mundo (micromundo del café) que son presentados con amor, porque vamos a ver el regreso de ese cuidado por los otros y las cosas en que consiste la apertura del ser humano a la vida: "eso que llaman amor para vivir" (Pablo Milanés)

 Él es un hombre que mira y dibuja. Su "cuidado" por el mundo -lo retoma reposándolo- en sus trazos de lápiz, y entre esos seres que acaricia con su mirada descubre al fondo del café a una mujer: Ella. Ahorraremos sus palabras. El espectador, sin embargo, atenderá con cuidado a cada palabra. En la profundidad de campo de la mirada de él se divisa la imagen de ella. Es la ἀναγνώρισις (anagnórisis), el "reconocimiento". Cuando uno queda "abierto" al "descubrimiento" de un ser, lejano, pero presente, pues forma parte de nuestra identidad. El amor es la ἀναγνώρισις pura, porque en él se "revela" quienes fuimos y con quiénes fuimos. Porque para "ser" o para "abrirnos al mundo" hay que "ser con otros". La manera más intensa, profunda y transformadora de "ser-con-otros" es amar. Basta con dos para amar. 

 Pero el amar -la acción- es algo que une en el tiempo, y el tiempo también separa. En el re-encuentro de esta pareja de la película el tiempo es el tema de la conversación. "El tiempo no está pasando", dice él. Ella replica con amargura: "¡Ya pasó!". "Ya, es ahora", sentencia metafísicamente él. Karina Grinstein retoma ideas de Aristóteles, San Agustín de Hipona, Nietzsche, Bergson y Heidegger. La relación entre el pasado, el presente y el futuro. El talante lleva a las personas a vivir en uno de esos tres horizontes temporales: recordar, actuar o esperar. Heidegger criticaba la visión impropia del tiempo de la opinión común como una "sucesión de ahoras". El protagonista quiere -voluntarismo- convertir el "ahora" en espacio. La protagonista intuye que el mismo espacio no tiene más entidad que el fluir incesante de los ahoras, que siempre se van, y se llevan esa felicidad de los amantes que se dicen "te quiero" en un ahora que parece eterno cuando se dice. 

 El espectador podrá identificarse con esta historia aunque sea joven porque el amor es siempre joven, como explicó Vladimir Jankélévitch (1903-1985): 

"... la très ancienne nouveauté de l`amour, avec la très vieille jeunesse de tout amour: l`amour est toujours neuf pour ceux qui le vivent, et qui prononcent en effet les mots mille fois depuis la naissance du monde qu`un homme disait la parole d`amour à une femme, comme si ce printemps était le tout premier printemps et ce matin le tout premier matin"

(... la muy vieja juventud de todo amor: el amor es siempre nuevo para aquellos que lo viven, y que pronuncian, en efecto, las palabras mil veces desde el nacimiento del mundo, cuando un hombre dijo la palabra amor a una mujer, como si aquella primavera fuese la primera de todas y aquella mañana la primera mañana del mundo)

 "Para siempre es ahora" tiene un aire francés, incluso en la canción "L'eternité c'est maintenant" compuesta y cantada por Juan Casasbellas con letra de Karina Grinstein, que parece del mismo Jacques Brel (1929-1978) o de Serge Lama (1943). El duelo interpretativo de dos eximios actores del cine nacional es tan delicado como el montaje de Liliana Nadal y transparente como la iluminación de Leandro Magliocco. Grinstein reúne todos estos elementos con una puesta en escena sobria y sincera

Francisco Huertas Hernández
12 de enero de 2025

sábado, 11 de enero de 2025

"El chicle" (2020). Karina Grinstein. Cine mudo: expresividad y mímica de un despertar de la vida. Obra maestra del cortometraje argentino. Francisco Huertas Hernández

"El chicle" (2020). Karina Grinstein.
Cine mudo: expresividad y mímica de un despertar de la vida. Obra maestra del cortometraje argentino.
Francisco Huertas Hernández

"El chicle" (2020). Karina Grinstein
David (Mariano Rojo) & Zoe (Zoe Peressini)
Beso de chicle

"El chicle" (2020). Karina Grinstein
Trailer



"El chicle" (2020). Karina Grinstein
David (Mariano Rojo)
El Hada (Viviana Mateo)



"El chicle" (2020). Karina Grinstein
Set. Hernán Statuto, Zoe Peressini, auto Little Rose, Karina Grinstein, Mariano Rojo

Resumen de todas las películas (cortometrajes) de Karina Grinstein


 "El chicle" es un cortometraje porteño de la directora Karina Grinstein. Todo surge en nuestro encuentro con el mundo. En un andén del subte la directora vio a "alguien haciendo un hermoso globo de chicle color rosa, quedarme mirándolo y diciéndome: ‘… se va a llamar así mi ópera prima…’". Lo que podría ser un simple inserto se transforma en un objeto fetiche de alto valor simbólico, y lo más importante es que el chicle hace innecesario el diálogo humano construyendo una narración visual de primeros planos y mímica, recreando el cine mudo de los años 20, sólo acompañada de la música camerística original de Leo Blumberg. En su tercera película, "La quietud, el beso y la flor" (vestigios de una PLANdemia)" (2021), la realizadora mantendrá el esquema formal, sustituyendo el chicle por una rosa, insistiendo en la denuncia social.
 La elección del blanco y negro es una decisión ontológica: el ser del protagonista, David (Mariano Rojo), está aislado, incompleto, encerrado en su represión, anhelante de vida. Al igual que pasaba en el film de animación británico "Yellow Submarine" (1968) de George Dunning, donde los Blue Meanies convierten en gris pétreo todo lo vivo, arrebatando el color, el movimiento y la alegría. Si allí era la música de los Beatles la que traía de nuevo la vida y el color a Pepperland, en este cortometraje es el chicle el que cumple esa función revitalizadora. Los globos de chicle en la boca redescubren el color (y el sabor) perdido del mundo. El rosa es el único color de la película. El azar trajo el auto rosa de Viviana Mateo que interpretó al Hada -Little Rose- siendo el equivalente a la Banda del Sargento Pimienta en la película de los Beatles. Y también por azar llegó la maquilladora de emergencia Eva Paraiso Pink.

 David, el sujeto de la historia, evoca claramente a Marcel Marceau (1923-2007), el mimo francés, aunque no tenga la cara pintada de blanco. Sus movimientos y la expresividad de su rostro ofrecen esa apariencia de mimo. Él se mueve y mira, pero le falta una conexión con la vida. Compra un chicle. Pero, ¿qué tiene el chicle de especial? Esta goma de mascar tuvo su origen en el látex de los árboles -Manilkara chicle- aunque más tarde se acudió a los polímeros como base sintética. El color rosa surgió por accidente en 1928 cuando Walter Diemer, de la compañía Fleer Chewing Gum, usó el único colorante que tenía a mano, en su nueva goma de mascar más elástica y menos pegajosa. El color rosa siguió usándose después por su atractivo para los niños y su asociación con el sabor dulce de frutas como la fresa, la cereza o la frambuesa. El simbolismo de este color evolucionó también en la identificación sexual de género. Todo ello sobrevuela la interpretación que espontáneamente puede realizar el espectador de la película. 

 Al carecer de palabras y diálogos toda la historia se cuenta en imágenes, filmada con maestría por Karina Grinstein, con encuadres, sobre todo primeros planos y planos detalle, magníficos del director de fotografía, Luciano Calello, que plasma imágenes de una gran transparencia, magia y belleza. David ve pasar a la dulce Zoe (Zoe Peressini), y se esconde. Ella aprieta su puño. Algo le sucedió. No lo sabemos. Son pareja, seguramente. El rumbo incierto del protagonista por una ciudad indeterminada, aunque sabemos que es Buenos Aires, topa con la alegría del Hada (Viviana Mateo) lanzando globos desde su auto rosa (primer y único color de la fábula). Ella convierte en rosa todo a su alrededor. David ve a los demás haciendo sus globos, sus burbujas de chicle, que inflaman el aire de un rosa elástico de deseo, vitalidad y expansión. Pero él no puede. El humor de Karina Grinstein alcanza su cenit en el gag del personaje arquetípico del villano gordo, como Eric Campbell en los films de Charles Chaplin. Apariencia corpulenta, comportamiento opresivo y rasgos de comedia visual están presentes en la sensual mujer gótica del parque -Gimena (María Gimena Castro)- que pisa el chicle y luego se le queda pegado en el culo. La chica, Zoe, salva a David, con un beso de chicle elástico. Pero él la rechaza. En primerísimos planos la historia de amor truncado: los labios de él pronuncian algo que no entendemos. Ella llora y arroja el chicle al suelo y lo pisotea. El hada rosa reaparece entre burbujas de jabón. El chicle mascado no es el centro de la historia sino el globo, burbuja o pompa. En mi libro "Diario de un Profesor de Filosofía (1989-2023)" he escrito al respecto:

 "Decimos "listo" al niño que sabe pensar las mejores soluciones, al más rápido respondiendo y resolviendo un problema. Pero no pensamos en la inteligencia del niño que salta en pos de una pompa de jabón. Las burbujas de jabón se parecen más a nuestra vida que los problemas matemáticos. Formadas por una fina capa de agua entre dos capas de moléculas tensoactivas, son tan efímeras, como flexibles y frágiles. Parecen provenir de otra realidad física, fantasmática. Tensión superficial y forma son las dos características de las burbujas de jabón. La forma de esfera es la más económica: menor área superficial para un volumen dado.
 Así los niños ignorando los parámetros de la Física juegan en torno a las grandes gotas de jabón. Su vitalidad es también inteligencia
".

 David es un niño perdido en la vida, y la vida es un globo que parece provenir de esa otra realidad física, fantasmática. Por eso es el hada la que introduce esa otra dimensión. El juego aéreo entre el gris David y las burbujas que flotan en el parque (plaza Almagro) conduce al tercer elemento, Javier (Hernán Statuto), que le ofrece un chicle, para que, finalmente, David consiga hacer un globo y acepte su identidad sexual...


 "El chicle" es una obra maestra del cortometraje. La guionista y debutante directora Karina Grinstein, con su ayudante de dirección, David Luis Pérez Magán, y el operador de fotografía, Luciano Calello, han dado forma a un homenaje al cine silente de Buster Keaton, con la estética del mimo, para contar una romanza sin palabras, donde la vida es un inocente globo de chicle. La escasez absoluta de presupuesto quedó subsanada por la generosidad de panaderías de la zona y un préstamo de la cámara con la que se filmó la obra, que rebosa esa limpia mirada a la vida, que se expande por el aire como globos de chicle infantil.

Francisco Huertas Hernández
11 de enero de 2025


Bibliografía:


 PARA VER LA PELÍCULA, CONTACTEN directamente con Karina Grinstein: https://www.facebook.com/karina.grinstein.5