domingo, 14 de junio de 2020

Music was my first love. Cómo la música me hizo ser quien soy. Francisco Huertas Hernández. Películas que me descubrieron músicas


Music was my first love
Cómo la música me hizo ser quien soy
Películas que me descubrieron músicas
Francisco Huertas Hernández


"A Song is Born" (1948). Howard Hawks
Charlie Barnet, Tommy Dorsey, Benny Goodman, Louis Armstrong, Lionel Hampton
"Filmada en Technicolor, presenta un reparto estelar de leyendas musicales, incluyendo Tommy Dorsey, Benny Goodman (con Al Hendrickson), Louis Armstrong, Lionel Hampton, y Benny Carter. Otros músicos notables que salen en el reparto incluyen a Charlie Barnet (con Harry Babasin), Mel Powell, Louis Bellson, El Cuarteto de Puerta Dorado, Russo y el Samba King, La Página Cavanaugh Trío, y Buck y Burbujas. Otros actores incluyen Steve Cochran y Hugh Herbert"
Cuando vi esta película maravillosa me produjo la sensación de estar en el cielo de los titanes. En este fotograma esos cinco titanes gobiernan la "edad de oro" del jazz: el saxo de Barnet, el trombón de Dorsey, el clarinete de Goodman, la trompeta de "Satchmo" Armstrong y el vibráfono de Hampton

"A Hard Day's Night" (1964). Richard Lester
Los Beatles en su primera película -"El Citizen Kane del pop"- y la mejor. Llena de canciones y de alegría y, vista hoy, profundamente crítica. Esta película -la primera que filmaron los Beatles- fue emitida en Televisión Española el jueves 13 de diciembre de 1973, en su estreno televisivo, y no recuerdo si pude verla entera, porque mis padres me mandaron a dormir. Al día siguiente había colegio: 5º de EGB en el "Jaime Balmes" de Cervera.
Lo único cierto es que sembró la semilla de mi "beatlemanía" posterior. 
Vista muchos años después resulta una cinta fresca y genial. De los Beatles el que mejor interpreta es Ringo -luego desarrolló su carrera cinematográfica en solitario-, que tiene la mejor escena del film, deambulando a la orilla de un canal y en un pub, con momentos hilarantes

"Los chicos con las chicas" (1967). Javier Aguirre
Amores adolescentes en un internado de chicas y un grupo pop gamberrete. Si lo comparamos con la película de Los Beatles resulta algo ñoña. Pero es que en España había una dictadura militar nacionalcatólica. Los Bravos, no obstante, era un conjunto pop -como decíamos antes- genial, con un vocalista inmenso, Mike Kennedy -de verdadero nombre: Michael Volker Kogel Sumaya-

"El amor brujo" (1986). Carlos Saura
Antonio Gades y Laura del Sol
Película española basada en el ballet del mismo título de Manuel de Falla. Mi devoción por Falla es casi patológica. Este músico gaditano es para mí la quintaesencia de España, con su paso del andalucismo de obras como ésta al castellanismo austero del Concierto de Clave o el "Retablo de Maese Pedro" (ópera de marionetas sobre el Quijote), y terminando en el exilio -el único lugar al que un español puede ir con dignidad y con dolor- con una cantata en catalán (!!!) sobre textos de Jacint Verdaguer, "L'Atlàntida". Aquel tipo enjuto y calvo de los billetes de 100 pesetas vino a ser una presencia constante en mi vida. Recuerdo como en 1976-1977 salía corriendo del colegio -¡Francisco Franco se llamaba!- a las cinco en punto de la tarde y subía las escaleras de tres en tres para escuchar el final de un programa de música clásica en TVE, en la segunda cadena, el UHF, que tenía como sintonía el primer movimiento (Allegro) del "Concierto para clave, flauta, oboe, clarinete, violín y violoncello". Yo estaba en 8º de EGB. Solo por oír con el corazón acelerado unos minutos de esa sintonía corría como un guepardo por todo el pueblo

"Counterpoint" (1967). Ralph Nelson
"Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), una famosa orquesta sinfónica norteamericana, que está en Europa para entretener a las tropas aliadas, es capturada en el frente belga por los alemanes. Los músicos son trasladados como prisioneros a un castillo medieval, cuyo jefe es el General Schiller (Maximilian Schell), autoritario militar y gran melómano. Schiller le propone al director de la orquesta, el prestigioso concertista Lionel Evans (Charlton Heston), la posibilidad de salvar sus vidas a cambio de que interpreten para él un concierto exclusivo durante una reunión de altos oficiales alemanes. Sin embargo, los principios éticos de Evans le impiden doblegarse a la voluntad de un nazi. Su obstinación pondrá en peligro a todos los miembros de la orquesta (FILMAFFINITY)
¡Oh, esta película me hizo estremecer con los ensayos de la 5ª Sinfonía de Beethoven! ¡¡¡Beethoven, Beethoven, Beethoven!!! Mi amado Maestro. En aquella época todavía no había llegado la moda de Mozart que desbancó al genio de Bonn en el favor de público, músicos y crítica. Yo siempre he sentido rechazo general por la música de Mozart y por su persona, y más después de ver "Amadeus", la película que disparó su fama, y que se basa lejanamente en la pieza teatral de Aleksandr Pushkin, "Mozart y Salieri". La banda sonora de "Counterpoint" (Una tumba al amanecer) era de Bronislau Kaper, pero eran las ráfagas de Beethoven las que hacían que ese film me obsesionara visto en la tele, claro. Tengo un recuerdo muy curioso: mi padre y yo en la tienda de discos Carrot's de Cartagena, aquella navidad, quizás de 1976 o 1977, cuando la calle Santa Florentina era un hervidero, nos hicimos con una 9ª Sinfonía de Beethoven por Karl Böhm en un LP Deutsche Grammophon, pero al escucharla en casa en el pick up estereo Philips de París nos desagradó el 4º movimiento tan sombrío, y... la cambiamos por un LP de éxitos de Miguel Ríos que incluía el "Himno a la alegría" en orquestación de Waldo de los Ríos, un disco Hispavox... Mea culpa: luego hay que decir que hice de la 9ª de Beethoven algo casi reverencial. Y en un cassette comprado en Discos "Selecciones" de la calle Mayor con Josef Krips dirigiendo a la London Symphony Orch, en una grabación Everest-Movieplay, ponía a todo volumen el radiocassette Sanyo y abría bien la ventana para combatir las coplas, que, del balcón de Villarreal -compañero de trabajo de mi padre-, salían atacando mis nervios... ¡Toma Beethoven! Hoy sigo escuchando reverencialmente sus cuartetos, sinfonías, sonatas

"La larga agonía de los peces fuera del agua" (1970). Francisco Rovira Beleta
Joan Manuel Serrat
"Joan es un humilde pescador de un pueblecito de la Costa Brava al que le gusta cantar. Un día conoce a una turista inglesa llamada Mabel y se enamora de ella. Cuando ésta regresa a sus país, Joan decide irse tras ella. Deambulará por las calles de Londres cantando canciones por unas monedas, e incluso participará como "espontáneo" de última hora en el Festival de la Isla de Wight. Joan termina yéndose a Ibiza, para vivir en una comuna hippie, pero allí tampoco encuentra su lugar... "(FILMAFFINITY)
Otra película vista en televisión. Un intento de hippismo celtibérico de un director curioso. La crítica no fue amable con el film. Las canciones son el esqueleto del argumento. Muchos de estos largometrajes son una excusa para encadenar una sucesión de lo que luego se denominó "videoclips". Joan Manuel Serrat entró con fuerza en mi vida en la adolescencia. El cantautor más famoso en España, y creador de himnos que han atravesado las generaciones y el océano

"Zampo y yo" (1966). Luis Lucia
Ana Belén canta
La presentación cinematográfica de María del Pilar Cuesta Acosta, en el personaje de una niña de 13 años, Ana Belén, nombre con el que se quedaría ya. Una historia empalagosa de un payaso triste y una niña rica y falta de amor. Las canciones espléndidas de Augusto Algueró lo mejor. Ana Belén ha sido musa, cantante y actriz fundamental en mi vida. He comprado sus discos en dobles versiones, LP y CD. "Fortunata y Jacinta" me descubrió su existencia, al menos conscientemente. Fue un flechazo instantáneo, ayudado por ese reparto de ensueño y la magistral novela de Galdós. Ana Belén está en la lista de los cantautores, aunque exactamente ella no era autora. Grabó temas de Víctor Manuel, de Luis Eduardo Aute (mi adorado Aute), e hizo ese disco bellísimo con poemas de Nicolás Guillén

"¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?" (1978). Fernando Colomo
Rosa es una mujer de mediana edad (Carmen Maura) que ve cómo su vida cambia de manera radical cuando se divorcia de su marido Jorge (Félix Rotaeta) y conoce a un joven rocker. A pesar de sus diferencias, los dos viven emocionantes situaciones en la noche madrileña.
El grupo Burning fue una banda clave del rock madrileño, y, ésta, su canción icónica.
Me gustan mucho Burning, y forman parte de mi vida. La película cuenta con Carmen Maura, y el cantante de Burning, Toño, fue sustituido para la película por otro, José Lage, que hace de Tony

"Cría cuervos" (1975). Carlos Saura
Ana (Ana Torrent)
La obra maestra de Saura recibió multitud de premios por todo el mundo y dio una gran fama al director aragonés en Francia. Aunque se recuerda la canción de Jeanette "Porque te vas", que fue número 1 en Alemania y Francia, escrita por José Luis Perales, y que eligió Saura por su gancho comercial, yo quedé deslumbrado por la música de piano de la banda sonora: "Cançons i danses" de Frederic Mompou, concretamente la Cançó nº 6. Desde entonces uno de mis compositores fetiche


"Elisa, vida mía" (1977). Carlos Saura
Elisa (Geraldine Chaplin) y Luis (Fernando Rey)
Si me preguntaran cuál es mi película favorita siempre estaría "Elisa, vida mía". Para empezar por su estilo poético, críptico, "un ser de lejanías", por Garcilaso, por Calderón de la Barca, por los paisajes castellanos fotografiados por Teo Escamilla, por las interpretaciones de todos los actores, y sobre todo Geraldine, en un doble papel, y Fernando, que improvisó y compuso uno de sus mejores roles, pero, por encima de todo, por haberme dado a conocer la música de Erik Satie (Gnosienne nº 3, Gymnopédie nº 1) y "Pygmalion" de Jean-Philippe Rameau



 John Miles fue un cantante inglés de los años setenta. Tuvo un enorme éxito con una canción de producción épica titulada “Music was my first love” hacia 1978 o 1979. Se convirtió en un himno, y pasó a formar parte de la memoria de varias generaciones. Quisiera recordar ahora cómo surgió este primer amor, y cuánto de lo que somos se lo debemos a esa educación sentimental que nos proporciona la música, especialmente en los primeros años de nuestra vida.

 Mis primeros recuerdos musicales se pierden en la noche de los tiempos. Teniendo en cuenta que nací el 12 de noviembre de 1963 en París y que la música de los Beatles fue el acontecimiento más decisivo en mi formación como persona, he de suponer que sus primeras canciones debieron ser escuchadas por mí siendo un bebé francés. De pequeño, con cuatro o cinco años imitaba tocar la batería mirando desde el balcón de mi abuela las verbenas. Según dicen me ponía hecho un “descosido”. Curiosamente fue la música clásica la que primero entró en mi vida de manera consciente y apasionada. Los discos microsurco de mi padre fueron el origen de todo. Él compró varios en Francia, y ni qué decir tiene que los Lp franceses eran de calidad infinitamente mejor que los españoles: empezando por el brillo de sus carpetas satinadas y siguiendo por el sonido de la grabación. De cuando tenía seis años recuerdo las canciones de las listas de éxitos. Los Diablos: “Un rayo de sol”, luego Fórmula V, Pop-Tops, Tony Ronald, Jeannette, y otros cantantes ligeros más o menos afortunados. Eran canciones de la radio y que se oían por la calle, en la tele, en las verbenas. No tengo recuerdos significativos de la copla, pero nunca me gustó, ni su estética ni su significación política. Hay un tema que ganó el Festival de Eurovisión de 1975 cantado por el grupo holandés Teach-in que se llamaba “Ding ding dong”. No sé por qué entró en mi cerebro y no dejé de cantarlo durante meses saliendo de la escuela. Aunque pueda parecer increíble esta canción pegadiza e insignificante fue mi primera pasión musical. En aquellos tiempos el Festival de Eurovisión era un momento crucial del año. Volviendo a la música clásica, rememoraré cómo entró en mi vida. Ya he hablado de los discos de mi padre, pero hay que recordar un legendario programa de radio: “Clásicos populares”, en Radio Nacional de España, que era la única que oía en esa época. Empecé a escuchar lo que se denominaba “segundo programa de Radio Nacional de España” en frecuencia modulada, pero era una emisora de aire fúnebre, aburrido y rígido, con locutoras de continuidad que leían con voz hosca las presentaciones de las piezas. La música clásica era en aquellos años un coto elitista de franquistas y pedantes, siendo la idea de Fernando Argenta realmente provocativa. A mí me lo parecía: un espacio de música clásica desenfadado, con un lenguaje sencillo, con chistes y un aire iconoclasta en el que se trataba a los grandes compositores como si fueran amigos o vecinos del barrio. Frente al envaramiento del segundo programa, lo que más tarde se denominaría Radio 2, era verdaderamente revolucionario. Un Lp de Chaikovski (por cierto, en esos años nadie sabía cómo escribir correctamente este nombre ni el de ningún otro autor ruso. Había transcripciones muy distintas tomadas del francés, del alemán o del inglés. Por ejemplo: Tchaikowsky, Chaikovsky, etc.) con el concierto nº 1 de piano por Van Cliburn, ganador del premio que lleva el nombre del compositor ruso, en Moscú, era mi disco favorito. También estaban los inevitables “Concierto de Aranjuez”, “5ª Sinfonía” de Beethoven, y otras cosas parecidas. Me gustaban mucho, claro. Entonces, mi abuela me regaló el monumental “El mundo de la música”, un gigantesco libro con tapas de madera, editado por Espasa, versión española de una obra sueca dirigida por K. Sandved. Aquella enciclopedia me convirtió en un pedantillo de doce o trece años, que complementaba con la audición de la prehistórica y envarada Radio 2. En la segunda cadena había un espacio de música clásica que duraba apenas un cuarto de hora y que tenía como sintonía el comienzo del Concierto para clave de Manuel de Falla. Yo salía corriendo del colegio, estaba en octavo, para poder llegar a tiempo y escuchar especialmente la sintonía que tanto me gustaba. Creo que fue de esa manera como me convertí en un fan de Falla, del que ya conocía “El amor brujo” y “Noches en los jardines de España”. La música del autor gaditano era la quintaesencia de lo español, la había oído siempre en programas de la tele como “Los ríos”, donde también aparecía Joaquín Rodrigo y su “Fantasía para un gentilhombre”, otra de mis piezas predilectas. Además Falla era la figura de los billetes marrones, los de cien pesetas. Estaba omnipresente. Sin solución de continuidad me convertí en un beatlemaníaco. Ocurrió una tarde cuando el maestro de sociales, en octavo, nos trajo una cassette donde había grabado un espacio radiofónico con la biografía y canciones de los cuatro fabulosos de Liverpool. Marché al instituto y empecé a comprar los Lp de los Beatles: el primero fue “El submarino amarillo”, que me sorprendió por lo avanzado de su sonido y la música orquestal de George Martin en la cara B. Antes había comprado un maxi-single de un grupo francés llamado Café-crème que contenía un éxito del verano: su poupourri de canciones beatles “Citations ininterrompues”, apto para el baile en las discotecas. Lo escuché miles de veces, cuando todavía desconocía las versiones originales. La beatlemanía fue definitiva cuando adquirí los álbumes rojo y azul, y libros de biografías y análisis de canciones como la “Guía ilustrada de canciones de los Beatles” de Roy Carr y Tony Tyler, críticos del New Musical Express, editada lujosamente por Lumen. Hasta hoy continúa esa pasión por los Fab Four. Cambió mi vida. Con ellos lo aprendí todo: la alegría, la poesía, el surrealismo, la esperanza, el amor, la crítica social. Nadie puede imaginar la gigantesca educación que supuso esta verdadera religión en mi existencia minúscula en un oscuro y asfixiante villorrio. Entonces, surgió Radio 3. Fue el 1 de julio de 1979. Era la época de la UCD, cuando gobernaba Adolfo Suárez, y se respiraba un aire de libertad en los medios de comunicación como luego ya no volvió a existir. Con Radio 3 descubrí el rock, a los cantautores, el rock sinfónico, la chanson (aunque en el instituto, en las clases de francés, fue donde realmente escuché a Jacques Brel, Georges Moustaki y otros), la música del mundo, el blues, y la incipiente nueva ola española todavía en forma de maquetas.
 Por la época de Radio 3, la emisora donde coincidieron nombres míticos del periodismo musical español, que ya habían colaborado en televisión, en “Popgrama”, por ejemplo, y en prensa escrita, nombres como: Diego Manrique, Carlos Tena, Rafael Abitbol, Jesús Ordovás, Gloria Berrocal, Fernando Argenta, Carlos Finaly, José Manuel Rodríguez “Rodri”, Federico Volpini, Lola Pérez, etc., por esa época, digo, empecé a descubrir a los cantautores: el primero fue Joan Manuel Serrat, y en seguida otros, la Nueva Trova Cubana, primero con Pablo Milanés y su canción “Yo no te pido”, y luego Silvio Rodríguez. Luis Eduardo Aute, Víctor Manuel, Lluis Llach, Paco Ibáñez, Hilario Camacho, Pablo Guerrero, Rosa León (que no era propiamente una cantautora, sino más bien intérprete de canciones de autor, muchas de Aute y de María Elena Walsh), Raimon, Francesc Pi de la Serra, María del Mar Bonet, Oskorri, Ana Belén (que tampoco componía), y otros que pasaron al olvido, muchos merecidamente, por su ínfima calidad musical. Los cantautores cumplieron una función social: la canción protesta, en los tiempos finales de la dictadura y en los inicios de la transición, por lo que para la mayoría la letra era lo sustancial, descuidando lo musical. Pero con el vaivén estúpido de las modas, en los años ochenta, muchos desaparecieron o dejaron de tener éxito y presencia en los medios de comunicación, en beneficio de grupos pop intrascendentes y efímeros. Los cantautores españoles bebían en las fuentes de la chanson francesa, en el caso de la pionera y extraordinaria Nova Canço Catalana, y de los Folk-singers norteamericanos como Bob Dylan y Pete Seeger. A mí personalmente los que más me gustaban en esos días eran Serrat, Aute, la Nueva Trova Cubana, y los franceses, sobre todo Jacques Brel y Georges Moustaki. Los cantautores italianos me eran desconocidos todavía, aunque Richard Cocciante o Lucio Battisti sonaban en las radios. Fue más tarde cuando despertaron mi pasión.
 Un lugar especial, aparte, merecen Vainica Doble. No puedo datar el momento de su descubrimiento, porque probablemente siempre estuvieron presentes, surgiendo de las sintonías de las series de televisión de los primeros años setenta de Jaime de Armiñán. Series como “Las doce caras de Eva”, “Fábulas” o “Tres eran tres”, por cierto, series maravillosas vistas tiempo después. Vainica Doble no eran cantautoras exactamente, pero tampoco un grupo pop o rock; eran eso, pero siempre algo más y diferente. Empecé a escucharlas, conscientemente, en la radio, en Radio 3. El primer disco suyo que compré fue “El eslabón perdido”, uno de los mejores discos que he escuchado nunca, con esa mezcla de magia, nostalgia, ternura, ironía, evocación, y esos arreglos exquisitos y esas armonías nunca oídas en la limitada música popular española, como de ángeles.
 King Crimson es otro de los referentes que marcaron mi educación musical y vital. Descubiertos, como casi todo, en la soberbia Radio 3 de 1979. Este grupo de rock sinfónico inglés dirigido por Robert Fripp creó uno de los Lp más misteriosos y subyugantes jamás imaginados con su primera grabación, mi disco favorito suyo: “In the court of the Crimson King”. Mezclaban el rock, el folk, el jazz (especialmente su poderosa sección de metales) y lejanas influencias de la música clásica, como Stravinski o la música contemporánea. Tanto Vainica Doble como King Crimson representaban la música de otros mundos. Eran hechizantes.
 La nueva ola española fue la banda sonora de mi generación, la de los ochenta. Un grupo pionero, unos iluminados punks llamados “Kaka de Luxe” abrieron el fuego. De esta banda que no sabía ni tocar, pero que tenían una frescura y una intuición geniales, salieron Olvido Alaska, Fernando Márquez y otros fundadores de la inicial nueva ola española, a imitación de la new wave inglesa. “Paraíso”, el conjunto de Fernando Márquez, el zurdo, solamente grabaron un single, el himno generacional “Para ti”, y más tarde se editó otro single de cuatro temas que interpretaron en “Popgrama” antes de separarse. Precisamente este vinilo con canciones como “Carolina”, fue el que me convirtió en un fan suyo. Pero fueron dos de los grupos de aquella primera hornada nuevaolera madrileña los que más influencia tuvieron en mi vida. Nacha Pop y Los Secretos, los conjuntos de los Vega y los Urquijo. “Chica de ayer” y “Déjame”, sus primeros singles, canciones inmortales, de unos artistas que crecieron con el tiempo, mientras la inmensa mayoría da las bandas de aquella eclosión de post-modernidad perecían por inanición y superficialidad.
 Un fenómeno extraño e injusto, fruto del dictado de las modas y el marketing, fue la liquidación por derribo del rock urbano que se desarrolló en España desde finales de los setenta, y que yo descubrí en toda su valía al mismo tiempo que la nueva ola que les enterraba. Me refiero a bandas excelsas como Asfalto, Leño y Triana. Triana fueron los estandartes del rock andaluz y, quizá, el mejor grupo español de todos los tiempos, visto con perspectiva. Sus tres primeros discos fueron el mejor rock sinfónico hecho nunca aquí, unos King Crimson sevillanos con dejes flamencos. La injusticia de la industria de la canción consumo hizo que en los años ochenta pocos les prestarán atención, unido a una comercialización de su música que les dio más éxito popular, justo antes del estallido de la nueva ola, pero menos credibilidad musical.
 Radio 3 me permitía descubrir joyas exquisitas, como el grupo de los años setenta de apenas éxito: Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, que, por su nombre, ya quedaba claro eran una versión de Crosby, Stills, Nash & Young. Editaron un único Lp, por aquel entonces objeto de coleccionismo, llamado “Señora Azul”. Otro descubrimiento sensacional, hasta el punto de que se convirtió un una banda reverenciada por mí fue Veneno, formación sevillana que practicaba una música inclasificable de ecos flamencos, sinfónicos, blues, rumberos. Un delirio llevado por un tal Kiko Veneno, un andaluz criado en Cataluña y unos guitarristas flamencos llamados Raimundo y Rafael Amador, más tarde convertidos en Pata Negra. Veneno editaron un disco en CBS en 1977, pero les echaron por falta de éxito. Este álbum fue después joya de coleccionistas. Una obra maestra.
 Impactante fue para mí el dúo flamenco Lole y Manuel, a los que escuché en la época de “Cabalgando”, de su Lp “Al alba por alegrías”. Nunca me gustó el flamenco ni nada que se le pareciese lo más mínimo, pero aquello era otra cosa, siendo flamenco. Todo estaba en la voz celestial de la bellísima Lole Montoya, una sevillana de Triana, en las poéticas letras, hermosas melodías, y en el toque conmovedor de Manuel Molina, su marido, que había formado parte del pionero y extravagante grupo de rock progresivo Smash. Lole y Manuel traían ecos de la música andalusí, árabe y de… King Crimson (un mellotron sonaba al comienzo de su primer álbum por debajo de la guitarra)
 Mis hallazgos de músicas delicadas y poderosas continuaban como oyente de Radio 3. Menciono a Los Doors, que resultaban hipnóticos por el órgano de Ray Manzareck y la poderosa voz de Jim Morrison que cantaba una letanía terrible: “The end”; David Bowie, el camaleón del rock, el duque blanco. Bowie fue una gran influencia y fuente de deleite artístico sin par. La primera canción que recuerdo procedía de “Scary monsters”, se llamaba “Ashes to ashes” y tenía un vídeo-clip, uno de los primeros, muy extraño y premiado. Janis Joplin, la reina del rock, me emocionaba cuando cantaba “Summertime”, que, por entonces ignoraba fuese una versión de George Gerswhin. Elton John sí era un intérprete célebre por aquella época, aunque estaba en clara decadencia a finales de los setenta y principios de los ochenta. Descubrí sus canciones clásicas, como “Daniel”, “Goodbye yellow brick road”, y, especialmente, “Your song”. Su álbum “The fox”, del comienzo de los ochenta, me gustó mucho, aunque pertenece a su etapa oscura. Después, su carrera derivó hacia una comercialidad convencional y aburrida.
 Como mi grupo favorito eran los Beatles, lógicamente tenía que llegar a todas las corrientes del rock, empezando por el beat y el pop inglés de la llamada invasión británica de los sesenta. Los nombres punteros son: The Rolling Stones, a los que me aficioné pronto, pero con sus canciones de los años sesenta. Y su etapa psicodélica, la de “Their satanic majesties request”, y “Aftermath”. The Kinks, el glorioso combo de Ray Davies, cronistas exquisitos de la sociedad albión, levemente decadentes. The Who, la poderosa banda de Pete Townshend y Roger Daltrey, pioneros del rock duro y padres del movimiento mod. The Animals, con la voz poderosa de Eric Burdon y el órgano de Alan Price. The Hollies, hacedores de maravillas vocales.
 Toda la música inglesa de la segunda mitad de los sesenta, cuando surge el rock progresivo, el blues rock, el rock sinfónico, y todas sus variantes. Pink Floyd, Soft Machine, Jethro Tull, Moody Blues, Yes, Emerson, Lake & Palmer, Traffic, Cream, Blind Faith, Genesis, y, por encima de todos: King Crimson. Y el rock sinfónico europeo, que incluía bandas como Focus, Magma, Premiata Forneria Marconi, Tangerine Dream, y hasta los españoles Canarios del álbum “Ciclos”... (continuará)

Francisco Huertas Hernández
2002



3 comentarios:

Unknown dijo...

Bravo

jdavdlopezsalas dijo...

Evocador y extenso artículo. Todos tenemos una banda sonora de nuestras vidas. Por edad, sólo nos llevamos 2 años, la mía coincide en bastantes temas con la tuya, aunque mis verdaderas preferencias sean otras. Cine y música retroalimentandose, chapeau.

MARCELO dijo...

Frescas noches de verano.
Las ventanas abiertas.
Las lámparas encendidas.
Fruta en el frutero…

(extracto del poema: “El mejor momento del día” de Raymond Carver)


El ansia o como vivir a través de la sangre de otros

¿De qué manera habría que bautizar a un hijo cuando este nace enfermo? Afortunado, salvación o próspero. En el año mil novecientos ochenta y tres The hunger significó una manera de hacer renacer una historia que ya había sido contada muchas veces, pero con otra cara.
Bajo una estética ambigua, la música ya no es clásica es música nueva, las salas de baile son carnicerías con presas drogadas, peinados raros y lentes de sol serpentean en medio de una noche de sexo ojeroso, pálido y azulado. David Bowie se mueve como solo podía moverse un esteta, es un vampiro tan inspirado como diferente a todos los anteriores que habíamos visto. Catherine Deneuve está memorable en su papel, es de mármol de carrara toda ella, pero respira y tiene la capacidad de seguir adelante después de siglos de glotonería sanguínea, se mueve como un ser enamorado de la vida que lleva. Susan Sarandon es el espectador que trata de entender lo que ocurre, sin pasar la línea, sin tragarse por completo todo lo que vive.
Sueños y realidad, como quien desayuna mirando el informativo mientras piensa en orinar. Las imágenes se suceden con un ardor digno de un fanático de los colores expresionistas. La dirección transcurre sin sobresaltos. La búsqueda es simple, nunca se llegará al cometido, porque el final nadie lo sabe. Un personaje que bebe sangre estará siempre presente para continuar viviendo en nuestros sueños. Creo que atreverse a cruzar el umbral y acostarse al lado de estos vampiros que “ansían” moverse entre los vivos es un placer anormal, pero quién puede ser normal cuando desde niños bebemos la sangre de Cristo y nos comemos su carne…
Marcelo López



El ansia
Título original
The Hunger
Año
1983
Duración
94 min.
País
Estados Unidos
Dirección
Tony Scott
Guion
Ivan Davis, Michael Thomas (Novela: Whitley Strieber)
Música
Michel Rubini, Denny Jaeger
Fotografía
Stephen Goldblatt, Tom Mangravite
Reparto
Catherine Deneuve, David Bowie, Susan Sarandon, Cliff De Young, Willem Dafoe, Beth Ehlers, Dan Hedaya, Suzanne Bertish, Bessie Love, Bauhaus
Productora
Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) / Peerford Ltd

Premios
1984: Saturn Awards: 2 nominaciones: Mejor vestuario, mejor maquilaje